Desde el pasado 9 de marzo, el Banco Central de Bolivia se ha convertido en casi el único lugar en el que se puede conseguir la divisa norteamericana, razón por la cual se han formado a diario en torno a él largas colas de ciudadanos.

Cola en el centro de La Paz para comprar dólares en el Banco Central.
Desde el pasado 9 de marzo, el Banco Central de Bolivia se ha convertido en casi el único lugar en el que se puede conseguir la divisa norteamericana, razón por la cual se han formado a diario en torno a él largas colas de ciudadanos.
Las filas continúan registrándose. Desde el mes pasado los medios locales informan de que hay que esperar semanas para que a uno le entreguen su dinero depositado en la divisa.
El ministro de Economía boliviano, Marcelo Montenegro, culpó de lo ocurrido a “un brote especulativo” que llevó a un exceso de demanda.
Sin embargo, los analistas económicos consultados por la BBC Mundo creen que lo que está aconteciendo es resultado del mal manejo de la política económica y de años de déficits fiscales que han acabado consumiendo las reservas internacionales.
Las señales de alarma saltaron hace 45 días, cuando en las sucursales bancarias y casas de cambio empezaron a formarse grandes filas para retirar o comprar dólares.
Los medios locales empezaron a reportar que en la mayoría de ellos los clientes se iban con las manos vacías o se encontraban con que los bancos les imponían restricciones en las cantidades a retirar. Hasta que, en un aparente intento de calmar la situación, las autoridades anunciaron el 8 de marzo que el Banco Central de Bolivia vendería dólares a todo el que lo solicitara.
El expresidente del Banco Central Juan Antonio Morales señaló en conversación con la BBC Mundo que “Bolivia acumula déficits fiscales altos desde 2015 que en gran parte se han financiado con créditos del Banco Central y eso es bastante problemático”.
Para Dunn, esto ha llevado a que “se han consumido agresivamente las reservas internacionales”.
Esas reservas, que en 2014 rondaban los US$15.500 millones, están ahora en un mínimo histórico cercano a los US$3.500 millones.
Pese a que el gobierno asegura que la economía boliviana es estable, algo importante ha cambiado en la economía de Bolivia: después de años en que las exportaciones de gas cimentaron el crecimiento sostenido y la reducción de la pobreza durante la presidencia de Evo Morales (2006-2019), el país empezó a importar más combustibles de los que exporta.
Bolivia se convirtió en el último año en un importador neto de energía, al empezar a adquirir del exterior más combustible que el que vende a otros países.
Por falta de exploraciones de nuevos pozos, la producción de gas de los últimos años cayó a los 15,4 millones de metros cúbicos diarios después de haber superado los 22 millones en 2015.
Eso provoca un temblor en las finanzas públicas, como lo vivió —vive— Argentina producto de su déficit energético.
Álvaro Ríos, ex ministro de Hidrocarburos de Bolivia, le dijo a BBC Mundo que “el negocio del gas requiere que se invierta en exploración para tener campos alternativos disponibles cuando se agoten los que ya están en explotación, y en Bolivia casi no se ha invertido en exploración, así que los campos se han ido agotando”.
El economista Jaime Dunn recuerda que los proyectos de exploración de YPFB “llevan tiempo sobre la mesa y a menudo se quedan en el papel”.
El dólar ha tenido tradicionalmente un papel protagonista en la economía de Bolivia. Se usa en muchas transacciones y es la moneda en la que se cifra el valor de todos los bienes de importancia patrimonial, como viviendas o autos.
Ahora el país experimenta lo que Morales califica como “una crisis del tipo de cambio”.
Mucha gente piensa que el valor oficial del boliviano, la moneda nacional, con respecto al dólar no se corresponde con la realidad.
Y las consecuencias ya se dejan sentir.
Dunn afirma que “los exportadores están desesperados y como tienen que hacer frente a pagos en dólares que no pueden esperar, aceptan comprar dólares a 7,40 el boliviano, muy por encima del tipo de cambio oficial de 6,96”.
Eso supone un encarecimiento de sus costes que, tarde o temprano, tendrán que acabar repercutiendo en el consumidor, lo que “provocará tensión en el lado de los precios”, pronostica el experto.


