Por tradición se ha sostenido que el arte es imitación de la naturaleza por obra del hombre. Pero, ¿para qué imitarla?, ¿no es acaso el hombre, en la evolución de su especie, también naturaleza? Y anticipemos que el mundo contemporáneo ha reaccionado contra tal concepción. Habiendo sido así, ¿en qué se fundamentó entonces la reacción?
Tradicionales asimismo han sido, las distinciones en cuanto a naturaleza: ya de antiguo los sofistas diferenciaron entre lo que tiene un modo de ser que le es propio, de aquello determinado por un propósito humano; entonces, es que se medita sobre si la noción supone tener algo propio “de sí y por sí”.
Aristóteles aportó en sus obras varios sentidos al término: como la generación de lo que crece, el elemento del que está hecho, lo dice en su “Metafísica”; como la esencia de los seres que poseen en sí mismos el principio de su movimiento, lo que permite llamar así, al cambio y al crecimiento también, en cuanto procedan de tal principio; es decir: “un principio y una causa de movimiento y reposo para la cosa en la que reside, por sí y no por accidente”, lo define en su Física.
Al comienzo de la Edad Media, Juan Escoto Erígena sostuvo que es Dios la naturaleza creadora e increada y que de Él procede la naturaleza creadora y creada… y que un último elemento de la serie así generada es nuevamente Dios, ahora como punto final de un desenvolvimiento del cual fuera principio, y que se cumple por la aspiración de todo ser a identificarse de nuevo con la naturaleza divina.
Más tarde, en la teología de Agustín de Hipona, se razona que, en cuanto creada por Dios la naturaleza es buena. Que lo malo en ella ha surgido como consecuencia del pecado, interpretado metafísicamente como un “movimiento de alejamiento de la fuente creadora”. Y que es con el fin de redimir tal naturaleza corrompida, la necesidad de la gracia. Ésta pues, no es que elimine la naturaleza sino que la perfecciona.
Pero también podemos, en vez de buscar refugio en tan remotas metafísicas, retornando a nuestro mundo físico, nosotros, ¡que tan bien lo conocemos por haberlo depredado con nuestros intereses y tecnologías! Y plantear nuestro interrogante a la inversa: ¿qué no es lo natural?, y reiterar la diferencia: lo hecho por el hombre.
De quien resultara tal devastación material pero también, un movimiento cultural; como el que se produjo en los últimos años del siglo último en Europa, en reacción a la consideración de la historia del arte como mero registro del perfeccionamiento de los procedimientos de imitación, cuando se tomaba como modelo la cultura grecolatina y el Renacimiento. Ello, mediante la creación por el hombre de una realidad superior, prosiguiendo la obra de Dios pero sin tomarla demasiado en serio, como proclamaron con cierta ironía los movimientos dadaísta y surrealista de la época.
Con una nueva concepción del arte: porque si somos evolutivamente capaces de pensar en algo, decirlo y también escribirlo, si lo hacemos con estilo resultará: una literatura como arte y una obra de arte con valor en sí.
Reacción pues contra un arte como mera imitación de la naturaleza… a tal punto que en 1916 en Europa se llegara a declarar su muerte. En el cabaret Voltaire se proclamó el “final del arte y la poesía”. Es claro que lo fue en un contexto muy particular (la guerra mundial) y que debamos interpretar esto no como muerte sino como reconstitución, que reconciliara libertades conquistadas en las artes con exigencias de su expresión literaria; por la necesidad de “comunicabilidad” del lenguaje poético, en un intento por reintegrarlo a la tradición aunque no ya, subordinado a ella.
Y no es que se pretenda que todos hablemos con el afectado estilo literario de las cortes europeas del s. XVIII, pero sí que nos desprendamos de este vulgar “prosaísmo” que hoy ostenta sin pudor nuestra vida privada; y aún la pública.
Pero entonces, si el arte ha dejado de ser imitación (en las artes plásticas) y no se lo emplea con corrección (en las literarias) ¿en qué valor se sostiene por sí mismo, al no ser tampoco mera reiteración de lo natural?
Pero antes de responder, retomemos aquellas distinciones de lo que la naturaleza no-es, donde faltó su confrontación con la cultura social en un mundo moderno sin dejar de tomar debida cuenta de la colonización por el hombre del planeta hasta casi agotar sus recursos.
Y atendamos a esa otra dimensión superior de la cultura, la espiritual, “emanada por sublimación” de la actividad del hombre en, tanto que hubiere superado su instinto animal y resultado de ello un espíritu libre, reflejado en su cultura social.
Y si viniera a herirnos el recuerdo de su actividad destructiva no obstante su necesidad de expresarse, completemos: no sólo que el agotamiento de su medio natural, también la incomunicación por deformación de su medio de expresión. Porque si es que cabe concebir un alma en sentido aristotélico en los seres naturales vivos, será recién el arte el que la provea de su forma.
Contestando así el interrogante del presente texto: fundamento de la reacción contemporánea frente a los dogmas lo ha sido el valor de la libertad reconocida al hombre de creación, de un mundo de obras (las del arte), donde una sensibilidad superior pueda manifestarse, reconocerse y cultivarse.
En resumen, ni el buen arte se limita a imitar la naturaleza ni es sólo ésta lo sustancial en sí y por sí, como diría Aristóteles; pero al margen de esa antigua metafísica, debe hoy garantizarse la libertad creativa del hombre como fundamento de un arte auténtico. ¿Qué lugar le cabe entonces al arte en la realidad actual?
Objetivamente, en la cultura social; y subjetivamente, en esa necesidad de libertad creativa mencionada. Así, en el caso de la obra literaria poeta no será, el que sólo ame la naturaleza sino quien, provisto de las palabras que la nombran y que él sepa expresar, logre transmitir lo que le hicieron sentir: un poema terminado.
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