La Galería Mercurio (Mitre 935) es un lugar extraño. Pero el hechizo de sus pasillos que parecen puertas a otra dimensión no son lo único llamativo. En el medio de la galería hay unas escaleras curvas que bajan hacia un subsuelo donde hubo un boliche, que arrancó como café concert y terminó como iglesia evangélica. Los Palmeras y Vilma Palma, Los Monos, piñas, fantasmas y exorcismos forman parte de la historia de un subsuelo hoy vacío, que espera un nuevo ocupante.
En el inicio el lugar fue un café concert, un bar con espectáculos para gente grande. Al bajar se puede leer en una placa de yeso que fue inaugurado en 1974 con la actuación de Carlos Perciavalle y la representación de Pepe Parada. El nombre del director está borrado con una punta filosa, producto de una censura por parte de alguien que no quería que quedara inmortalizado.
Luego hubo allí boliches bailables de polémica reputación que algunos recuerdan como antros y otros como un espacio perfecto para la diversión. Siempre se lo conoció como Cocodrilo, pero por momentos tuvo otros nombres: algunos mencionan Fama durante los 80, Xanadú o Mombasa. Pero la memoria fragmentada de los habitués a veces lo confunde con otras discotecas ubicadas en sótanos de la zona.
El recinto es una bestia dormida de 800 metros cuadrados. Bajar es experimentar una energía densa, como si algo quisiera resguardarlo de intromisiones indeseadas. Y de hecho se conserva en buen estado. Al entrar está la boletería y un guardarropa, detrás de unos separadores de ladrillo en forma de círculo pintados de blanco. Todavía sobrevive una barra kilométrica, la cabina de DJ y el escenario. En el centro, la pista de parquet, columnas, y paredes llenas de espejos que la dueña actual sacó porque le daban “fobia”.
Rambo se rindió
Dicen que el ambiente siempre fue pesado, difícil, con clientes de la periferia sin problemas para defender lo que consideraban su territorio sagrado. De hecho algunos la recuerdan como una de las primeras confiterías en revisar si las personas entraban armadas. La música arrancaba con los clásicos, seguía con la cumbia y terminaba con los lentos. “Venían pibes de Grandoli y Gutiérrez, de Tablada, de zona sur en general”, recuerda Paola, viuda del dueño y actual propietaria.
En esa época, camisas a medio abrochar, pantalones pinzados y zapatos se mezclaban con botas texanas y camperas de cuero cruzadas. "Era un lugar para valientes. No sé si sirve la metáfora, pero Rambo fue una noche y se rindió. Era el bar de la Guerra de las Galaxias. Un clima muy espeso, era hermoso", confiesa un hombre que lo frecuentaba en los 90 cuando "Mujer amante", de Rata Blanca, "Vientos de Cambio", de Scorpions, y "Bye Bye", de Vilma Palma marcaban el inicio de los lentos.
Sillones con alfombra y almohadones a los costados eran las señas distintivas. Atrás, una salida de emergencia que da a las torres de edificio que están sobre la galería, servía para que entraran los artistas y algunos colados directo a la parte trasera, donde estaban los reservados con sillones bien acolchados, que oficiaba de VIP y camarines para los músicos.
Vilma Palma e Vampiros es uno de los grupos rosarinos conocidos que tocó en el lugar. Pero la cumbia fue ganando cada vez más espacio y así llegaron Los Palmeras y otros números tropicales. Algunos dicen que vieron en el boliche a los mayores de la familia Cantero, de la banda Los Monos, antes de ser tan conocidos. El dato es incomprobable, pero alimenta el mito del espacio.
Hubo muchas clausuras porque los clientes, a la salida, a veces rompían todo y los locales de la galería la ligaban. Se peleaban con los del boliche Subsuelo, que quedaba a unas cuadras y querían ir a copar la parada, pero eran repelidos a las piñas. “Sin embargo, nunca hubo un muerto, como sí pasó en otros boliches de cumbia”, aclara Paola.
El dueño era Lucio Fontanarrosa, un corredor inmobiliario que también se dedicaba a tener confiterías y falleció en 2019. La propiedad es ahora de su mujer y viuda, que se casó con él cuando el boliche cerró. Lo conocían como Tucho, y salía en publicidades televisivas, muy comunes en los boliches de cumbia en los 90, diciendo “Tucho nunca te falló, no le falles vos a él”.
Culto
En los 2000, de la mano de un cambio de normativa municipal sobre boliches en el centro, tuvo que cerrar. A los pocos años desembarcaron Liliana y Marcelo Marra, dos pastores de una iglesia evangélica, y Fontanarrosa se los alquiló para no tenerlo vacío. "Una luz en el camino para bendecir la ciudad", rezaba un cartel que hasta hace poco seguía en la puerta.
Pero las historias extravagantes de ese sótano no quedan ahí. Para romper el medidor de actividad paranormal, hace años hubo una extraña aparición que quedó filmada en un video de las cámaras de seguridad, subiendo la escalera. Los pastores le dijeron a la dueña que se trataba de un espíritu maligno que había sido expulsado durante una “limpieza de cuerpo” a uno de los fieles. Es decir, un exorcismo.
En el centro del lugar hay un baúl misterioso, que está vacío pero tiene su historia. Es del dueño que falleció, se lo regaló la madre cuando era chico para guardar sus juguetes. Siempre estuvo en el boliche, y sobrevivió a los inquilinos. La viuda pide que no lo toquen. En confianza, cuenta que una vez vio cómo salía una sombra de adentro, un tipo todo vestido de negro y sin piernas que flotó por el local. Temblando, le dijo al marido lo que había visto. Sin inmutarse, el hombre le contestó: "Ah, sí. Es el que me cuida".
El año pasado los pastores no llegaron a un acuerdo con la propietaria y decidieron irse. El lugar está en regla y tiene salida de emergencia, por lo que Paola está negociando habilitaciones para volver a alquilarlo y que el recupere movimiento. Dice que lo ideal sería un gimnasio.
Mientras tanto, el subsuelo está ocioso y genera pérdidas por el costo de los gastos centrales. Ahí yace Cocodrilo, aguardando agazapado, en la oscuridad, a que los intrusos se vayan para que los fantasmas salgan a brillar de nuevo en la pista con su fulgor fosforescente. Quizás algún día vuelva a abrir sus puertas para un nuevo uso que los despierte un poco de su sueño eterno.