El gobierno podría apuntarse con un eslogan que se llame “el cambio continúa”. Pasado el mal trago del Mundial, está tratando de mostrar que sus bríos refundacionales no se han debilitado, que puede seguir generando expectativas respecto a que la Argentina pos-Milei ya no será la misma, y que “esta vez es distinto”.
El caso Manuel Adorni lo durmió: la promesa de mandar diez proyectos de ley por mes al Congreso apenas rondó la veintena en cinco meses, y solo logró aprobar cinco antes del receso invernal. Eso explica la cadena nacional del jueves tocando un tema de campaña: cerrar el Banco Central. No lo va a clausurar, pero sí lo quiere limitar. La relevancia de la cuestión es obvia, pero no será un tema de conversación ciudadana.
Por un lado, es demasiado técnico. Por el otro, la angustia cotidiana no da lugar para ocuparse de eso. Para que el proyecto cobre algo de volumen popular incorporó el "shutdown" en modalidad criolla, no como el americano que paraliza el funcionamiento del Estado en caso de que no se apruebe el presupuesto. En el proyecto libertario se congelará el gasto, las transferencias a las provincias y no se pagarán los sueldos de los funcionarios si hay déficit (EEUU vive en déficit permanente y creciente).
También la semana pasada el gobierno recurrió a una medida taquillera aprovechando la supuesta campaña antiargentina tras la final, a través de un DNU. Más allá de que traerá cola judicial, es un golpe de efecto para marcar que tiene sensibilidad nacional, que no es solo una administración que mira a las inversiones foráneas o que genera ruidos incrementando la posibilidad de venta de tierras a extranjeros.
Este guiño a la tribuna se da también en un contexto de opinión pública complejo. El último registro del Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) de la Universidad Di Tella, el cual marca una nueva baja, después de una recuperación en junio. Poselección, en ocho mediciones el ICG descendió en siete, y se encuentra en su nivel promedio más bajo de la era Milei.
Perdió 21 % de su capital poselección. Un dato que debería preocupar especialmente al oficialismo es el profundo deterioro en los menores de 30 años: ahí hubo en julio un descenso del 23 %. Por otro lado, el ítem “eficiencia” tuvo una desmejora del 15 %, quizá como señal de que ya no se lo ve teniendo resultados relevantes para la sociedad.
¿Qué espera la mayoría?
Aquí viene la pregunta relevante: ¿qué tipo de cambio está esperando la mayoría de la sociedad? Está expectante sobre el empleo, la actividad económica y el poder adquisitivo. Las sensaciones predominantes son de angustia, tristeza e incertidumbre. En ese marco, las reformas estructurales (Rigi II, Banco Central, propiedad privada, electoral, etc.) no tienen incidencia en la percepción de los mortales comunes.
De modo que, así como se habla de una economía en dos velocidades, también hay una política en dos andariveles: la del gobierno impulsando agenda de cambio permanente y la oposición peleándose, por un lado, y la de la opinión pública insatisfecha en su día a día, por el otro.
Pocas ideas
El gobierno no tiene muchas propuestas para dicho cotidiano. Solo aparecen ideas con cuentagotas: la refinanciación de los morosos en el Banco Nación, la inocencia fiscal recargada para que los dólares salgan del colchón o la intención de movilizar el Fondo de la Ansés para reactivar la construcción. Todas dosis homeopáticas frente a una gangrena.
Por eso, la Presidencia no puede dormirse en los laureles agitando los éxitos en materia inflacionaria y dólar (reconocidos por la mayoría) porque las expectativas de la gente se van modificando en la medida que ciertos logros se consolidan. También debería advertir que, una vez que una tendencia de malestar se afinca, cada vez es más difícil de revertir.
Al descreer los libertarios en todo tipo de herramienta que alimente la demanda agregada (anabólicos para el consumo) los beneficios del nuevo régimen se podrían ver solo en el mediano o largo plazo. Pero claro, los tiempos de la política y la sociedad son distintos, mucho más en una era cortoplacista del “lo quiero ya”. Mala época para las políticas de corto plazo.
El gobierno cuenta con tres grandes aliados para ser reelegido el año próximo: 1) la falta de proyectos alternativos, 2) una sociedad desganada, que por ahora no tiene suficiente energía para transitar un nuevo cambio, y 3) una jefatura opositora que ha decidido que no surjan otros liderazgos, aun a costa de perder la elección presidencial.