Para encontrar el bar Toujours hay que cruzar la puerta del edificio de oficinas de Santa Fe 1261 y hacer unos 20 metros hacia adentro. Desde la calle prácticamente pasa inadvertido. Es un clásico escondido que conocen, sobre todo, quienes trabajan en las oficinas del edificio. Para el resto, es una leyenda misteriosa: el último bar oculto del centro de Rosario.
Tras la barra los recibe con una sonrisa Mary Scrifignano, que hace 40 años está detrás de la barra. La especialidad de la casa es el sándwich de pan árabe, además de los carlitos, las empanadas, los licuados de banana, los jugos y el café. Abre únicamente en horario de oficina, de 8 a 17. Los precios y la carta se ven en un tablero negro de esos a los que se le clavan letras de plástico blancas, que solo sobreviven en este y en otro clásico del centro, bar Junior.
El lugar parece detenido en el tiempo. Conserva el mobiliario original que pusieron en 1986, cuando María lo compró con su esposo Raúl: cinco banquetas con cadenas náuticas como apoyapiés junto a la barra, una mesa con cuatro sillas naranja chillón que hoy cotizan como reliquia, una cortadora manual de fiambres, una carlitera, bandejas con campanas para cubrir medialunas y bizcochos y decenas de objetos náuticos que decoran las paredes pintadas de celeste y de blanco.
Un edificio pionero
El edificio Santa Fe fue construido en 1950 y dicen sus ocupantes que fue el primer edificio de Rosario levantado específicamente para oficinas. Tiene seis pisos con 24 oficinas por planta y, según los habitués, fue una de las primeras propiedades horizontales de la ciudad.
En sus primeros años estaba ocupado por escribanos, abogados, contadores, arquitectos y otros profesionales. En los últimos tiempos se llenó también de psicólogos.
Una de las clientas cuenta una vieja leyenda que a Mary no le gusta mucho: al edificio le decían "La cueva de Alí Babá" porque la policía iba seguido a buscar a los letrados que allí trabajaban. Como tiene salida por el estacionamiento de Entre Ríos, cuando llegaban a buscarlos algunos escapaban por allí.
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Cuatro décadas
María, aunque todos la conocen como Mary, abrió Toujours junto a su marido el 6 de febrero de 1986. Hasta entonces el bar pertenecía a un español que decidió regresar a Barcelona para vivir cerca de sus hijos y nietos.
"Nosotros queríamos el fondo de comercio y terminamos comprando el local. Fue todo de rompe y raje. En una semana hicimos todo y él se fue", recuerda. Nunca habían tenido un bar. Raúl era mecánico y ella trabajaba en un comercio de la zona.
Pensaron en cambiarle el nombre, pero desistieron. A Mary le gustaba "Sempre". Toujours significa "siempre" en francés y modificarlo por la misma palabra en italiano implicaba rehacer toda la papelería. "Acabábamos de vender el auto para poder comprar el negocio y no nos sobraba un peso. Quedó así", cuenta.
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Café náutico
La decoración náutica apareció porque ambos eran fanáticos del río. Tenían una lancha y eran socios del Club Náutico Rosario. La embarcación se llamaba Mariela. "Él decía que todo era mío. A la lancha le puso el apodo que él me decía", dice Mary.
En el bar hay una decoración exótica: en una de las paredes cuelga una mandíbula de tiburón pescada en Monte Hermoso. También se luce un velero a escala que una escribana del edificio le regaló después de la muerte de su marido en 2018.
Con el tiempo, clientes que viajaban comenzaron a traerle faros, cuadros, barcos y recuerdos marítimos, e incluso unos viejos esquíes acuáticos de madera de los años 70. Hasta las cadenas que sostienen los apoyapiés de las banquetas pertenecían a una embarcación.
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La época dorada
Aunque el fuerte siempre fueron los cafés y los licuados, hubo un producto que cambió la historia del negocio. Fue Raúl quien descubrió el pan árabe de una de las panaderías legendarias del centro. "Cuando empezamos a vender los árabes fue un boom. Después todos los bares del centro lo descubrieron". El más pedido sigue siendo el completo, con jamón, queso, tomate y huevo.
Cuando comenzaron, el edificio tenía una actividad frenética. "Trabajábamos desde muy temprano hasta las diez de la noche porque los bancos hacían horas extras. Era otra Argentina", recuerda Mary. Ahí adentro padecieron la hiperinflación de fines de los 80: llegaron a cambiar los precios varias veces por día y lo recaudado no alcanzaba para reponer mercadería.
En pandemia el edificio permaneció cerrado durante 72 días, una prueba de fuego para una mujer acostumbrada a estar siempre trabajando. Pero según cuenta, la caída más fuerte del consumo comenzó este año. "Antes me iba muy bien. Ahora el país está muy caído. No vendo mucho después de las 11", lamenta.
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"Padre" pero "hijo"
Después de casi cuatro décadas, Mary conoce a prácticamente todos los que pasan por el edificio. "Soy como una leyenda. Muchos ya partieron", desliza. Mientras habla, saluda por su nombre a cada persona que entra. A cada rato interrumpe la charla para despedir a un cliente con un "adiós doctor".
Mary es profundamente creyente. Todos los domingos va a la Catedral y también es seguidora de un cura joven de San Nicolás: el sacerdote Marías Pérez, a quien conoció hace algunos años. "Se me metió en el corazón. Lo quiero como al hijo que no tuve", reconoce.
Lo acompañó en viajes a Portugal y Colombia. Cuando él visitó Rosario apareció de sorpresa en el bar y hasta filmó un video para ayudarle a promocionarlo. "Fue un honor muy grande", dice, mostrando una foto juntos en la barra. El cura, un exponente carismático con un estilo muy moderno que hace imposición de manos y convoca a mucha gente a su iglesia, está sentado con una remera sport, sin la cofia característica. Como un cliente más que pasó a tomar un cortado en jarrita.
El futuro
Mary nunca tuvo hijos. Cuenta que la decisión estuvo marcada por una historia familiar ligada a cuestiones de salud. Su familia hoy son personas más jóvenes que fue conociendo mediante su práctica religiosa y, claro, el bar. Su hobby es conocer el mundo: a los viajes destina lo que su trabajo en el bar le provee.
Hoy, a pesar de la caída del consumo y su edad (no quiso decir cuántos por coquetería, pero admite que muchos más de los que parece), sigue levantando bandejas, subiendo pedidos y atendiendo personalmente a cada cliente. Siempre con una sonrisa.
"Ella brilla. Nunca está de mal humor, solo se cayó un poco cuando quedó viuda", revela, dejando una taza vacía que trajo desde su oficina, una escribana orillando los 50 que le demuestra mucho afecto. La hija de la mujer que les regaló el velero a escala, que heredó la oficina de su madre. Es que en 2018 Raúl falleció y Mary tuvo que decidir qué hacía con el bar.
"Cuando mi esposo se enfermó me dijo: 'Si lo querés vender, vendelo. Desde donde esté siempre te voy a acompañar'." La mujer decidió seguir: "Me entretengo. Mientras el físico me dé, voy a seguir acá", afirma. Se da vuelta, y se pone a hacer un café.
La lanza de vapor de la máquina eleva una voluta que sube, se mezcla con los adornos de la repisa y desaparece. Como el recuerdo de un microcentro de Rosario que se resiste a irse y se perpetúa en estas joyas inhallables en una suerte de testimonio vivo de otra época dorada para las nuevas generaciones.