“El Tomi -como muchos saben y otros tantos es hora de que se enteren- es Tomás D’Espósito Müller, un rosarino canalla e impenitente, un dibujante del carajo que una vez más, al aparecer en las librerías, acaba de provocar una saludable conmoción y el consabido cruce de opiniones”, dice el prólogo de Juan Sasturain de “El balcón ilustrado”, y no podría ser una mejor introducción simultánea al artista y a su obra.
En su más reciente libro, el primero de Jajá Ediciones, lanzado de manera conjunta con Editorial Fundación Ross, el Tomi se apropia de uno de los escenarios más mostrados del último tiempo: el balcón de San José 1111, donde Cristina Fernández de Kirchner cumple prisión domiciliaria hace ocho meses.
En ese pedacito tan simbólico de arquitectura, hace deslizar a una serie de personajes, que van desde políticos a figuras de medios, pasando por superhéroes y perros fantasmas. De esta manera, “decodifica la tragicómica realidad política, social y cultural de Argentina a través de estas caricaturas que le dicta la voz de ese balcón”.
Hace tiempo que Tomi está instalado en Barcelona, junto a su compañera Mariana Fernández Larguía, histórica referenta de derechos humanos de la ciudad. Antes de su partida, Müller trabajó para varios diarios de la ciudad (incluyendo La Capital) y en revistas como “Humor”, “Sex Humor”, “Risario” (de la cual fue uno de sus fundadores), “Fierro”, “Noticias”, “El Vecino”, “La Luciérnaga”, y “El ángel de lata”.
Quienes conozcan mínimamente su obra, o se tomen unos minutos para mirar las viñetas que comparte periódicamente en sus redes, o quienes vean apenas la tapa de “El balcón ilustrado”, sabrán lo que piensa Tomi del hecho de que Cristina esté presa. Y podrán intuir con probable acierto qué opinión le merece el gobierno actual. La publicación es una síntesis de esos sentires, con la humanidad del grafito y el humor como únicas herramientas. Cada viñeta elegida tiene en la página contigua una suerte de plano detalle que permite ver los trazos en profundidad.
Hay algo de la obra de Tomi que se siente, tal como Sasturain lo describe, “una saludable planta anómala en el jardín, el bosque, la selva de la historieta nacional”. Como si el humor gráfico político, comprometido en estos términos inequívocos, ya no existiese, o al menos ya no tuviera lugar en los medios. Hay un gesto “salvaje” en esa anomalía, un gesto por lo mismo potente y luminoso.
Un balcón para mirar la Argentina
Desde España, el Tomi responde por mail las preguntas de La Capital:
- Las ilustraciones del libro surgen de una selección de las que publicás en tus redes, en general asociadas a eventos políticos actuales. ¿Sentís que esa pulsión por dibujar sobre lo que ocurre viene de tu recorrido como ilustrador en diarios?
Entre finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando trabajaba para el desaparecido diario Rosario, tirotearon una marcha que se manifestaba frente al Cabildo de Buenos Aires. Escuché la noticia cuando estaba en casa a punto de salir para la redacción y en ese momento se me ocurrió una idea sobre lo acontecido, así que me demoré un poco para llevar preparada la ilustración. Dibujé una vista cenital del lugar, el Cabildo con una perspectiva sobrecogedora, dos palomas que sobrevolaban los techos en primer plano y muy abajo, como si se viera la escena desde el borde de un precipicio (en realidad la vida se asemejaba a eso), un Ford Falcon verde sin patente que huía de la Plaza de Mayo dejando una estela de polvo. La cuestión es que nadie había mencionado que los tiros salieran de un auto, pero como los Ford Falcon sin patente asolaban el país como monstruos color verde militar, decidí plasmar uno de ellos a modo de solapada acusación.
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Cuando llegué al diario me paré como siempre frente a la teletipo (las noticias todavía corrían como un reguero de pólvora, no a la velocidad de la luz como hoy) y esperé hasta que llegó un «último momento» en el que se leía que los manifestantes habían visto un Falcon verde sin patente huyendo del lugar de los hechos. Recién ahí entregué mi dibujo al jefe de redacción, que por aquel entonces era el gran Pirincha Bertone, quien frunció el ceño y con su habitual mirada inquisidora me preguntó: «¿Cómo hiciste esto tan rápido?», a lo que contesté: «Lo traje hecho de casa». Ese día el Pirincha me apodó «animal prepolítico», pero nunca creí que fuera por el semiofensivo término que se utiliza a menudo para describir a los seres humanos en un estado natural o primitivo, a diferencia del término «animal político» que postulaba Aristóteles, sino porque yo había previsto y acusado instintivamente a los autores del presunto atentado. Aquel dibujo se publicó con éxito y, tantos años después, debo reconocer que me influyó para dejar plasmada en una ilustración lo que ocurre en el mismísimo instante, más aún en este presente que parece ir más rápido que el futuro.
- ¿Cómo fue la selección de las ilustraciones? ¿Y cómo fue el trabajo de escritura de esos textos que las acompañan?
Desde que, como vulgarmente se dice, tengo uso de razón, no recuerdo un solo día de mi vida en el que no haya hecho al menos un dibujo, y además dibujo muy rápido, condición que adquirí desde pibito mirando el programa Disneylandia, en el que había una sección llamada «Las Manos Mágicas» (o algo por el estilo), en la que mostraban las manos de un dibujante delineando sobre un papel los distintos personajes creados por Walt Disney a una velocidad endiablada, provocada, como es obvio, por una cámara acelerada (lo que hoy se conoce como timelapse), pero que en mi fantasiosa mente infantil era una realidad indiscutible, una habilidad a todas luces envidiable, razón por la cual me pasé horas y horas buscando alcanzar aquel frenético ritmo hasta conseguir un vértigo similar.
Esto, sumado a la aparición de las redes sociales, me permitió publicar todo lo que producía al momento en que lo producía y fue lo que generó que exprimiera cada tema sacándole el jugo a una idea en forma de serie, de ahí la serie «El balcón de Cristina» que se convirtió en el libro "El balcón ilustrado" gracias a la intervención de una poderosa energía en forma de editora llamada Luciana Mainelli y el apoyo logístico del partido político al que estoy afiliado y del que estoy encontradamente enamorado, mi chica, Mariana Hernández Larguía. Ellas, sumadas a la barita mágica de la diseñadora, Paula Scaglione, son las heroínas de la criteriosa selección. Los textos son casi una explicación de las viñetas con un dosis de humor. Fue una sugerencia de mi editora que confirmó después de consultarlo con mi amigo Javier Doeyo, quien coincidió en que el acompañamiento de algunos textos era una buena idea; justamente él, ese genio que editó aquel emblemático libro titulado El pensamiento vivo de Carlos Menem, un bestseller en el que al abrirlo te encontrabas con todas las páginas en blanco, ni una sola palabra.
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- Pareciera que no es fácil hacer humor con los personajes de este gobierno. ¿Por qué?
Según mi humilde opinión, resulta más fácil hacer humor cuando peor es el gobierno, incluso para cuando el gobierno es peor que peor, como es el caso que hoy nos compete, se inventó el humor negro. Pero al actual gobierno del país hay que sumarle el despiadado uso de las redes sociales que practica su desalmado ejército de trolls.
- ¿Qué lugar simbólico sentís que ocupa el balcón de Cristina en este contexto y por qué lo elegís como escenario, como eje, de este trabajo?
Porque por suerte el balcón de Cristina ha reemplazado categóricamente al balcón de la Casa Rosada y por desgracia la Casa Rosada ha sido reemplazada por la Casa Blanca.
- ¿Cómo ves el humor gráfico en Argentina? ¿Existe todavía?
Existe y nunca va a dejar de existir. Pongamos como ejemplo Rosario y hagámoslo extensivo al país entero. En casi todas las casas de Rosario podemos encontrar a un pibe encerrado en su habitación con un lápiz y un papel inventando un mundo nuevo y al final atreviéndose a salir y a mostrarlo, a encontrarse con otros e inventar una revista de humor como cuando yo me encontré con Manuel Aranda, David Leiva y Jorge Santa María e inventamos "Risario", la mítica revista de humor rosarino, aquella que ostentaba en su tapa un slogan que sirve a la perfección para explicar por qué el humor gráfico va a seguir existiendo: «Ríase, ser rosarino ya es un chiste del destino». Esos pibes son los encargados de que Rosario siga siendo la capital de los cereales y no se convierta en la capital de los asesinos seriales.
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- Decís en la introducción del libro algo muy hermoso sobre el vínculo entre el grafito y la humanidad. Has experimentado con distintas técnicas a lo largo de tu recorrido. Más allá de lo que expresás en el libro, ¿por qué sentís que el grafito es hoy en día y en este momento de tu carrera la técnica preferida?
La frase dice exactamente que, tal como nosotros, a presión atmosférica y temperatura ambiente, el grafito es más estable que el mismísimo diamante, aunque la descomposición del diamante sea tan extremadamente lenta que solo pueda apreciarse a escala geológica. De ahí que ningún ser humano, y en especial los dibujantes, debería negar sus semejanzas con el grafito. Esta puede considerarse la verdadera causa de mi pasión por el dibujo, y aunque en algún momento de mi vida artística argumenté que mi pasión por el dibujo empezó cuando me enteré que adentro de los lápices había minas, hoy debo aclarar que eso no es del todo cierto.