Javier Milei se mueve como un presidente en expansión. Torea a Lula en su propia casa, abraza a Flávio Bolsonaro, posa con la derecha regional, endurece el discurso contra los extranjeros y anuncia por cadena nacional una reforma del Banco Central. Sin embargo, detrás de esas ofensivas aparece un gobierno cada vez más concentrado en conservar: blindar el equilibrio fiscal, disciplinar la interna y reactivar a Cristina como adversaria. Justo cuando el núcleo duro empieza a resentirse.
El respaldo al hijo de Jair Bolsonaro y el ataque a Lula no fueron sólo fruto del arrebato emocional y la convicción ideológica. Hubo también cálculo. Intervenir en una campaña electoral y embestir contra el presidente del principal socio comercial rompen los códigos tradicionales de la diplomacia, pero Milei apuesta a que los costos económicos serán nulos o muy acotados.
El viaje a Perú para la asunción de Keiko Fujimori es parte de la misma estrategia. Milei intenta ocupar el lugar de conductor de la nueva derecha regional, unida por el antiprogresismo y el alineamiento con Estados Unidos. Tiene marca propia, gobierna uno de los principales países del continente y mantiene un vínculo privilegiado con Donald Trump.
Pero una cosa es ser referencia ideológica y otra conducir un bloque. Eso exige coordinar intereses y ofrecer resultados imitables. Ahí aparece el límite: Milei todavía carece de un modelo exitoso para exportar. La gestión libertaria ordenó las cuentas y bajó la inflación, pero no pasó a una fase de crecimiento y mejora de los ingresos. Hasta acá, Milei ha sido un influencer de la libertad, no el arquitecto de un nuevo orden regional.
La llegada de Kristalina Georgieva introdujo el principio de realidad. Del Milei que desafía a Lula al que recibe a la jefa del organismo al que la Argentina le debe 57 mil millones de dólares. La titular del FMI respaldó el orden fiscal, pero también vino a observar a su principal deudor y advirtió sobre la sustentabilidad económica, política y social del modelo. No porque el Fondo se haya vuelto sensible. Como cualquier acreedor, quiere cobrar.
Vaca Muerta adquiere entonces otro sentido. Para el gobierno, es un motor de la nueva economía y la posibilidad de superar la restricción externa. Para el Fondo es una fuente futura de repago. Donde Milei ve una canilla de dólares para no llegar con la lengua afuera a 2027, el FMI ve una garantía económica.
La reforma del Banco Central mostró el terreno en el que el gobierno se siente más fuerte. Milei instaló el equilibrio fiscal en el sentido común. La discusión ya no es si el déficit importa sino cómo se alcanza el equilibrio y quiénes pagan los costos.
El proyecto busca convertir en una regla institucional la victoria cultural sobre un peronismo señalado por el descontrol económico durante el Frente de Todos y que todavía no actualizó su programa. Con el cepo a la emisión y al financiamiento al Tesoro, Milei no sólo quiere modificar las normas de la institución que alguna vez prometió dinamitar: pretende que su programa lo sobreviva. Convertir su plan en herencia.
Los libertarios también miran a Perú. Allí los presidentes caen como moscas, pero Julio Velarde lleva veinte años al frente del Banco Central. Es el guardián de un modelo que combina orden macroeconómico con 70 por ciento de informalidad laboral.
Dejando de lado si la vía peruana es el mejor camino para una economía mucho más diversificada como la de Argentina, el tema es que la estabilidad no se decreta por ley. Requieren muchos años de acuerdos transversales que pasen la prueba ácida de la alternancia.
El Congreso será el primer test. Allí se medirá la distancia entre el consenso social sobre el orden fiscal y el consenso político sobre las herramientas. La pregunta es si Milei busca un acuerdo duradero o solamente aislar su programa de los cambios políticos.
El DNU para expulsar extranjeros pertenece a otro registro, pero responde a la necesidad de retomar la iniciativa y conectarse con la exaltación nacionalista que dejó el Mundial. La Constitución reserva estos decretos para circunstancias excepcionales en las que no puede seguirse el trámite legislativo normal. ¿Cuál es la urgencia, aparte de salir del offside por las polémicas alrededor de Malvinas?
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También está el contenido. ¿Dónde termina la libertad de expresión y empieza el agravio sancionable? ¿Quién decide cuándo una crítica se convierte en una expresión de odio contra la Argentina? A la vaguedad se suman las dudas sobre el debido proceso. La medida parece diseñada para producir una señal, no para resolver un problema, y juega al filo de una Constitución que reconoce a los extranjeros los derechos civiles.
El presidente que imagina el mundo como un gran mercado apeló a un nacionalismo punitivo. Un bolsonarismo de emergencia que alterna enemigos. Cuando se debilita el vínculo material con una parte de su base, Milei intenta reforzar el vínculo identitario.
Cristina y el espejo de Lula
En ese escenario reapareció Cristina. Su intento de internacionalizar la condena y presentarla como persecución política busca replicar el camino de Lula. El líder del PT está presente en ambos hemisferios de la grieta: es el adversario regional elegido por Milei y el precedente del que Cristina intenta apropiarse.
Pero las diferencias son importantes. Cuando denunciaba la investigación del juez Moro en el Lava Jato, Lula todavía esperaba un fallo del Supremo Tribunal Federal y conservaba la posibilidad de encabezar una mayoría futura. En la Argentina, la Corte ya dejó firme la condena de la causa Vialidad. Y Cristina ya tuvo su vuelta. Fue la arquitecta del Frente de Todos, que terminó con una secuela todavía más profunda que una derrota electoral: en el imaginario colectivo, el peronismo quedó asociado a crisis e inestabilidad.
Con pocas perspectivas judiciales, la jugada le sirve políticamente. Mantiene viva la hipótesis de su candidatura, moviliza a su base e impide que el peronismo dé por cerrado su liderazgo. También condiciona a Axel Kicillof: lo obliga a pronunciarse contra la proscripción y le impide organizar la sucesión. Si la inhabilitación se mantiene, el gobernador corre el riesgo de ser candidato por descarte.
Con la bandera anticasta deteriorada por los escándalos propios y la incorporación de figuras de la vieja política, el gobierno se abraza al contraste con el pasado kirchnerista. Cristina necesita a Milei para denunciar una persecución y congelar la sucesión peronista. Milei necesita a Cristina para presentar el presente como la única alternativa al pasado. No hay necesariamente una alianza, pero sí intereses complementarios.
Villarruel y el fantasma de Cobos
La figura que sí incomoda a la Casa Rosada es otra vicepresidenta, pero la que está en el cargo. Si Cristina es la adversaria que el oficialismo quiere reactivar, Victoria Villarruel es la competidora que necesita neutralizar. La titular del Senado cruzó una línea roja: puso bajo sospecha las condiciones de liderazgo de Milei y habilitó la idea de una derecha dura no subordinada al mileísmo.
La apurada de Diego Santilli para que dé un paso al costado revela el nerviosismo en el poder. Villarruel, criada en una familia militar y encargada de aportar nacionalismo conservador a la fórmula de 2023, mostró que tenía un proyecto propio.
Los Milei querían que fuera Gabriela Michetti; ahora la empujan para que sea Chacho Álvarez y podrían convertirla en Julio Cobos. En la Casa Rosada deben estar rezando para que no desempate la votación del proyecto que flexibiliza la compra y venta de tierras por extranjeros.
El problema de fondo aparece cuando se ausculta la confianza. Según la Universidad Torcuato Di Tella, la confianza en la gestión cayó un 21 por ciento interanual y está por debajo de la que tenía Mauricio Macri a esta altura del mandato. El descenso fue fuerte entre hombres, jóvenes y habitantes del interior. Son fisuras en el corazón de la coalición social mileísta.
Los escándalos pueden irritar, pero el problema central es la economía. La batalla cultural puede explicar el ajuste, identificar responsables (reales o imaginarios) y ordenar a los propios. Pero no puede reemplazar indefinidamente la promesa de prosperidad.
Milei conserva centralidad, iniciativa y capacidad para imponer temas. Pero ya no alcanza con demostrar que el viejo orden fracasó. La sociedad empieza a sentir la distancia entre los costos soportados y el futuro anunciado. La revolución libertaria empieza a comportarse como un dispositivo que quiere asegurar su supervivencia: convertir su modelo en un rumbo inmodificable, a Cristina en una enemiga permanente y a la derecha en un segmento de mercado sin competidores.