Frente a la imagen gigante de Ricky Martin que dominaba el escenario, la previa se iba armando con celulares en alto buscando la foto con el fondo perfecto, gritos que cruzaban de punta a punta para ubicar a alguien y paraguas que se abrían, no solo por el cielo dudoso, sino como señal para encontrarse entre la multitud. Cerca de las 19, mientras las fanáticas esperaban y la telonera rosarina Mercedes Borrel comenzaba a ponerle música a la noche, entre las sillas se abría paso un hombre con una camisa blanca semiabierta, muy parecido a Ricky Martin, que se prestaba para fotos con las fanáticas.
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Un show sin pausas, coreografías y miles de fans
A tan solo tres minutos de las nueve de la noche, las luces se apagaron y comenzó a sonar el ritmo de una salsa. En un abrir y cerrar de ojos, las primeras butacas dejaron de ser filas: las sillas se desordenaron cuando las fanáticas se adelantaron hasta la valla, para estar lo más cerca posible del escenario y, por supuesto, de Ricky Martin.
En las pantallas se proyectó un video que repasaba distintas etapas de su carrera y, enseguida, el instrumental de “Pégate” terminó de encender la escena. Bailarines, trompetas, batería, guitarras y teclados fueron ocupando sus lugares sobre el escenario hasta que finalmente apareció Ricky Martin: total black, pantalón oversize, camisa negra abierta y saco, listo para dar inicio a una noche que no tendría pausas.
Después de ese arranque a puro ritmo y baile, el rey de la música latina siguió con “María”, en un número completamente coreografiado y con una química constante con su cuerpo de baile. Mientras el público respondía al clásico “1, 2, 3, un pasito pa’lante María” levantando los brazos y saltando al unísono, el cantante devolvía el amor tirando besos al aire. En un show que no dio respiro, la intensidad continuó con “Adrenalina” y “Bombón de azúcar”.
Sobre el escenario, lejos de relajarse, Ricky Martin se movió como un artista que no da nada por sentado. Con más de cuatro décadas de trayectoria, 54 años y miles de escenarios recorridos, desplegó una energía envidiable: no paró de moverse, de bailar, de acompañar cada momento de las canciones con el cuerpo. No solo cantó: interpretó cada tema, lo bailó y lo vivió.
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Gentileza: Diego de Bruno/ Dosdosunoprensa
Tras un breve instrumental, el artista volvió al escenario con un sobretodo verde lima, en cuero, y se dirigió por primera —y casi única— vez al público: “Hola, Rosario, ¿cómo estás? Hace tres años que no venía. La última vez fue muy especial porque hicimos el sinfónico. Pero había que volver porque aquí podemos ser libres y romper todas las barreras. Quiero que canten, quiero que bailen, olvídense de todo. Te amo Rosario, te amo. La vamos a pasar bien, ¿sí o no? Acá tienen lo mejor de mi música”.
Y entonces llegó “Vuelve”, pero no en la versión bailable que acaba de lanzar junto a Tini Stoessel y los Ángeles Azules sino en su forma clásica de balada, pensada para quienes lo siguen desde siempre. El público se balanceó de lado a lado, cantando cada estrofa, mientras él cedía el estribillo.
Pero la calma duró poco. La energía regresó con fuerza con “Shake”, siguió con “Qué rico” y continuó con “Lola”.
“¿Seguimos o no seguimos?”, preguntó. Desde el fondo llegó un “sí” rotundo. Y entonces arrancó “Bomba”. Esta vez, los protagonistas del baile fueron los propios músicos: trompetistas, guitarrista y bajista se movieron en fila junto a Ricky en el centro, tocando y bailando al mismo tiempo. El cantante se acercó a la punta de la pasarela y en ese ida y vuelta con el público, incluso tomó una bandera argentina que una fanática había logrado acercarle.
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Gentileza: Leandro Comisarenco
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La despedida con hits, lluvia y un público que no se quería ir
El tramo más íntimo del show llegó con el cambio de vestuario. Con un sobretodo beige, Ricky Martin bajó la intensidad y se metió de lleno en sus baladas románticas. Arrancó con “Tal vez”, siguió con “Gracias por pensar en mí” y “A medio vivir”, en un Autódromo que pasó del salto al balanceo en cuestión de segundos.
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Gentileza: Leandro Comisarenco
“Muchas gracias Rosario, son una maravilla”, dijo y preguntó: “¿Seguimos? ¿Nos quedamos en el rollo romántico?”. En un show medido al detalle, con intervenciones justas y sin respiro, el cantante tuvo que frenar en seco ante el clásico “Olé, olé, olé, Ricky, Ricky” que bajaba desde todos los sectores. Él lo tomó, se sumó saltando y respondió con una sonrisa: “Este es mi combustible”.
Fue entonces cuando llegó una de las canciones más esperadas de la noche: “Fuego de noche, nieve de día”. No hizo falta demasiado: con Ricky ubicado en el centro del escenario y el micrófono de pie, el público la cantó de principio a fin. Algunas fanáticas con celulares en alto intentaban registrar el momento, otras simplemente lo miraban mientras las lágrimas les recorrían las mejillas.
Las pantallas se tiñeron de rojo y, con pasos de baile bien españoles (la sensualidad de sus movimientos fue un ingrediente constante durante todo el show), el puertorriqueño comenzó a entonar “Tu recuerdo”, dando cierre al tramo más romántico de la noche.
A partir de ahí, el giro fue definitivo. Tres bailarinas en el centro del escenario marcaron el ritmo al golpe del tambor y, con la entrada del resto del cuerpo de baile, el recital volvió a transformarse en una fiesta. Con una musculosa brillosa, Ricky Martin reapareció para dar inicio a “Mordidita”. “¿Estamos listos? Que venga el carnaval”, lanzó.
Lo que se esperaba durante toda la noche finalmente llegó: las primeras gotas de lluvia empezaron a caer sobre el Autódromo. Pero a nadie pareció importarle: quienes se habían sentado volvieron a ponerse de pie para bailar, saltar y seguir cada coreografía.
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Gentileza: Diego de Bruno/ Dosdosunoprensa
En ese tramo, la energía de Ricky se volvió contagiosa. Desde el escenario, demostró ser un verdadero Showman: una sola persona que sostenía y multiplicaba la intensidad de miles. Ricky no paraba de moverse, de marcar cada ritmo, de empujar el show hacia adelante. Incluso, en “Vente pa’ ca”, el puertorriqueño bajó hasta la valla y tocó las manos de sus fanáticas. La euforia ya era total y la tímida lluvia apenas sumaba un nuevo ingrediente a una postal inolvidable.
Tras un breve apagón, sus bailarines entraron al ritmo de “Livin’ la vida loca” y, desde lo alto, volvió Ricky con otro cambio de vestuario. El cierre parecía definitivo, pero el show todavía guardaba un último momento.
En las pantallas apareció un video en blanco y negro mientras la lluvia se hacía más intensa. Sus bailarines regresaron con acrobacias en el aire hasta que Ricky volvió a aparecen con su último cambio de look. Con musculosa multicolor y jean, cantó y bailó lo que sería la última canción de la noche, “La copa de la vida”, el himno del Mundial de Francia ‘98.
“Gracias por su amor, por su cariño, por su sonrisa. Los amo con el alma”, dijo antes de agradecerle a sus bailarines y destacar a su director musical, argentino. “Nos vemos pronto. Muy pronto y con nueva música”, prometió antes de despedirse y retirarse del escenario.
Pero el final no fue tal. Mientras los músicos seguían tocando, el público continuó cantando, bailando y resistiéndose a irse. No faltaron los clásicos “No nos vamos nada, que nos saquen a patadas” y el “Una más y no jodemos más”. Entre pilotines y una tímida lluvia, el Autódromo se transformó en una celebración que no quería terminar.
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