Berlín. — “Nadie tiene intención de levantar un muro”, aseguró el presidente de la República Democrática Alemana y jefe del Partido Socialista Unificado, Walter Ulbricht, en una rueda de prensa el 15 de junio de 1961 en Berlín Oriental que quedaría grabada para siempre en la memoria de los alemanes. Corrían los tiempos de la Guerra Fría y cada vez eran más los alemanes jóvenes y preparados que huían de la república “de los trabajadores y los campesinos” surgida en la Alemania bajo ocupación soviética buscando mejor futuro en la Alemania Federal.
Había que poner coto a la “sangría”, como la calificaba la cúpula de la Alemania comunista. En 1960 habían huido a Occidente 199.000 ciudadanos de la RDA y desde su fundación, en 1949, habían dejado el país dos millones y medio de personas.
La mayoría lo hacía a través de Berlín, dado que los 1.400 kilómetros de frontera entre ambos países ya estaban vigilados por torres y soldados desde 1952. Según datos históricos de la emisora Deutschlandfunk, en Berlín Oriental se podía, por esos días, subir a un tren de cercanías y cambiar de sistema político con un boleto de 20 peniques.
Para los observadores estaba claro que tanto la Unión Soviética como la RDA adoptarían medidas para frenar el éxodo. Ulbricht convenció a los soviéticos de la necesidad de erigir un muro en la capital alegando que si no se cerraba, no podía garantizar la existencia del país.
Poco después convocaba a una rueda de prensa internacional con el anuncio de querer regular definitivamente las relaciones interalemanas. “El gobierno soviético propone convocar ya y sin demora una conferencia de paz, cerrar un tratado de paz y sobre esta base solucionar la cuestión de Berlín Occidental como ciudad libre”, dijo Ulbricht ante unos 300 periodistas de todo el mundo.
La gran mentira. Según la propuesta soviética, la zona occidental de Berlín, controlada por estadounidenses, franceses y británicos, debería convertirse en una unidad política libre y ningún país, menos aún los alemanes, deberían inmiscuirse. Pero pronto llegaría la pregunta de una periodista de que si para ello se planeaba erigir alguna frontera en la Puerta de Brandeburgo. Y Ulbricht lo niega, pero menciona por primera vez, tal vez por un lapsus, al muro.
Menos de dos meses después, a la una de la madrugada del 13 de agosto de 1961, soldados de la RDA comenzaban a erigir un muro a lo largo de 170 kilómetros entre Berlín Oriental y Occidental y entre Berlín Occidental y el territorio de la RDA.
En aquella madrugada, las unidades armadas levantaron barricadas y desplegaron alambre de púas. Les siguieron columnas de cemento y paredes que acordonaron herméticamente el sector occidental de Berlín. Y de repente, la emblemática Puerta de Brandeburgo quedó en tierra de nadie. La operación secreta “Rose” había sido pergeñada en la más estricta confidencialidad y dejó perplejos a los berlineses. Familias y círculos de amigos quedaron separados. Y quien quisiera huir, ponía en peligro su vida.
Las imágenes de la calle Bernauer, que dieron la vuelta al mundo, dan cuenta en los primeros días del muro de la fuga de gente a través de las ventanas de sus departamentos. Saltaban hacia la acera en el sector occidental, poniendo en riesgo su vida. No todos conseguían sobrevivir a la caída.
Inexpugnable. Con el correr de los años, el gobierno socialista perfeccionó la casi inexpugnable frontera. Hasta 1989 perdieron la vida unas 136 personas en intentos de fuga únicamente en Berlín.
Más de 28 años pasaron hasta que fuera derribado el 9 de noviembre de 1989 por el valor de muchos alemanes orientales que demandaban reformas y libertad, y la implosión del comunismo en el este europeo. Poco antes de que cayese, el sucesor de Ulbricht, Erich Honecker, había afirmado que el muro seguiría allí también en cien años.