Si pensamos en nuestras actividades diarias, cargar el celular, cocinar, movilizarnos en auto o transporte público, o ver la televisión, todas son tareas que contribuyen a la emisión de gases de efecto invernadero; así como también, y en mayor medida, las industrias emiten gases de este tipo durante la fabricación, el transporte o el consumo energético.
El rastro de gases de efecto invernadero (GEI) que las actividades productivas, económicas y cotidianas del ser humano generan puede ser cuantificado a través de un indicador ambiental: la huella de carbono. Este indicador ambiental mide las emisiones directas e indirectas a la atmósfera de gases como el metano (CH4), el óxido de nitrógeno (N2O) y el dióxido de carbono (CO2) -el más abundante-.
Estos gases son esenciales, ya que mantienen la temperatura del planeta a un nivel adecuado para el desarrollo de la vida; pero en grandes concentraciones, retienen el calor emitido por el Sol y por la superficie de la Tierra, y lo liberan en nuestra atmósfera, lo que genera que nuestro planeta se caliente, situación conocida como “efecto invernadero”.
El indicador ambiental de la huella de carbono puede ser aplicado a personas, organizaciones, productos, eventos o regiones geográficas, en términos de CO2 equivalente; de ahí proviene su determinación “huella de carbono”. Esto se debe a que todos los GEI considerados son convertidos a su valor de dióxido de carbono equivalente (CO2eq), multiplicando la masa del gas en cuestión por su potencial de calentamiento global (PCG).
El ciudadano global promedio posee una huella de carbono equivalente a la emisión de 4,8 toneladas de dióxido de carbono por año. Sin embargo, esa cifra es de aproximadamente 13 toneladas para un británico y aproximadamente 21 toneladas por persona en Estados Unidos. Además, el estadounidense promedio tarda solo un par de días en igualar la huella anual del nigeriano o maliense promedio, como señala Berners-Lee en “The Carbon Footprint of Everything”. En Argentina, la huella de carbono per cápita es cercana a las 5 toneladas de CO2 equivalentes.
Según el último informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), los niveles de los gases de efecto invernadero que atrapan el calor en la atmósfera han alcanzado un nuevo récord sin precedentes. En 2020, el CO2 atmosférico alcanzó el 149% del nivel preindustrial (1750), principalmente debido a las emisiones que surgen de la combustión de combustibles fósiles. Si esta tendencia continúa a largo plazo, significará que las generaciones futuras tendrán que hacer frente a efectos cada vez más graves del cambio climático.
“Mientras los combustibles fósiles sean la base del sistema energético, no se tendrá una huella de carbono sostenible”. Benjamin Franta, investigador de la Universidad de Stanford.
Ante este panorama, la huella de carbono nace como una posibilidad de cuantificar el impacto de una actividad sobre el calentamiento global y el aceleramiento del cambio climático. Conocer este dato resulta de total importancia a la hora de tomar medidas o promover iniciativas necesarias para reducir la huella que generamos como sociedad en el ambiente, comenzando por cada uno de nosotros en nuestro día a día.