Hubo alguien que pudo captar el último gesto de vida de Rafael Venialgo Acosta. El 13 de enero forzaron el portón de su casa ubicada en la villa de la Vía Honda y su esposa llamó desesperada al 911 pensando que se trataba de ladrones. El lugar estaba a oscuras cuando un policía irrumpió en la cocina. El dueño de casa, un albañil de 55 años, se apostó detrás de la puerta y dibujó en el aire un movimiento casi instintivo con un machete oxidado que había buscado para defenderse. Con ese acto, el último de su vida, rozó el brazo del uniformado que había entrado a la fuerza. La respuesta fue un disparo letal de escopeta que le impactó en el rostro y le causó la muerte.
Esa escena final fue relatada por el único testigo directo del crimen: un empleado del Comando Radioeléctrico que esa noche acompañaba en la patrulla al policía que hizo el disparo mortal. “Mi compañero lo mira. Yo alumbraba con la linterna y quedé helado. Él apunta y dispara. Quedé en shock. Se notaba que era una persona laburante”, dijo el policía Roque Juan Carlos Moretti sobre la reacción de su colega. Esa declaración que brindó ante un juez tiene un carácter casi inédito: sólo se conoce un precedente en la ciudad el que integrantes de la fuerza revelaron inconductas de sus compañeros.
El crimen del albañil fue denunciado desde el primer minuto por su familia como un caso de gatillo fácil. Como autor del disparo está detenido el policía Miguel Ángel Y., acusado de homicidio calificado por el abuso de la función policial. Un delito que se pena con prisión perpetua. El uniformado que lo acompañaba esa noche dijo que la víctima no intentó agredirlo: “Esta persona no tuvo intención de lastimar. Se notó. Ni se dio cuenta el hombre de que era un policía”.
Moretti declaró sobre el episodio en una audiencia ante el juez Alejandro Negroni donde respondió preguntas del fiscal Adrián Spelta. Reveló que fue amenazado por su colega para ocultar lo ocurrido y ceñirse al relato falseado del acta policial. Sostuvo además que Miguel Y. se autolesionó con el machete para justificar el disparo y que escondió el cartucho de un balazo previo al letal. Luego de brindar su testimonio, el policía de 30 años aceptó en un juicio abreviado una condena a 3 años de prisión condicional por los delitos de allanamiento ilegal y encubrimiento. Además, ofreció 30 mil pesos para reparar a las víctimas.
En ese acto el efectivo reconoció haber firmado un acta falsa donde se relata que a Miguel Y. se le escapó el disparo en medio de un forcejeo. Previamente denunció haber sufrido amenazas de su colega y solicitó la custodia de una fuerza de seguridad ajena a la policía provincial, a la que dejará de pertenecer tras la condena.
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La noche del 13 de enero los dos policías del Comando fueron comisionados por el 911 por un hecho de amenazas en la zona de Patagones al 4100. Una mujer denunciaba allí que su ex pareja —un hijastro del albañil asesinado— había violentado una restricción de acercamiento y la había amenazado con una escopeta. Los efectivos recorrieron la zona en la búsqueda del muchacho. A los pocos minutos les pasaron por radio la dirección de Venialgo Acosta, en la zona de Avellaneda al 4400.
Alrededor de la 0.30 los policías violentaron entre ruidos atronadores el portón de la casa de Pasaje 1821 al 4900, que da a un pequeño patio delantero. La esposa del albañil, María Ceferina, pensó que iban a asaltaros y llamó dos veces al 911. Escuchó cuando los desconocidos avanzaban hacia la puerta de chapa de la cocina y arrojó el teléfono bajo un ropero para que no se lo robaran. Lo hizo sin cortar la llamada. Desde el piso, el aparato entonces transmitió en vivo a la central de emergencias la secuencia del crimen: los golpes en el portón, el estallido del ventiluz de la puerta interior, una voz que ordena “tirate al piso” y la detonación de un arma.
Detrás de la puerta cerrada con llave y dos trabas estaba el albañil con el machete oxidado, sin filo, que usaba para cortar el pasto. El policía le efectuó a muy corta distancia una detonación con una escopeta marca Escort Hatsan con munición antitumulto que impactó de lleno en el rostro y el cuello de Venialgo Acosta. Con la demora de la ambulancia, murió unos cuarenta minutos más tarde camino al hospital. A la hora en que lo balearon su hijastro, al que buscaban, ya se había entregado en una comisaría cercana.
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Hasta la declaración de Moretti no estaba del todo claro cómo llegó el Comando Radioeléctrico hasta la casa de Venialgo. El policía contó que les pasaron por radio esa dirección y al llegar se encontraron con “dos masculinos en la puerta. Uno de remera negra y gorra; y otro en cueros y con un short de color blanco” que al verlos empezaron a correr en la oscuridad. Según contó, escaparon por los techos: “Baja mi compañero con la escopeta en mano. Cuando llega a la puerta de tejido con caños estructurales él se pone a forcejear. Yo abro un chapón del costado y veo que el que estaba en cuero saltó al techo”.
“Ya se fueron”, le dijo Moretti a su compañero, que seguía forcejeando con la puerta. Enseguida “se va adonde había abierto un poco el chapón, ingresa al patio y se escucha la voz de un hombre que dice: «Llamá a la policía, llamá a la policía»”, siguió relatando Moretti, y contó que desde atrás de la puerta de la cocina Venialgo Acosta gritó: “Acá no vas a entrar”. “Yo le digo: «Tranqui, viejo, somos la policía». Y como que golpea la puerta con algo fuerte”.
En ese momento Moretti fue hacia la vereda a entrevistar a dos vecinos y escuchó el estallido de un vidrio y una explosión. “No se siente muy fuerte el disparo. Le digo que qué hacía. Que salga de ahí, que ya estaba. Vuelvo para tratar de sacarlo a mi compañero y siento que patea la puerta dos veces. Cuando logra entrar siento que se abre fuerte algo. Alumbro con la linterna y mi compañero entra, grita «al piso, al piso». Veo un machete, una mano. Pero no fue con intención, no se dio cuenta el hombre que era un policía”, relató Moretti en la audiencia mientras reproducía el movimiento del brazo derecho de Venialgo en el aire.
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“Mi compañero lo mira. Yo alumbraba con la linterna y quedé helado. Él apunta y dispara. Yo me acerco, le digo: «¿Qué hiciste?». Me agarraba la cabeza. Quedé en shock porque se notaba que era una persona laburante”, dijo el policía. Contó que a su compañero “le chorreaba un poquito de sangre, tenía un corte en la mano, pero apenas” por el roce del machete. En ese momento se acercó la esposa de la víctima. Según dijo, Miguel Y. le preguntó a la mujer si estaba sola y si tenía dinero, algo que afirma haberle reprochado. “Vos no me vas a decir como tengo que trabajar. Así como quedó él vas a quedar vos. Así que callate la boca y déjame hacer mi trabajo”, fue, según dijo, la respuesta de su colega.
“Me empezó a amenazar, me amenazaba de muerte, agarra el machete y se empieza a cortar”, relató Moretti mientras se dibujaba trazos imaginarios en el brazo izquierdo. “Mancha el machete con su sangre y lo tira”, aportó y dijo que luego Miguel Y. levantó un cartucho antitumulto de color verde, corrió la chimaza del arma y cayó un cartucho de color negro: “Él prende la luz para buscarlo y lo mete en el bolsillo”. Luego, dijo, colocó el que había sido percutado primero en la recámara.
Esto último fue considerado un aporte clave por el fiscal. Es que en la colecta de evidencia se había secuestrado un bidón de agua que recibió una perdigonada en el piso. Para Spelta era un interrogante cómo un solo disparo podía pegar a la altura del piso y a la vez a la cabeza de la víctima. “No tenía elementos balísticos que me permitieran hablar de dos disparos. Moretti me explicó por qué: Miguel Y. levantó un cartucho y lo volvió a meter en la escopeta. Es decir que hubo un primer disparo cuando ingresó, con la punta de la escopeta en el vidrio de la puerta, y el segundo sobre el rostro de la víctima”, explicó el fiscal, quien consideró creíble y conectado con el resto de la evidencia el relato del policía sobre el crimen cometido por su compañero.
El caso Medina-Campos
No es usual que un policía rompa el pacto de silencio corporativo para señalar el delito de un compañero. El único precedente conocido en Rosario es el de dos agentes que el año pasado contaron que se adulteró la escena del doble crimen de Emanuel Medina y David Campos. Como ellas, Roque Moretti denunció haber sufrido amenazas y debió asumir la condición de testigo protegido con custodia para él y su familia.
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“Una vez en Judiciales quiero dejar en claro que me quedé afuera porque estaba bloqueado. Les dije que no iba a participar en eso”, contó Moretti. Al igual que las empleadas, sostuvo que en esa sección policial se confeccionó un acta falseada para justificar el disparo. “Vos vas a decir lo que dice el acta _aseguró que le dijo su compañero_. Si no decís lo que dice el acta tu familia va a morir. Tuve que leer el acta de memoria y declarar eso el día de la primera audiencia”.
También reveló que durante los trece días que compartió la celda con su colega en la Unidad 5 “vivía amenazado”. “En el bagallo en el cual le mandaban cosas le llegaban notitas que decían: «Morí en el acta»”. Antes de irse, cuando le llega el traslado, me dice: «Te conviene que mueras en el acta porque ya tengo un pozo para enterrar a tu bebé»”, reveló Moretti, padre de un nene de 6 años y una nena de 3, quien denunció las amenazas tras contactarse con la abogada que lo acompañó en la audiencia donde rompió el silencio.