El clásico rosarino fue un torbellino de emociones. Primero con la foto grupal de los planteles mezclados en símbolo de convivencia. Después con 90 minutos de furia que tuvieron todos los ingredientes que necesita tamaño partido para mantener la adrenalina y el estado de ebullición hasta el pitazo final. Cuatro goles de buena factura, choques picantes en los que se sacaron chispas jugadores de uno y otro bando, una tarjeta roja en el aire, muchísimo color en las tribunas, técnicos que se comieron las uñas junto a la línea de cal y, aunque lamentable, también desmanes ya en tiempo adicional, los que obligaron al árbitro Federico Beligoy a suspender el partido cuando la suerte ya estaba echada a favor del canalla. Porque con todos estos aderezos a flor de piel hay que decir que Central armó un triunfo conmovedor en el Coloso. El aguerrido equipo de Paolo Montero se impuso 3 a 1 con absoluta justicia, claridad y solvencia, ante un Newell's que jamás tuvo respuestas anímicas ni futbolísticas para enderezar un trámite que siempre le fue adverso. Así Central construyó con sacrificio e inteligencia una victoria enorme, magnífica e inolvidable en suelo ajeno. Y lo celebró con sus jugadores abrazados en la mitad de la cancha, saltando y cantando porque la fiesta se mudó a Arroyito.


































