La Sole cumplió 30 años de carrera y lo celebró con un show de casi tres horas bajo la lluvia en Cosquín
Soledad. Sole. La Gringa. El huracán de Arequito. Las formas de nombrarla se multiplican en remeras, junto a fotos de distintas épocas de la artista. El público de la santafesina apura el ingreso a la Plaza Próspero Molina con una sonrisa en la cara y el entusiasmo a flor de piel. Vienen desde todos los rincones del país y también de varios países vecinos. En el horizonte y sobre las sierras, la tormenta se anuncia con relámpagos, pero no parece importar demasiado. Está por arrancar la octava luna de la 66va edición del Festival de Cosquín y la cita es impostergable: la Sole celebra esa noche treinta años de aquel debut histórico en el Atahualpa Yupanqui.
De a poco, la noche va dando inicios de épica. Es el aniversario del natalicio del prócer popular que nombra al escenario principal, por el que pasan Suna Rocha, Juan Iñaki, la malambista Yamila Aguado y una de las parejas de baile ganadoras del Pre Cosquín. Pasada la medianoche, comienza la llovizna. Se alzan los paraguas y se calzan los pilotines de colores, pero nadie se mueve. Casi no hay espacios libres en la Plaza para estar parados ni sentados. Cerca de la 1.30 de la madrugada, la lluvia cae con fuerza mientras Adrián Maggi cierra su show.
Desde una calle contigua, una grúa gigante (que llamó la atención de curiosos desde temprano) hace ingresar una luna flotando por encima de las gradas hasta posicionarse en el escenario. Desde ahí adentro emerge la Sole como una estrella de un musical, colgada de arneses bajo la lluvia, con un vestuario blanco impoluto y cantando “Sigo siendo yo”. La hipérbole cobra perfecto sentido y marca la pauta de todo lo que vendrá. “Ustedes están más locos que yo”, le dice a la gente cuando los ve clamar por ella, estoicos bajo el agua. A partir de esa primera interacción, queda claro que la santafesina y su público comparten algo profundo que va más allá del arte: una sensación de entrega y de incondicionalidad mutua.
El primer bloque del show, salvo por un breve enganchado de chacareras, está integrado sobre todo por temas melódicos y pop. Es la parte del repertorio de la Sole que los fanáticos cantan a los gritos, con canciones como “Vivir es hoy”, “Parte de mí” o “Adonde vayas”. Pero también entusiasma al público en general con clásicos como “Tu cárcel” o “Yo no te pido la luna”. La lista está armada de manera que nadie quede afuera de la fiesta. Incluso quienes no son seguidores acérrimos saben que están siendo parte de una noche para el recuerdo. Todo el mundo quiere presenciar el milagro, como dice el himno de Cosquín.
Los primeros diez temas parecen transcurrir como en una hipnosis, una vorágine, una insistencia. La Sole se lamenta por el clima y agradece la convicción de la gente de estar ahí con tanto corazón como ella. Apura la continuidad, no quiere demorar el show, no quiere que el público la pase mal. Se hace evidente su conocido perfeccionismo. Si no puede hacer que deje de llover, hará absolutamente todo lo demás que esté a su alcance para que el espectáculo sea el mejor posible, el que esa gente que está ahí mojándose sin tregua se merece.
Para la segunda parte del show, la santafesina cambia de vestuario y sobre el escenario se arma una suerte de versión en vivo de “Casa Sole”, el ciclo de recitales junto a colegas que está grabando en su casa. Comienza el desfile de invitados con “el que vino de más lejos”, el más ajeno a Cosquín: el puertorriqueño Pedro Capó, junto a quien canta el clásico “Piel canela”.
Después, la cosa se pone seria. Es el turno de Teresa Parodi, a quien el público recibe y despide de pie en reconocimiento de su inapelable jerarquía como cantautora. Juntas entonan una versión potentísima de “Cielo del albañil”. Le sigue Nahuel Pennisi, siempre imponente, con quien comparte “Como un cisne”, y la gente canta y celebra. La última (por un ratito) es Cazzu, que viene de tener su debut en Cosquín en la segunda luna. La Sole la destaca como una de las artistas jóvenes que, al igual que Milo J (que debuta en el festival este domingo), afirmaron las raíces folklóricas en sus propuestas.
Pastorutti queda sola nuevamente para cantar “Hoja en blanco” y “Como que no” (del uruguayo Gustavo Pena), hasta que es el turno del próximo convite: parte de La Delio Váldez, encabezados por la siempre magnética Ivonne Guzmán. La fiesta cobra otro color con las versiones cumbieras de “Nada tengo de ti” y “Que nadie sepa mi sufrir”. La lluvia no para pero por el aire vuela espuma de carnaval. La gente baila en los pasillos de las plateas, se multiplican las manos en el aire y las sonrisas en los rostros.
El último bloque es el que conecta con los orígenes, el puente explícito entre pasado y presente, entre el debut de la Sole en 1996 y este show aniversario. Un editado de audios trae la voz de la niña Pastorutti antes y después de subirse a revolear el poncho al escenario de Cosquín y conquistar a todo un país de una vez y para siempre. También trae las voces de Horacio Guarany, de Messi y Maradona: la omnipresencia de Soledad en el pueblo argentino. Suena “Canten para papá” (entonada en pantalla por una extraña Sole adolescente recreada con IA), porque si se habla de los comienzos, no puede faltar el homenaje a Omar Pastorutti, gran ausente de la noche por problemas de salud.
La protagonista vuelve al escenario a través de una plataforma que se eleva, con un nuevo cambio de vestuario. El look de gaucha moderna y la intro que precedió hacen saber a la gente que se viene el jolgorio folklórico en su máxima expresión. La Sole empieza otro enganchado de chacareras y Cosquín la afirma una vez más como la hija pródiga. Los pañuelos y prendas se revuelven en el aire adentro y afuera de la Plaza, un padre y una hija pequeña bailan sobre charcos de agua. La épica se vuelve patriótica, se hace carne en la Próspero Molina y parece extinguir para siempre el concepto de “aguafiestas”: no hay lluvia que contenga esta celebración popular.
Es el turno de la invitada definitiva, la infaltable, la compañera: Natalia Pastorutti. El público duplica su exaltación ante la presencia de las dos hermanas en el escenario. Juntas hacen un enganchado de chacareras y zambas, y cada vez parecen ser más los pañuelos en el aire, las voces que acompañan clásicos como “Sapo cancionero” o “Cuando llora mi guitarra”. En “De mi madre”, se suman los hermanos Tobías y Thiago Lucero de San Luis, dos chicos de 16 y 14 años respectivamente, con voces deslumbrantes y un oficio notable. “Hay mucha juventud en el folklore”, afirma Pastorutti.
Se acerca el final y aunque parezca imposible la fiesta sigue creciendo en la Plaza. Entre “Alma, corazón y vida” y “Rosario de Santa Fe”, el público estalla nuevamente en saltos, espuma, pañuelos, y exaltación folklórica subacuática. La Sole se emociona de pronto, como si hubiese tenido una revelación. Se le llenan los ojos de lágrimas al ver la entrega incesante de la gente y dice “gracias” sin usar el micrófono.
Siguen los éxitos infalibles, desde “Tren del cielo” a “El Humahuaqeño”, y Cosquín agradece y responde. Ya no quedan centímetros de piel seca en toda la Plaza. Señoras con bastón y bebés en brazos son parte de la euforia por igual. La Sole es infalible. Es un verdadero huracán: un centro energético que moviliza fuerzas inagotables a su alrededor. Son casi las cuatro de la mañana, hace frío en la madrugada de las sierras, pero el clima es de carnaval absoluto. “Hoy cuando empezó a llover, dije por qué. Pero ahora entiendo todo. Ahora entiendo todo”, dice Pastorutti, con genuina revelación. Como si la maldita lluvia hubiera tenido que ocurrir como una prueba más de la incondicionalidad entre ella y su gente. O simplemente para hacer todo más inolvidable.
Falta solo una cosa para poder cerrar la noche. Suena los himnos oficiales del revoleo de poncho: entre “Entre a mi pago sin golpear” y “A don Ata”, no queda prenda sin agitarse por el aire y la propia Sole agita su poncho como si fuera al mismo tiempo la primera y la última vez. La noche cierra igual que “como empezó todo”: con “Salteñita de los valles”, el tema con el que debutó en Cosquín treinta años atrás.
Antes de bajarse definitivamente del escenario, y tras un momento de entrega de reconocimiento por parte de las autoridades del festival y el municipio, la Sole agradece uno por uno a todo su equipo arriba y abajo del escenario. Su equipo profesional y su equipo personal. Abraza a su familia (sus hijas, su marido, su mamá y Nati) sobre el escenario. Sólo queda brindar. La Sole canta “Brindis” sentada al borde del escenario, con un bebé del público en brazos. El despliegue y la euforia se desarman en ternura e intimidad. Se vuelve al punto cero, la distancia mínima entre la artista y su gente. Como nunca antes y quizás como nunca después, Pastorutti canta: “Por otra noche como esta doy mi vida”.
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