El juez Ricardo Dutto, con unánime festejo, resolvió que ex esposos sumamente desavenidos concurrieran con sus hijos menores al tribunal, los lunes por la mañana y con presencia de una asistente social, a leer en conjunto determinadas leyes y obras. La decisión parece encomiable y hasta ingeniosa; y seguramente lo es. El problema radica en la legalidad, ya que descreo se pueda constreñir a las personas a este tipo de convivencia ocasional, de tertulia literaria. Se las obliga a hacer algo que ninguna ley contempla: artículo 19 de la Constitución nacional. Se vulnera su status libertatis. No hay, me dicen, amor a palos. De buenas intenciones está empedrado… Y ojalá que uno acierte con esta modesta censura, pues corregir es ordinario. Para colmo, quien corrige carece del derecho de equivocarse. Y no olvidaba comentar que la sentencia tuvo suerte pues ninguna parte la impugnó. Y ahí quizá lo más lindo: ¡les gustó! Si yo fuera el condenado, en cambio, por burro, tendrían que imponerme leer el libro “¡Upa!”.



































