La mejor manera de asociar un actor preferido es a una película inolvidable. Aunque sea buena o mala, o que haya quedado o no en la historia del cine, no importa. Lo que deja una huella en el rígido afectivo de cada uno es que por alguna cuestión azaroza o no tanto, ese registro quedó clavado en la memoria. "Espartaco" se estrenó en 1960, cuando yo no había nacido, pero tengo presente un diálogo familiar, de mucho tiempo después. Fue cuando mi viejo fue al cine a verla con mi mamá, y me acuerdo que con mi hermana nos quedamos en casa, junto a mis abuelos y mi tía Mary, en la vieja y querida casa de calle Iriondo. Los dos estábamos con bronca porque no podíamos ir al cine, debido a que la película era prohibida para menores. "No pueden venir, cuando se estrene «Espartaquito» los voy a llevar", nos dijo mi viejo en otra de sus típicas ocurrencias. Cuando fui adolescente vi "Espartaco" y me encandiló la actuación de Kirk Douglas. Ese tipo con el pocito en el mentón hacía un personaje soñado. Era capaz de resistir las peores humillaciones con tal de defender a sus compañeros esclavos, o matar en un duelo a su amigo Antonino (Tony Curtis) para que no sufriera una muerte más dolorosa. Pero hubo una escena basada en la solidaridad, palabra que no conocía en toda su dimensión cuando era pibe, que me sacude todavía. Fue cuando Craso (Laurence Olivier) convoca a todos los esclavos y les dice que no serán crucificados si entregan a Espartaco a las legiones romanas. Uno se paró y dijo "yo soy Espartaco", y al lado se levantó otro, y otro, y otro más, y todos dijeron lo mismo, incluso el mismo Espartaco, con un Kirk Douglas quebrado ante la lealtad de sus compañeros. Todavía, con mi hermana, esperamos el estreno de "Espartaquito", que quizá nunca exista. Pero el "Espartaco" de Kirk Douglas está ahí, omnipresente, y está más vivo que nunca.
































