POLICIALES

Por qué condenaron al "Morocho" Mansilla, el hombre más buscado de la provincia

Claudio Javier Mansilla se escapó de Piñero el 27 de junio, en pleno juicio por un doble crimen con trasfondo narco. Le dieron 25 años de prisión

Domingo 01 de Agosto de 2021

“La motivación fue eminentemente lucrativa: asegurarse la continuidad de la actividad ilícita de comercialización de estupefacientes que venía desarrollando desde tiempo atrás junto a (su pareja) Jésica González y que según él entendió, ambas víctimas habían puesto en riesgo luego del ataque que sufrió en una disputa territorial por narcotráfico”. Ese fue, de acuerdo a la Justicia, el móvil que llevó a Claudio Javier “Morocho” Mansilla a acribillar a tiros a los adolescentes Kevin Nieri, de 16 años, y Leonel Bubacar Aw Borda, de 18, la noche del 23 de septiembre de 2018 en la boca de un pasillo de Lima al 2100 y por lo cual un tribunal pluripersonal lo condenó a 25 años de prisión efectiva. Los magistrados entendieron que el condenado mató a los jóvenes porque lo habían «entregado» a gente que le quería copar el territorio atacándolo a balazos días antes del hecho.

“El lucro a partir de la comisión de una conducta reprochable se advirtió en el juicio como única motivación, descartándose la miseria o dificultad para ganarse el sustento propio o de su familia”, agregaron los jueces Nicolás Foppiani, Hernán Postma y Pablo Pinto en los fundamentos de la condena dictada el pasado 6 de julio en ausencia del imputado, quien tres días después del inicio del juicio oral y público al que era sometido por el doble crimen, fue protagonista de una espectacular fuga de la cárcel de Piñero. Eso ocurrió la tarde del domingo 27 de junio en medio de una balacera entre penitenciarios y el grupo de apoyo que llegó para que él y otros siete reclusos huyeran en un auto después de cortar los alambrados perimetrales del presidio. Hasta ayer cinco de los evadidos habían sido recapturados y los otros tres se mantienen prófugos, entre ellos el “Morocho”, por quien el gobierno de la provincia formalizó el ofrecimiento de una recompensa de un millón de pesos para quien aporte datos sobre su paradero.

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A las 23.15 del 23 de septiembre de 2018 Mansilla junto a su pareja y otras dos personas llegaron en un auto hasta el pasillo que se abre en Lima 2150 y en el cual se dispersan una junto a la otra un sinnúmero de casillas precarias. Para esa hora su cuñado, Brandon Pared, quien entonces tenía 16 años y está imputado por el Juzgado de Menores 2, había convencido a sus vecinos del caserío Kevin y Leonel de acercarse a la entrada del pasillo “con la excusa de tener que solucionar un entredicho” que había con el Morocho desde un par de días antes. Así las cosas, cuando los adolescentes llegaron a la vereda fueron emboscados por tres personas que les dispararon una lluvia de proyectiles con igual cantidad de armas. La brutalidad del ataque quedó al desnudo en la autopsia hecha a los jóvenes que murieron cuando eran trasladados al Hospital de Emergencias: Leonel recibió ocho disparos y Kevin fue perforado por 16 proyectiles. Sin embargo Brandon ni siquiera fue rozado por una bala de las 34 que se dispararon según pericias de la Agencia de Investigación Criminal (AIC).

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Claudio Javier Mansilla tiene 38 años y por él ofrecen 1 millón de pesos de recompensa.

Claudio Javier Mansilla tiene 38 años y por él ofrecen 1 millón de pesos de recompensa.

¿Qué tenía que arreglar Mansilla con quienes serían sus víctimas? De acuerdo a la pesquisa, dos días antes del doble crimen Morocho y su pareja habían sido atacados a balazos en cercanías del mismo pasillo de Lima al 2100 cuando le entregaban un paquete (¿de drogas?) a Brandon, quien en ese momento estaba acompañado por Kevin y Leonel. De acuerdo a la investigación, en una escucha telefónica judicializada Jésica González habla con un hermano de Hernán Ramón “Lichy” Romero, un hombre recientemente condenado a 7 años y 4 meses de prisión como líder de una asociación ilícita con asiento en la zona noroeste de la ciudad y dedicada al narcomenudeo, extorsiones, amenazas y usurpaciones de vivienda. En la conversación la mujer le dice que “la cagaron a balazos los de la banda de Abregú (el narco apodado Dulce y por quien se ofrecieron 500 mil pesos de recompensa hasta su captura en agosto de 2019) porque se comieron que ellos le querían agarrar la zona”.

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Así empiezan a cruzarse en la historia los nombres de varios pesos pesados del hampa rosarino dedicados a la comercialización de drogas y que los jueces refieren cuando dicen: “Estamos ante delitos que se consumaron en un contexto vinculado a la comercialización de sustancias prohibidas y en un marco de violencia que trae como consecuencia la vulnerabilidad de las personas, circunstancia que es aprovechada por el agresor para hacer valer su situación de superioridad frente a las víctimas desprotegidas e intimidadas”.

En ese marco, los fundamentos del fallo trazan un mapa en el cual recuerdan que el Morocho Mansilla recuperó la libertad asistida el 22 de mayo de 2018, es decir cuatro meses antes del doble crimen, por una condena unificada que cumplía desde febrero de 2015 a 17 años de prisión por tenencia de estupefacientes para comercialización y tentativa de robo con arma de fuego. En tanto su pareja, Jésica González, es media hermana de Brenda Pared, quien al momento del hecho juzgado vivía con su hermano Brandon en una casa lindera a la que ocupaban las víctimas en el pasillo de Lima al 2100 y donde cumplía prisión domiciliaria con tobillera electrónica desde que en febrero de 2018 había sido apresada por agentes de Gendarmería Nacional cuando intentó desprenderse de una pistola ametralladora FMK3, dos balanzas de precisión y algo de cocaína, hecho por el cual recibió una condena de 4 años y 6 meses de prisión. La joven y su hermano eran hijos de Sergio Alberto Pared, asesinado en 2013 por Leandro “Pollo” Vinardi, un hombre sindicado como miembro de la banda de Los Monos que por ese crimen recibió una pena de 13 años de cárcel. Y la madre de ambos, Ramona Acosta, fue condenada por la Justicia federal rosarina por comercio de estupefacientes con la intervención organizada de tres o más personas obteniendo la libertad condicional en septiembre de 2018.

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“Las vinculaciones al tráfico de estupefacientes surgen del material de intervenciones telefónicas cauteladas, pero además también surge del mismo la vinculación con Ramona Elvira «La gringa» Ávalos, quien es a su vez tía de René «Brujo» Ungaro, con quien los une no solo el tráfico ilegal de estupefacientes sino también otros hechos delictivos como ser la venta de números de ingreso para las visitas a la cárcel de Piñero y ataques armados”, dicen los jueces al armas el rompecabezas familiar que pone al Morocho Mansillal como ejecutor del doble crimen para asegurarse su zona de negocio.

“Esto llevó, luego de meses de analizar escuchas, a establecer una ruta de venta de sustancias ilegales que localizaban a Mansilla en el barrio Santa Lucía, a Jésica González en Granadero Baigorria y a la Gringa Ávalos en el barrio Tablada, llegando a abarcar todo el norte, sur y oeste de la ciudad”, agregan. En este marco hay que aclarar que Ávalos falleció en prisión por una descompensación cardíaca en abril pasado.

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Y aclaran los jueces en los fundamentos que “la detención de Mansilla no fue óbice para que éste dejara de ocuparse de su empresa delictiva, principalmente a través de Jésica Gonzalez, quien era su brazo ejecutor en las calles”. De hecho, el 20 de diciembre de 2020 Mansilla fue procesado con prisión preventiva por “tenencia de estupefacientes con fines de comercialización agravado por la intervención organizada de tres o más personas, trabándose embargo sobre sus bienes por $4.320.000. Pero además las relaciones que supo conseguir en función de su estrecho vínculo con el «Brujo» Ungaro, hizo que continuara cometiendo otros delitos aún dentro de la cárcel. Llegando incluso a encargar un homicidio por el cual él mismo financió la suma de 100 mil pesos, hecho por el cual se encuentra imputado con prisión preventiva por el plazo de ley”.

En el derrotero de los fundamentos, los jueces aclaran que “si bien es cierto que rige el principio de inocencia a su respecto, no menos cierto es que existe en dicha investigación una línea telefónica intervenida que colaboró a dilucidar la probable participación de Mansilla en dicho hecho. Pero además ahora podemos sumar la fuga que protagonizó el acusado de la penitenciaria de Piñero, lo que hace que aún al día de hoy Mansilla se encuentre rebelde y prófugo con orden de captura nacional e internacional”.

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Párrafos apartes merecen las consideraciones que hacen los jueces en sus fundamentos sobre los testigos que pusieron el nombre de Mansilla como uno de los autores del brutal doble homicidio. En ese sentido, más allá de que no hubo quien observara lo ocurrido aquella trágica noche salvo Brandon Bay, que tras la lluvia de balas ingresó al pasillo corriendo y acusando a su propio cuñado al grito de “el Morocho boleteó a los dos” y “Morocho los mató a los dos”, la pareja de una de las víctimas fatales le increpó a éste a minutos del suceso: “«Que raro que tantos disparos y a vos no te toco ni uno», en clara alusión a que estaba en connivencia con su cuñado para exterminar a las víctimas”.

Y remarcan lo ocurrido siete horas después de ese hecho en inmediaciones de Servando Bayo y Riobamba, cuando familiares y allegados a las víctimas se encontraban reunidos para ir hacia una sala velatoria a realizar los trámites de rigor para inhumarlos. Entonces Mansilla apareció en un Peugeot 206 bordó conducido por un menor de edad y el propio Brandon y atacaron a balazos al grupo que tuvo que buscar refugio en el caserío para no sufrir el mismo destino que quienes habían sido asesinados horas antes.

Sobre las declaraciones de esas personas, los jueces resaltaron que “los relatos de todos los testigos aparecen muy alejados de cualquier preordenamiento o acuerdo entre los intervinientes. Por el contrario, se puede concluir que las versiones iniciales de cada uno de ellos resultan espontáneas, libres, con coherencia y claridad a la hora de expresarse pudiendo distinguir y sindicar al autor, al tiempo y al espacio, con un estado afectivo congruente, describiendo pensamientos y sentimientos que dan cuenta de que los hechos fueron experimentados y vivenciados _por ejemplo dolor_ en un marco de contexto violento, junto a la desprotección sufrida frente a la ausencia de protección inmediata ante los injustos padecidos”.

Y también resaltan que en sus sucesivas declaraciones, los testigos son “personas que además de ser víctimas de hechos graves, viven en un inmediato ámbito territorial _el pasillo de Lima al 2100_ junto a los actores de la criminalidad violenta y sus familias, siendo sometidos _como se acredita en la especie_ a explícitos apremios verbales para alterar el testimonio y así generar impunidad a sus responsables”.

Vale recordar en este orden que muchos de esos testigos habían recibido amenazas desde el día en que Mansilla y su pareja fueron atacados a tiros hasta el momento del doble crimen porque “lo habían entregado”. Así, Leonel “estaba muy asustado”; Kevin llegó a decirle a su pareja que “tenía miedo de estar en un cajón porque con Mansilla no se podía joder, era pesado en todos lados”; una mujer sostuvo que la amenazaron con “matarle a toda la familia si no retiraba sus dichos incriminantes” y desde entonces vive bajo custodia; otra vecina no quiso presentarse sola a declarar porque “la persona acusada es un asesino peligroso y temía por la integridad física de sus allegados”; y la pareja de una de las víctimas “fue perseguida por la pareja de Mansilla para que modifique en parte su testimonio dejándole saber que tenían pleno conocimiento de lo que sucedía en la causa como así también le hizo saber de sus contactos en el interior de los penales, incluso donde estaba preso su hermano al momento del hecho”. A tal punto que cuando se presentaron en las audiencias del debate oral, una de ellas lo hizo protegida por un chaleco antibalas y otra, con la cabeza gacha, solo atinó a nombrar a Morocho “en voz baja en entre dientes”.

Finalmente, Mansilla fue condenado a 25 años de cárcel como coautor penalmente responsable de los delitos de homicidio agravado por el uso de arma de fuego y por la participación de un menor de edad (las muertes de Kevin y Leonel) en concurso ideal, en concurso real con abuso de armas en calidad de co­autor (por el ataque a familiares de las víctimas), portación ilegal de arma de fuego de guerra (en ambos hechos) y resistencia a la autoridad en carácter de autor ya que cuando fue capturado en su casa de Capitán Bermúdez y cuando era llevado en una patrulla se arrojó de la misma y luego se trenzó en una pelea con los policías en una pelea que terminó perdiendo.

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