Paradores en las islas: el trabajo de sostener un negocio al otro lado del río
Con una caída en los cruces, los paradores apuestan a sumar infraestructura y servicios para atraer más clientes y sostener la rentabilidad en plena temporada de verano.
Dueños de paradores se equiparon con más servicios y una mejora en sus instalaciones para recibir visitantes.
Para muchos rosarinos, escaparse al río es sinónimo de cruzar desde la zona norte de la ciudad hasta la isla La Invernada. En esa costa se concentran paradores con propuestas diversas, desde bares y restaurantes hasta opciones con perfil más playero, parrillas, espacio para camping e incluso cabañas para pasar la noche con más confort. Desde Isla Verde, Club del Río, Nuuza, La Pulpería del Kayakista, La Casita de Enfrente, Sunset Beach (ex Rancho Aparte), Bambú y Maui, llegando hasta Varsovia, las opciones son muchas y aptas para todos los gustos.
Las lanchas que en pocos minutos conectan La Florida con La Invernada salen desde el muelle a la altura de la calle Ricardo Núñez o desde la zona de Costa Alta, frente al bar Cosme Río, por un valor de $10 mil por persona. Aunque estos son los cruces más populares, hay otras partes de la isla norte más alejadas a donde se puede viajar en lancha por un costo que ronda los $15 mil, como espacios ubicados en el Paraná Viejo, entre los que destacan los paradores Club Garden y Wilson, el restaurante Capibara, además del complejo Los Benitos EcoCamping. También está la Isla de los Mástiles, que no tiene parador pero muchas personas la eligen por su tranquilidad y naturaleza.
Para conocer más sobre cómo trabajan quienes navegan la temporada a diario, Negocios de La Capital entrevistó a Renzo Furlani, al frente del parador Maui, y a Lucas Lanese, de La Pulpería del Kayakista. También sumó la palabra de Raúl Bertiche, de la empresa de lanchas El Sapito, que realiza cruces diarios a distintas zonas de la isla para trasladar a decenas de pasajeros. Todos coinciden en un punto: este verano registra una baja en la cantidad de personas que cruzan el río, un factor que impacta de lleno en la actividad y obliga a recalcular costos, precios y estrategias para sostener el negocio.
Cruces en descenso
“Hay menos gente que elige la isla como plan, principalmente por motivos económicos, pero el clima no ayudó porque estuvo lloviendo bastante los fines de semana. Se nota la baja en la cantidad de cruces”, admite Bertiche, quien hace más de quince años que opera en el río con el servicio de taxi-lancha. Según explica, al sostener el negocio de forma individual, se queda con el total de lo recaudado que a veces es el 100% del ticket y otras veces el 50%. Esto último sucede cuando mueve personas a paradores que no tienen lanchas propias y deben tercerizar este servicio, y puso de ejemplo a La Casita De Enfrente y Bambú. En estos casos, el dinero del viaje se reparte.
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Raúl "El Sapito" Bertiche arriba de su lancha, mientras realiza traslados que cruzan el río Paraná.
Foto: gentileza Raúl Bertiche.
Sin embargo, detalla que hoy en día, la mayoría de los paradores consolidados cuentan con embarcaciones particulares, lo que les permite manejar de manera directa el traslado de pasajeros hacia sus playas y reducir costos. Ejemplos de este tipo son Maui, La Pulpería del Kayakista, Club del Río o Nuuza.
A su vez, agrega que ya no hace traslados hacia el Paraná Viejo: “Durante muchos años llevé gente a todos lados, pero hoy no voy más a esa zona”. El motivo responde a que son recorridos más largos, dispersos y difíciles de sostener en un contexto de menor demanda. De todos modos, remarca que el servicio continúa y hay seis taxis-lanchas que realizan cruces hasta esa parte, que es muy elegida en temporada alta.
La mirada de los paradores
En la isla conviven distintos tipos de paradores. En algunos casos, los dueños son propietarios del terreno, lo que les permite planificar inversiones de largo plazo y sumar infraestructura, como cabañas, muelles o mejora en los baños. En otros, el emprendimiento funciona sobre terrenos alquilados o cedidos, una modalidad que reduce la inversión inicial pero también limita las mejoras estructurales y, a veces, condiciona la continuidad del proyecto a lo largo del tiempo.
En el caso de La Pulpería y Maui, sus dueños Lucas y Renzo son propietarios y frecuentan la isla desde mucho antes de estar al frente de sus negocios, por lo que conocen de primera mano los cambios en la fisonomía de estos terrenos y lo que hace falta para sostener un emprendimiento en medio de la naturaleza. Para ambos, la rentabilidad está ligada a disfrutar de la vida en el río y del trabajo que esto implica ya que el entorno cambia todo el tiempo y obliga a reinvertir, adaptarse y volver a empezar año tras año.
“En el caso de Maui, esta va a ser la tercera temporada. Antes, teníamos otro parador en un espacio prestado; ahora el terreno es nuestro, entonces lo que arrancamos es propio y por eso también tomamos la decisión de invertir. Se construyó un nuevo quincho techado para ampliar el espacio gastronómico, se sumó un tiki bar para bebidas y snacks y este verano incorporamos el servicio de guardavidas que era algo que queríamos tener desde hace tiempo y nos asesoramos con un abogado para avanzar”, cuenta Renzo, quien lleva adelante el parador junto a su mujer, Laura Di Cesare.
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El bar de Maui tiene capacidad para 150 cubiertos ya que ampliaron el espacio y sumaron un nuevo quincho.
Foto: gentileza Maui.
Otro de los proyectos en marcha en Maui es la construcción de cabañas, una apuesta de mayor escala que busca sumar opciones, más allá del día de playa. Son cinco alojamientos, que se encuentran en etapa final de obra y en breve estarán en funcionamiento. Se trata de monoambientes equipados para hasta cuatro y seis personas, con baño privado, duchas, cocina, aire acondicionado y energía solar, pensados para quienes buscan extender la estadía y vivir la experiencia de la isla con mayor comodidad.
Por su parte, Lucas indica que sacar el permiso para manejar lanchas y transportar pasajeros hacia el parador fue clave, ya que antes a La Pulpería solo podían llegar aquellas personas con embarcaciones propias. “El parador lo inició mi hermano en 2004. Yo estaba en España y en 2005 volví para seguir al frente del proyecto. Hoy tengo varias lanchas, se van agregando porque se hace necesario para mantener el negocio, si una se rompe conseguir el repuesto tarda y necesitas tener reemplazo”, explica el emprendedor y señala que la caída de gente se siente, incluso los fines de semana: “En años anteriores cruzábamos 400 personas, ahora viene bastante planchado”.
Rentabilidad y costos
Aunque contar con una flota propia evita más de un dolor de cabeza, el costo del combustible aparece como otra variable clave. Lucas explica que el litro de nafta ronda los $1.800. “En un fin de semana de mucha actividad se van entre 300 y 400 litros en ir y volver”, señala. Durante los días fuertes de la temporada el gasto se diluye, pero cuando baja la actividad se vuelve más pesado: hay que seguir pagando patrón, seguro y mantenimiento de la lancha.
El patrón se contrata por temporada, generalmente entre los meses de septiembre y octubre hasta marzo. En otoño e invierno no lo tiene, pero aun así el parador no puede quedar solo y el gasto de tener un sereno para la seguridad se suma a la lista. También el pago a las boleteras que venden los tickets desde Rosario y el canon mensual para sostener el muelle. Ambos entrevistados coinciden en que el mantenimiento es permanente: cuando el río sube o baja, hay que ajustarlo, lo que implica bajarlo o levantarlo.
Pulpería
La playa del parador La Pulpería del Kayakista está equipada con camastros.
Foto: gentileza La Pulpería del Kayakista.
“Yo tengo una pilotera para hincar los postes en el agua, y lo hago yo mismo”, resume el titular de Maui, quien en los 90 tuvo un parador muy famoso llamado Isla Bonita. En ese entonces, el río todavía no había avanzado sobre los terrenos como ocurre hoy y la fisonomía de la zona era muy distinta. “Había más terreno, canchas de paddle, cabinas de teléfono de Telecom y una lancha colectivo que transportaba hasta 150 pasajeros”, enumera. Con el correr de los años, la erosión del río fue reduciendo la superficie de suelo y modificando por completo las condiciones para desarrollar emprendimientos en la isla, obligando a los paradores a invertir de manera constante para sostener su actividad.
En materia de costos, es contundente al describir el impacto económico de mantene tan solo el área de playa. “La arena la traemos en barcos y cada metro cuadrado cuesta alrededor de $10 mil. Las embarcaciones cargan unos 100 metros en total, lo que implica cerca de un millón de pesos por viaje”, detalla y agrega que por temporada necesita unas 30 cargas, unos $30 millones de inversión anual, ya que el río no es piadoso y se va llevando la arena con su movimiento constante.
Los bares como sostén
Ninguno de los paradores cobra estadía aunque tienen algunas reglas para asegurarse ingresos. En términos de ganancias, la fuente principal está en los bares y es por esto que paradores como Maui no permiten entrar con alcohol y exigen que este sea comprado sí o sí en el lugar para ayudar a los gastos de mantenimiento. A su vez, Renzo destacó que, quienes llegan con embarcación propia, abonan una consumición de $10 mil en el bar y para unidades más chicas como piraguas o kayaks, de $4 mil. También se pueden alquilar parrillas por $5 mil en una zona preparada, que incluye mesas para hasta seis personas.
Por su parte, La Pulpería cobra una estadía de $8 mil a quienes cruzan con bebidas alcohólicas. “Trabajamos con tragos, licuados, cervezas, vermuts, gaseosas, de todo un poco y varias opciones de comida rápida como pizza, carlitos, sándwiches, eso tiene salida y, si no, la gente se trae su asado y se le cobra el uso de la parrilla que está alrededor de los $4 mil”, detalla. Lo recaudado del bar y de los cruces de pasajeros son la fuente principal de dinero y parte de lo que Lucas destina a remodelaciones y a aguantar durante los meses de frío.
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Los bares y dispensarios de alimentos y bebidas son un punto central del negocio de los paradores en las islas.
Foto: gentileza La Pulpería del Kayakista.
Esta época es la más dura de afrontar, aunque los entrevistados aseguraron que hay amantes del río que cruzan todo el año por lo que los paradores nunca cierran. Las estrategias para pasar los meses más crudos son variadas, por ejemplo, en La Pulpería organizan almuerzos caseros con menús más elaborados como pastas y guisos.
Si bien hoy es propietario del terreno, Lucas recuerda que, en los inicios, el parador funcionaba sobre un espacio alquilado hasta que pudo comprarlo. Destacó que en toda esa franja de La Invernada los lotes que se comercializan cuentan con escritura, a diferencia de otros sectores de la isla donde muchos señalan que hay compra y venta de terrenos sin escriturar. Aun así, el río impone una dinámica de cambio constante: “todo es a pulmón”, resume, al recordar que tras una creciente en 2012 perdió el primer bar y tuvo que volver a empezar de cero. Saber remar contra la corriente, a fin de cuentas, es parte del oficio de animarse a emprender del otro lado del río.
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