
Por Jorge Levit
La placa que usaban los miembros de la Gestapo.
El estudio de uno de los fenómenos políticos más complejos del siglo pasado, el surgimiento, ascenso y caída del nacionalsocialismo alemán, no está aún agotado y con frecuencia aparecen documentos históricos o distintas interpretaciones que abonan nuevas teorías que intentan explicar cómo fue posible tamaña creación abominable.
Cuando con frecuencia se toman nombres, frases o instituciones de ese período para traerlas a la actualidad y trazar comparaciones se producen situaciones que, cuanto menos, carecen de rigurosidad y quienes las utilizan se sumergen en un fango difícil de transitar desde lo histórico y político.
Eso fue lo que le ocurrió al ex ministro de Trabajo de la provincia de Buenos Aires Marcelo Villegas, cuando en una reunión de hace varios años con empresarios de la construcción y otros funcionarios dijo lo siguiente: “Si yo pudiera tener -y esto te lo voy a desmentir en cualquier parte- una Gestapo, una fuerza de embestida para terminar con todos los gremios, lo haría”.
Ese pensamiento fue posible conocerlo a través de una filmación que grabó la Agencia Federal de Inteligencia, no se sabe si por su vocación natural de espiar y hacer inteligencia interna u otra razón difícil de entender porque en ese momento el organismo estaba conducido por el mismo partido político de Villegas. Es decir, hubo “fuego amigo”.
Sin embargo Villegas, que ya pidió disculpas, seguramente conoce poco de lo que con precisión fue el accionar de la Gestapo, un acrónimo de “Geheime Staatspolizei” (Policía Secreta del Estado), con la que el régimen nazi persiguió a opositores, los encarceló para torturarlos hasta la muerte y cometió miles de ejecuciones hasta los últimos días previos a su caída. Cuando la Gestapo detenía a una persona por cualquier motivo los derechos y garantías civiles del arrestado quedaban anulados (ya cercenados de hecho por la dictadura) y la Gestapo podía decidir su destino de vida o muerte.
Además, oficiales de la Gestapo fueron líderes, en muchos casos, de los famosos batallones fusiladores, los Einsatzgruppen, que eran grupos móviles especiales de matanza que masacraron a decenas de miles de personas tras el avance del Ejército alemán sobre la entonces Unión Soviética. Esa historia de los fusiladores está magníficamente retratada en “Los verdugos voluntarios de Hitler”, por el académico norteamericano Daniel Goldhagen.
Es poco probable que el ex ministro Villegas haya querido propiciar a los sindicalistas el mismo tratamiento que empleaba la Gestapo con los opositores al régimen y otros que consideraba indeseables. Pero haber desenterrado a la Gestapo para aludir a una fuerza de choque similar con la que “embestir” a sindicalistas, por más corruptos o apretadores que fuesen (se trataba en la reunión el caso del "Pata" Medina, de la Uocra), es propio de un discurso conceptualmente peligroso y que recuerda a épocas trágicas de la Argentina.
Cuando en mayo de 1945 Alemania se rindió a los aliados, la Gestapo fue disuelta y muchos de sus archivos quedaron intactos. Fue así que el escritor alemán y opositor al régimen Hans Fallada pudo recrear la historia de una pareja de obreros que durante mucho tiempo escaparon a las garras de la Gestapo, que los perseguía por su tarea de resistencia al régimen. En una excelente novela histórica, “Alone in Berlin”, aparecida en 1947 en alemán y luego traducida a varios idiomas, el escritor describe cómo Otto y Elise Hampel habían implementado entre 1940 y 1943 una particular forma de difundir su repudio al nazismo: escribían mensajes pacifistas y de condena al gobierno en tarjetas postales que dejaban en lugares públicos en forma anónima. Así, aparecían en escaleras de edificios del gobierno, en parques, plazas o cualquier otro lugar de gran concentración de personas. Finalmente fueron descubiertos y ejecutados en la guillotina en abril de 1943.
Villegas probablemente ignoraba esta historia de la Gestapo el día que la mencionó como herramienta para terminar con los gremios del país que lo molestaban y a los que desprecia.
Pero no fue el único caso en los últimos años donde se trata superficialmente la cuestión del nazismo. Le sucedió también a la ex presidenta Cristina Kirchner cuando, en funciones, recibió en la Casa de Gobierno a ejecutivos de la automotriz Mercedes Benz, que no venían a hablar de un pasado vergonzante sino de un futuro prometedor con nuevas inversiones en su planta en la provincia de Buenos Aires, que alguna vez le dio trabajo al criminal de guerra Adolf Eichmann con un nombre falso.
Cristina, en dos párrafos, le “explicó” al grupo de alemanes que la visitaba el porqué del surgimiento del nacionalsocialismo en la década del 30 del siglo pasado. El estudio y análisis de miles de historiadores a lo largo del planeta durante los últimos casi 75 años había quedado reducido a un simple razonamiento tan elemental como carente de rigurosidad.
Estos casos pueden tomarse como una distorsión de la verdad histórica, pero hay otros personajes en el país que adscriben con vehemencia a esa política criminal que encarnó el nacionalsocialismo. A veces se camuflan detrás de la fachada de un partido político que consigue reconocimiento judicial, otras tantas vomitan barbaridades en medios de comunicación hasta que con lógico criterio son removidos para que no continúen infectando a la población con la peor de las calamidades.
Uno de los puntos en común entre el nacionalsocialismo y la Argentina de la dictadura fue, salvando las distancias, las similitudes de las metodologías represiva y criminal, la instalación de centros clandestinos de detención y el fenómeno de hacer desaparecer a las personas de distintas maneras. Al más terrible régimen militar que se instauró en la Argentina a partir de 1976 lo separaron sólo 31 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, una gota en un océano medido en tiempos históricos.
Los nazis desarrollaron la práctica, por decreto, de la metodología de “Nacht und Nebel” (Noche y Niebla) por lo que se autorizaba a la desaparición forzada de personas en los territorios ocupados por el Reich a fin de que las víctimas no fueran identificadas y sus familiares no pudiesen reclamar. Este método fue el que usaron los grupos de tareas de la última dictadura argentina seguramente inspirados en la represión ideada por los nazis.
La extrema derecha, que vuelve en Europa y brota tanto como el coronavirus, es muy peligrosa y ya hay signos en la Argentina de que puede también anidarse aquí.
La historia no se repite casi nunca en forma lineal pero es imprescindible, sobre todo para quienes tienen liderazgo político, comprender los hechos, no distorsionarlos y menos traerlos descontextualizados a la actualidad, con ligereza y sin conocer la verdad histórica.
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