"¡Cómo se ve que a vos te sobra la guita!". La frase argentina solía reprochar la ostentación de riqueza de quien valoraba poco, precisamente, por tener demasiado. Las ceremonias de entrega de los Oscar solían ser un alarde de la abundancia. Hoy la economía del mundo soporta uno de los más grandes golpes que haya recibido jamás y el oropel es lo primero que se cae. ¿A quién le importa quién ganará el Oscar cuando se tiene en las manos la orden de desalojo de la casa familiar por no pagar la hipoteca? Los Estados Unidos, además de estrenar un presidente que deberá trabajar como sus antepasados esclavos para salir del atolladero, se encuentra frente a una situación insólita para la cultura que tiene al consumo y a los "winners" (ganadores) como sus valores excluyentes. No hay plata, no hay trabajo y el sueño americano se vuelve amarillento como los papeles viejos. Hablar en este momento de glamour y millones de dólares suena a grave afrenta al sentido común. Y la palabra "loser" (perdedor) que tanto usó esa cultura para descalificar a los débiles, hoy define su propio presente. Como para reflexionar con otra frase criolla: "¿Dónde hay un mango, viejo Obama?".































