En este reportaje, periodismo, literatura y política cruzan y mixturan sus propósitos e intereses. Parece no haber una cartografía posible que, en un eventual diálogo con Fernández Díaz, pueda delimitar claramente esos universos; más bien cada pregunta es un intento vano por trazar una frontera lábil, por cierto, a través de la cual, segundos después, las reflexiones del escritor cuelan los fantasmas del campo vecino.
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El gran narrador estadounidense Dashiell Hammett, maestro del policial negro.
—La realidad a diario te ofrece cosas palmarias, pero a la vez incomprobables, ¿es liberador entonces para vos escribir ficción? ¿Es esa una motivación para escribir ficción?
—Sí, siempre me ha ocurrido así. Yo trabajaba en La Razón en la época de Jacobo Timerman, en su edición vespertina; era cronista policial, un pibe que ya había escrito dos novelas impublicables y ese era uno de los grandes momentos de mi vida: investigar y narrar. Me pregunté por qué no podíamos publicar cómo era la mafia del fútbol. “Porque no se puede probar”, me dijeron. Me fui a casa y dije: voy a escribir una novela negra contando lo que sabemos, pero como ficción, no como periodismo; en ese momento estaba enloquecido leyendo a (Raymond) Chandler, a (Dashiell) Hammett, a Ross McDonald y a tantos otros. Así nació El asesinato del wing izquierdo, que ahora está dentro del libro Alguien quiere ver muerto a Emilio Malbrán, una serie de folletines de novela negra que publicaba en La Razón y que fueron muy populares. Después hice lo mismo con los secuestros extorsivos. Investigábamos, pero bueno… la ficción me permitía contar mejor lo que iba viviendo: un montón de cosas que no podía contar con las armas del periodismo. Otra vez tuve más o menos el mismo sentimiento cuando hacíamos notas sobre la vida privada o los amores en la revista Noticias, de la cual era editor; eso era algo testimonial, muy sociológico, pero la vida privada no se podía contar con los elementos del periodismo. Entonces escribí los relatos de amor en Corazones desatados. Con la ficción llegué a contar la verdad, una paradoja bastante interesante. Así llegué a Remil, así llegué a El Puñal, toda esa “parte de atrás” de la política que había visto como periodista, que se percibe cuando caen las máscaras civilizatorias o mediáticas: había mafia, servicios de inteligencia, extorsión, toma y daca; entonces inventé esos servicios de inteligencia paralelos para poder contar esa parte.
—¿Existe un liberalismo progresista en la Argentina actual?
—Sí, creo que existe un liberalismo progresista, republicano. Un liberalismo de izquierda; político, más que económico. Veo muchos liberales de izquierda que están sueltos, son almas en pena, lectores simplemente. Creo que (Juan José) Sebreli es el gran teórico del liberalismo de izquierda que hay aquí, el que recoge toda la vieja tradición. Existe un republicanismo popular, un fenómeno muy grande, creciente, de gente que dice: “Queremos división de poderes, queremos mercado y Estado, queremos un país normal”. Que es un reflejo del viejo país bueno. Le digo país bueno al de cuando éramos chicos, en la década del 60, del 70. Pasaban dramas políticos encima de aquel país: la proscripción del peronismo, las dictaduras militares y sucesivas, pero debajo había una sociedad pujante hija de la inmigración, del esfuerzo, del mérito entendido como un elemento superador, progresista. Ese país bueno tenía tres por ciento de pobreza. Yo era de Palermo pobre y jugaba al fútbol con los chicos de la villa Dorrego. Era un país con otros códigos, que se parecen mucho a los de otros países que salieron adelante y se desarrollaron. Creo que hay una cárcel mental construida por sucesivos relatos a lo largo del tiempo que permearon en la sociedad y que hacen que no podamos no sólo regresar a ese momento, sino tomar los elementos de entonces para convertir la Argentina de hoy en un país normal, desarrollado, pujante, con acuerdos políticos centristas. Creo que la Argentina ha fracasado. Los últimos cincuenta años demuestran que la Argentina fracasó. La pregunta es siempre por qué y creo que eso está en nuestro sistema de creencias…
—Tus artículos políticos en La Nación siempre auspician una revisión de la historia de los 70 en la Argentina. Hubo reflexiones autocríticas de algunos intelectuales sobre el comportamiento de la izquierda en la Argentina, pero aisladas. Pienso en Pablo Giussani o en Héctor Ricardo Leis, por ejemplo, lobos solitarios… Esas reflexiones no fueron nunca acompañadas por el conjunto de la izquierda democrática, ¿por qué te parece que fue así?
—Tanto el marxismo-leninismo como el viejo tronco comunista, o las izquierdas nacionalistas, han vivido de sus relatos y aquí hay algo fundamental: Perón es el gran escritor de conciencia del siglo XX. Es el tipo que empieza a escribir la conciencia y a crear, junto con el peronismo en sus distintas etapas, el reglamento de la política. Y a establecer una serie de ideas que luego son tomadas por el nacionalismo radical de Forja, principalmente por (Raúl) Scalabrini Ortiz y (Arturo) Jauretche, que crea un argumentario que se usa todavía. Esas ideas son a la vez tomadas por una serie de marxistas escritores como (John William) Cooke, pasando por (Juan José) Hernández Arregui y (Rodolfo) Puiggrós, que reescriben y reinventan a Perón. A tal punto que un día (Mario) Firmenich (líder de Montoneros), cuando Perón vuelve a la Argentina, dice: “Este no es el Perón que nosotros inventamos”. Una frase memorable. Efectivamente, inventaron un Perón, una Evita, un montón de cosas. El primer escritor fue Perón. Después hubo una relectura de esos segundos escritores citados, muy interesantes, talentosos, que venían del marxismo. Y una tercera ola, posdictadura, también proveniente de diversas izquierdas, que siguió reescribiendo la historia. Quiero decir: la colonización mental de todo este relato permeó fuera del peronismo, atravesó al progresismo, a los socialistas, incluso a gente de centroderecha.
—¿Entonces explicás ese no acompañamiento de esa manera?
—De los 70 ni se pudo hablar durante muchos años. Cuando era joven veía a la generación del 70 como los hermanos mayores que habían dado la vida por sus ideales. Les di una oportunidad de ser gendarmes ideológicos míos, de lo cual me arrepiento. Posteriormente no se pudo hablar de las barbaridades que habían hecho en los 70: barbaridades políticas, morales, de todo tipo. Equivocaciones garrafales, la gran “juventud maravillosa” hizo barbaridades, construyó espejismos obvios. Pero no se podía hablar de eso porque era “la teoría de los dos demonios”, con la que le tiraban por la cabeza a Giussani, ¿no? “Vos estás culpando a las víctimas y justificando a los victimarios”, te decían. Bueno, tuvo que pasar mucho tiempo, los llamados genocidas tuvieron que ser procesados y condenados para que hubiera un juicio histórico, que para mí es fundamental, sobre lo que sucedió en los 70. Porque no se trata de un problema de historiadores. Los 70 son un insumo rescatado por el kirchnerismo, mixturado en su discurso y utilizado en el presente. Los kirchneristas se consideran neosetentistas. Muchos de ellos dicen textualmente que están contra las armas, pero que son herederos de aquellos ideales. Siempre digo que aquellos ideales son el problema, porque esos ideales eran totalitarios y son los que requirieron las armas. No es que las armas requirieron los ideales, todo lo contrario. Reivindicar esos ideales hoy implica que tengamos que discutir los 70.
—Tu novela La traición reinstala ese debate…
— Esta novela que acabo de escribir discute los 70, discute a las vacas sagradas del setentismo. A los progresistas que aparecen en La traición los conozco perfectamente: personas que eran tratadas como héroes y te trataban como si fueran héroes, cuando no lo habían sido y además tenían cuitas en el pasado. Tengo amigos míos del Frepaso a los cuales la corrupción antes les parecía algo gravísimo y hoy te dicen que eso es “un problema de señoras gordas de Recoleta”. Para mí eso dejó de ser progresismo. Si el progresismo se pliega a la idea de “robamos, pero recaudamos para la Revolución”, es un retroceso monumental. Entonces me parece que discutir hoy los 70 no es una cuestión bibliográfica o historiográfica, sino eminentemente cultural y política, del presente.
—¿El análisis y la crítica política están a la altura de las circunstancias en la Argentina? ¿Falta más volumen?
—Siempre falta más volumen. Hay muy buenos columnistas políticos en la Argentina. Cuando me tocó, hace ocho años, escribir el artículo dominical de La Nación, sabía que iba ir al lado del de Joaquín Morales Solá y que él era el panoramista político; por lo tanto, lo mío tenía que ser diferente, más vinculado con la cultura política. Eso me obligó a leer todo de nuevo, a estudiar a los pensadores nacionales, releer los 70, sociólogos, politólogos e historia política de los siglos XX y XIX; a revisar cómo se habían creado todas estas certezas. Me cuesta muchísimo escribir la columna de los domingos, no te imaginás, es una cruz… Trato de responder al presente con cultura e historia. Eso para mí vale la pena, pero para eso tuve que llegar a la idea de que yo era un escritor político, algo distinto. Pienso esos artículos como piezas literarias, en tanto el articulismo toca al ensayismo y el ensayismo forma parte de la literatura. Tuve que hacer una reconversión para irme un poco del periodismo tradicional. Mi entrada en la Academia de Letras fue con un texto largo, El articulismo como una de las bellas artes, y es la historia de cómo el articulismo comienza en el ensayo, en (Michel de) Montaigne, y se proyecta en una larga tradición. El articulista es en el fondo un escritor ensayístico. Me propongo continuar esa larga tradición. Javier Marías, Arturo Pérez Reverte, Manuel Vicent: son escritores que intervienen en el mundo periodístico y sus piezas publicadas allí luego van a parar a sus libros y son parte de sus obras.
—Algunas de tus columnas de los domingos reflejan quizá no tanto un pesimismo sobre el futuro de los asuntos públicos, pero sí un hartazgo. ¿Estás harto de la Argentina?
—He descubierto que quiero mucho a la Argentina, ¿sabés? Me duele terriblemente la Argentina. Estoy harto de que nos equivoquemos siempre en el camino y no podamos salir adelante. Siento que hubo muchas lecturas e interpretaciones interesadas sobre Casa tomada (N de la R: el histórico cuento de Julio Cortázar en el que dos hermanos terminan abandonando su casa familiar, atemorizados por la percepción de una invasión sobrenatural). La primera lectura es del propio Borges, cuando publica ese cuento (N de la R: en la revista que él mismo dirigía, Los anales de Buenos Aires) como una gran metáfora de cómo el peronismo se va apoderando de todo; luego el propio Cortázar trataría de relativizarlo porque además quería congraciarse con la izquierda. Cortázar era un poco infantil políticamente. Hay también otras interpretaciones furibundas. Yo pienso más bien que el peronismo es un packman: quiere todo y quiere someter, por eso el argumentario de Jauretche: aquí está la patria, aquí está el pueblo y los demás son el antipueblo, los cipayos; formas de descalificación del otro, propias de algo que quiere ser un movimiento hegemónico. El peronismo nació para ser un movimiento hegemónico y por lo tanto debe someter al resto en una democracia de sparring. Y el sparring nunca puede ganar, ¿no? Hay un simulacro de democracia. Todavía estamos luchando para que sea una democracia verdadera, con alternancias verdaderas. Verdadera quiere decir con acuerdos, con políticas de Estado. Entonces creo que el peronismo es ese packman que entra en tu casa y te va tomando habitación por habitación. El asunto es que yo no estoy de acuerdo con el final de Casa tomada, porque esos dos hermanos del cuento deciden entregar la casa a las fuerzas invasoras, se van y arrojan las llaves a la alcantarilla… Yo he decidido hace unos años no irme nunca de esa casa, no entregar las llaves. Aunque me vaya a vivir a otro país, mi territorio es esa casa. Me siento español en muchos sentidos también, tengo familia en España, escribo en España, mis libros se publican allí y tengo muchísimos amigos, pero la “casa tomada” está acá.
—En un pasaje de tu libro hablás del catch de la política argentina. Es decir, parece en joda, pero en un momento un luchador de mentira le quiebra el espinazo a otro, y decís: “Entonces todos tomamos conciencia de que la farsa histórica ha vuelto a su estado original: la tragedia”.
—Esta novela trata de captar un estado de enajenación en el que un grupo de personas decide que ellos son los continuadores de la juventud maravillosa de los 70; luego deciden que el gobierno constitucional anterior a éste actual, por el sólo hecho de no ser peronista, es una continuación de la dictadura, la dictadura neoliberal, y que por lo tanto hay que luchar contra ella, desgastarla, tirarle catorce toneladas de piedra ¿Y los casos de corrupción? No son una persecución del Código Penal, sino una persecución selectiva y vengativa al estilo de la Revolución Libertadora, cosa que dijo el propio Papa Francisco a algunos allegados en el Vaticano. Entonces te das cuenta de la gravedad del asunto. Entonces lo único que queda hacer para esta gente es una resistencia peronista. Esta enajenación, porque nada de esto era cierto, es como un juego de play station: matás y te tomás una cerveza porque no pasó nada, pero sí que pasó y es grave para la democracia. Esta enajenación a mí me interesó muchísimo y me llevó a pensar: ¿y si uno de estos tipos se toma en serio esta alucinación política?
—¿Por qué pensás que en la Argentina no puede haber un acuerdo político nacional que establezca metas a largo plazo?
—Porque hay dos Argentinas. Hay una que, a grandes rasgos, es cosmopolita, exportadora, que quiere salir al mundo y cree en la generación de riqueza y en el mercado, y hay otra que cree que hay que vivir con lo nuestro y en el Estado. Yo creo que esas dos Argentinas podrían convivir y sería ideal que de vez en cuando se alternaran, y que hubiera un poco de mercado y un poco de Estado, un poco de generación de riqueza y un poco de reparto… Pero este es un baile que se baila de a dos y nunca se pudo porque una de las partes cree en otro tipo de democracia. España suscribió esos Pactos de la Moncloa porque se pusieron de acuerdo en qué tipo de democracia se quería, una democracia representativa, con división de poderes, con alternancia. Aquí hay gente que cree en una democracia y otra, en otra diferente. Aquí hay gente que cree que Gildo Insfrán (gobernador de Formosa) es un gobernante modelo, alguien a quien no hay forma de ganarle porque tiene amañados a los jueces, al sistema electoral; es una democracia hegemónica. Hubo un momento en que pensé que sí se podía, con Alfonsín y Cafiero. Una especie de acuerdo así sería fundamental en la emergencia en la que estamos. Te pregunto: ¿es posible lograr un plan de desarrollo económico en la Argentina con un acuerdo político, mientras una de las facciones está colonizando la Justicia? ¿Es posible salir de la emergencia económica con inseguridad jurídica?
—Vuelvo a tu literatura, ¿seguirá trabajando Remil?
—No lo sé, nunca sé bien. Esto no es una trilogía, fue libro a libro. A veces me siento, leo los diarios y digo: “Esto es para Remil”. Se me arma una parva enorme y cada tanto me agarra la loca y la tiro a la basura. Pero sabés qué pasa: que la realidad trabaja para Remil. Yo hago esta serie a contrapelo de una sentencia que Borges hizo en el 30: que era imposible que la sociedad argentina estimara a un detective abnegado, a un comisario bueno, porque tendía a ver a la policía como una mafia. Después Carlos Gamerro, un gran crítico, escribió un decálogo de por qué no podían funcionar los policiales en la Argentina, y más o menos era por la misma razón. Sucede que yo encontré a un criminal de Estado que tiene una particularidad: por alguna razón, siempre emocional y literaria, el lector toma un poco su punto de vista, al lector le cae simpático. Pero esta novela no es una de buenos y malos, es de malos y peores.
—¿Te tentaron alguna vez desde la política? ¿Aceptarías meterte?
—No, no aceptaría nada. Soy un escritor en el sentido profundo del término, por lo menos en relación a la política. Nuestra función es agitar el debate político, tratar de aportarle cierta lucidez, la política es otra cosa.