Más local que nunca en el Festival de Jesús María, Javier Milei usó el escenario cordobés como kilómetro cero de su camino en busca de la reelección, mientras vuelve a mostrar los dientes un animal difícil de domar: la inflación.

El presidente mostró en el escenario de Jesús María otra versión. La suba de la inflación tensiona la narrativa del gobierno y el pacto con la sociedad. Conversaciones abiertas entre Nación y Pullaro
Por Mariano D'Arrigo
En Jesús María, Javier Milei mostró junto al Chaqueño Palavecino una versión de campaña diferente a la del pasado.
Más local que nunca en el Festival de Jesús María, Javier Milei usó el escenario cordobés como kilómetro cero de su camino en busca de la reelección, mientras vuelve a mostrar los dientes un animal difícil de domar: la inflación.
Al calor de la convocatoria del Chaqueño Palavecino, se dio un baño de masas frente a una platea amigable, aunque no libertaria de origen, y ofreció una versión más domesticada: campera de cuero, sonrisa y sin insultos, más cercana al Carlos Menem de los primeros ‘90 que al Milei incendiario de los Movistar Arena.
Convertida en un bastión antikirchnerista desde el conflicto con el campo y la huelga policial en la que Cristina Kirchner demoró el envío de fuerzas federales, Córdoba fue alguna vez Macrilandia y desde 2023 se pintó de violeta. Ni siquiera un exgobernador con reconocimiento nacional como Juan Schiaretti logró en 2025 quebrar el dominio libertario.
Milei disfruta una centralidad indiscutida en el escenario político, pero la inflación volvió a encender luces amarillas. El 31,5 % anual de 2025 es la cifra más baja desde 2017, aunque desde junio el IPC marca una curva ascendente y no hay señales de mejora en el corto plazo.
La compra más agresiva de reservas, la actualización de las bandas cambiarias y el debut de una nueva canasta de consumo (con mayor peso de tarifas y servicios) podrían empujar la inflación hacia la zona del 3 % y más allá. Los datos difundidos por el Indec que conduce Marco Lavagna exponen los límites de la receta oficial: dólar planchado, apertura comercial y una economía en dos velocidades, con finanzas y minería entre los ganadores del modelo, e industria, construcción y comercio en el bando de los perdedores.
La aceleración de los precios plantea un desafío económico para Milei y su equipo, obligados a recalibrar el programa en esta nueva fase. El año par puede ofrecer una ventana para tomar decisiones y absorber costos sin que el impacto se traslade de inmediato a las urnas.
El interrogante es cuánto más puede ajustarse el cinturón la sociedad. Según Management & Fit, en diciembre la inflación volvió al primer lugar del ranking de problemas sociales (20,4 %) y desplazó a la corrupción (19,6 %). Le siguen la pobreza (14,9 %), la desocupación (14,4 %) y la inseguridad (14,0 %).
En ese contexto, el relato del gobierno empieza a hacer ruido y Milei enfrenta el desafío de regenerar expectativas. El mantra de no tirar el esfuerzo a la basura fue eficaz en campaña, pero no rinde indefinidamente.
El vínculo entre Milei y una parte de la sociedad descansa sobre un pacto: apoyo a cambio de estabilidad económica. Si la inflación se acelera, esa relación puede resentirse. La mayoría de quienes lo apoyan lo ven como un instrumento: no abrazan sus excentricidades ni sus cruzadas ideológicas, las toleran. Si el pacto se rompe, no lo hará de manera abrupta sino por desgaste: primero se enfría el entusiasmo, después aparece la duda y, finalmente, la distancia.
En octubre, el gobierno logró pintar de violeta gran parte del país gracias al recuerdo fresco del descalabro del Frente de Todos, al rechazo mayoritario a un eventual regreso del kirchnerismo y a la amenaza apenas camuflada de Donald Trump sobre el caos que podría desatar una derrota de La Libertad Avanza.
Con el correr de las semanas, varios de esos factores pierden potencia. Con su líder en prisión domiciliaria y aferrado a las mismas ideas de siempre, el kirchnerismo se reduce como expresión política y deja de ser una amenaza electoral concreta.
A eso se suma que el presidente norteamericano tiene demasiados frentes abiertos. Al rediseño de Venezuela con el aval de la cúpula chavista y al sueño de anexar Dinamarca se suman en el plano doméstico la pelea con el presidente de la Reserva Federal, las denuncias de brutalidad de la policía migratoria y los radioactivos archivos Epstein, que podrían teñir la previa de las elecciones de medio término del 3 de noviembre.
A lo sumo, Trump puede invitar a Milei a la Junta por la Paz, pero la billetera está cerrada. Cuando Toto Caputo salió a buscar dólares para afrontar vencimientos, aportaron bancos privados como Citi, JP Morgan, BBVA, Santander, Bank of China y Deutsche Bank, pero el Tesoro norteamericano no puso ni un billete.
La historia argentina deja dos enseñanzas. La primera es que la disparada de los precios es una experiencia colectiva traumática y que la sociedad está dispuesta a pagar un costo alto en términos de empleo y actividad con tal de no volver al caos. La segunda es que las crisis sistémicas dejan un vacío opositor que lleva años llenar. Menem llegó al poder en 1989 y la Alianza recién se formó en 1997. El kirchnerismo inauguró su ciclo en 2003 y lo cerró en 2015, con el triunfo de Mauricio Macri y Cambiemos.
Más allá de los problemas de la economía cotidiana, Milei tiene la ventaja de que el resto del bazar político huele a viejo. Como partidos nacionales, el PRO y la UCR están reducidos a una mínima expresión; el peronismo está balcanizado y con dificultades para elaborar propuestas que sintonicen con el clima de época, marcado por la revalorización del mercado, la austeridad y el equilibrio fiscal.
El futuro del experimento libertario dependerá de múltiples factores: las correcciones al plan económico, la tolerancia social, los efectos del huracán Trump, los costos y beneficios del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, la capacidad del resto de la política para ofrecer algo nuevo y la habilidad de Milei para evitar errores políticos no forzados.
Tras aprobar un presupuesto recortado en aspectos clave, como la derogación de la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, la reforma laboral aparece como la próxima prueba de fuego. Todavía en minoría en el Congreso pese a la victoria de octubre, Milei debe decidir si cede partes del proyecto sin tocar el núcleo o si se mantiene intransigente y asume el riesgo de que la iniciativa naufrague.
El punto es si está dispuesto a hacer concesiones a los gobernadores. Las modificaciones en el impuesto a las ganancias implicarían para las provincias una pérdida de $1,2 billones en recursos coparticipables, según el Instituto Argentino de Análisis Fiscal. Para Santa Fe, el impacto sería de $97.087 millones, aunque desde el gobierno provincial sostienen que no es un tema que esté sobre la mesa.
Al igual que la mayoría de los mandatarios provinciales, Maximiliano Pullaro acompaña la reforma laboral. Coincide en términos generales con el proyecto respaldado por el empresariado y no quiere quedar en offside con un electorado que comparte con La Libertad Avanza.
Aunque existen conversaciones con Diego Santilli, en la Casa Gris aseguran que no hay una negociación de fondos por votos con el Ministerio del Interior. “No entramos en el toma y daca. Las discusiones van por caminos paralelos”, afirma una alta fuente del gobierno provincial. Sí hay charlas para que la Nación ceda inmuebles en la provincia y así achicar la deuda con Santa Fe.
En el corazón del pullarismo están convencidos de que el ajuste aplicado en los primeros dos años de gestión les dio autonomía política frente a Milei. “Tenemos para pagar los sueldos y las obras están en marcha. A nosotros 20.000 millones de ATN no nos mueven el amperímetro”, dicen.
La dependencia de recursos nacionales y el tamaño de los distritos vuelve más baratos a los gobernadores peronistas del norte. Por eso Pullaro y el cordobés Martín Llaryora, quien debió impulsar a las apuradas una reforma previsional a fines de 2025, aparecen en el mapa de la Casa Rosada en un tercer anillo, detrás de los restos del PRO y la UCR, y de los distintos provincialismos.
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Pese a que la dinámica económica y política podría empujarlo hacia posiciones opositoras más duras, Pullaro busca no sobregirarse y llevar la discusión al terreno de los intereses. A los suyos les dice que sus diferencias con Milei son de mirada, no de confianza: “El gobierno no piensa como yo, pero tiene buena leche. El kirchnerismo te quería joder”.


