—Mucho, porque ahí fue cuando empecé a dedicarme full time. Después que terminé el colegio me fui a Rosario, tenía 17 años, empecé a relacionarme con gente del ambiente de la música ahí en la universidad, en la Escuela de Música. Formé mis primeras bandas: La Escalera y Luz Mala. Con Luz Mala hicimos un circuito de shows interesantes, en Mateo Booz y en algunos pubs y grabamos el primer disco, también tocamos en la primera Bienal Joven en el Patio de la Madera. Además, tuve mis primeras incursiones tocando como músico en otras formaciones y ahí empezó lo más profesional. Me puse a trabajar y a ganarme la vida después de mucha preparación y muchas horas de estudio en la universidad y también en la escuelita de (Jorge) Fandermole, haciendo cursos tratando de aprender.
—En los 90 te pasaron cosas importantes, te vinculaste con Javier Calamaro, nacieron los mellizos. Cómo recordás esa época?
—Fue una época absolutamente abrumadora, muy excitante, me pasaban cosas todo el tiempo. Grabamos el disco de Luz Mala en Buenos Aires con Litto Nebbia y al poco tiempo ya estaba viviendo en Capital. Fue una seguidilla de cosas, al poco tiempo quedó embarazada mi mujer de mellizos. Fue empezar a meterme en los estudios, una época hiper-productiva en muchos sentidos. También el hecho de ser papá joven me movilizó muchísimo y evidentemente fue una década en la que pospuse mi proyecto artístico propio. En el 92 ya dejé Luz Mala y volví recién en el 98/99 a grabar mis primeras canciones como solista. Fueron 8 años de mucho trabajo y de estar mucho con mis hijos, de criarlos y de ganarme la vida y tratar de mantener una familia con la música, que era lo único para lo cual me había preparado. Buscar, buscar y buscar y de a poco ir encontrando.
—¿Cómo te fuiste vinculando con los artistas que luego cantaron tus canciones?
—Yo circulaba mucho por los estudios y ahí conocí a Claudia Brant, que ya estaba trabajando mucho y escribiendo muchas canciones. Cuando estaba trabajando en el estudio con Javier (Calamaro), un día vino Claudia y me dijo “ quiero escribir canciones con vos”. Nos juntamos a escribir, en una tarde escribimos dos o tres canciones y a los pocos días una la grabó Natalia Oreiro: “Me muero de amor”, una balada que era para la novela “Muñeca brava”, que explotó de una manera impresionante. A partir de esto, en el mundo de la música y de la industria, se empezó a correr la bola que “había un flaco que escribía canciones y que respondía”. La verdad que yo respondía porque tenía mucho hambre, mucha necesidad de poder vivir de lo que hacía. Fueron años muy duros, muy difíciles. Daba clases, hacía arreglos para una iglesia, tocaba en bandas de fiestas, hacía todo lo que podía porque tenía dos hijos y tenía una familia que mantener y un alquiler en Buenos Aires. Me pedían canciones y así fue cómo se acercaron a mí las editoriales, las compañías y los productores. Se empezó a correr la voz de que había un pibe que tenía hambre y escribía canciones, jajaja.
—Hasta que llega tu primer disco solista, ¿qué vuelo les veías a tus temas cantados por otros?
—Era lindo, excitante, porque nunca me había pasado. Me llamaron para producir discos de Javier (Calamaro), Enanitos Verdes, Turf, trabajé con Lerner y con Andrés (Calamaro). En los primeros años me había preparado inconscientemente mucho con el estudio. Mi preparación en Rosario fue más musical y artística, mucha armonía, mucha composición, instrumentos, estudiaba el piano, la guitarra, el bandoneón con Omar Torres, pero cuando llegué acá me empecé a meter más en el mundo del estudio de grabación y me vinculé con el mundo de la producción. Un día estaba produciendo a Enanitos Verdes, un disco hermoso que hicimos, y Marciano Cantero, nunca me voy a olvidar de eso, por eso lo extraño tanto, venía todas las mañanas y me decía “¿cuándo vas a hacer tu disco solista?”. Así que terminamos de hacer ese disco, en el 98/99, y empecé a grabar las canciones que tenía compuestas, después eso fue parte de mi primer disco.
—Siendo ya populares tus temas en otras voces, ¿cómo encaraste tus propias versiones?
—Eso vino mucho después. Mis primeros discos, donde estaba “Nada fue un error” y otras, eran canciones mías para mis proyectos. Hice cuatro discos así, primero “Coti”, después “Canciones para llevar”, “Esta mañana y otros cuentos”, “Gatos y palomas”, “Malditas canciones” y recién en el sexto disco, “Lo dije por boca de otro”, hice versiones de mis propias canciones ya conocidas con otras voces. Este disco lo grabé cuando ya tenía diez años de carrera solista consolidada en España y en Argentina. Ya tenía mi propio sonido, ya había hecho muchos conciertos, ya tenía mi propia manera de cantar y de tocar, entonces la verdad que no me costó para nada.
—Tus canciones cuentan historias. ¿Qué hay de observación de la realidad, de experiencias ajenas y qué hay de tu propia intimidad en tu obra?
—Hay un poco de todo, se mezcla, creo que justamente esa es la magia, no hay un porcentaje. Hay canciones que escribí a los quince años y ahora las canto y me parecen más actuales que nunca para mi propio ser. Es esa ductilidad que tienen que tener las canciones para transcurrir en el tiempo y seguir siendo vigentes, que es la misma por la cual la gente se puede sentir identificada con lo que pasa en una canción, por la letra, la armonía o el uso de los acordes. A mí me pasa que por ahí escucho una canción que escribí hace quince o veinte años y yo digo “guau, qué actual que me resulta”, eso tiene que ver con la sensibilidad con la que uno escribió y con la certeza con la que dijo ciertas cosas que eran parte de sí mismo.
—¿En algún momento debiste sortear alguna dificultad importante en el desarrollo de tu carrera?
—Sí, sí, obvio. Si bien uno trabaja para que le vaya bien, fue un problema el éxito y la explosión cuando de un día para otro estás viajando a Puerto Rico, a México, siendo joven y teniendo hijos y tratando de coordinar la carrera con la familia. En 2005-2006, yo vivía en España y tuve una explosión de éxito bestial, hacíamos más de cien conciertos por año. Fueron años muy complicados también psicológicamente por no estar preparado para toda esa movida, me tuve que batir con un montón de miedos, tensiones y presiones internas y externas. Tuve que ir curando, me costó, fueron cuatro años difíciles, pero nunca dejé de ponerle el pecho. Me costaba mucho subir al escenario, no disfrutaba de los viajes, del éxito, de la gira, no disfrutaba de la vida. Después de eso se vino un cambio muy grande, lo laburé, me volví a vivir a Argentina porque en esa época estaba muy deprimido allá y al volver empecé como a devolverme a mí mismo la ilusión. Y ahora estoy en el mejor momento creo, porque tengo toda la experiencia de haberme ido bien, de haberme ido mal, de tener miles de conciertos encima, millones de kilómetros, muchos discos y a la vez la ilusión de seguir haciendo música, algo que me motiva y me emociona.
—¿Cuáles son los premios que más valoraste en tu carrera? Cómo te llegan los primeros reconocimientos internacionales?
—Un premio que valoré mucho fue el “Premio Ondas” en España, que es un premio de muchísimo prestigio allá y que me llegó bastante pronto. Después acá el Gardel porque los reconocimientos en Argentina me llenaron siempre de amor. Viniendo de afuera, yo siempre tenía esa espinilla clavada de necesitar trabajar y que me vaya bien en mi país y que se conozca mi música acá. Por eso, los reconocimientos de acá creo que los valoré más que los Grammy. Cuando me declararon Ciudadano Ilustre de Rosario, de Buenos Aires y de Concordia fueron más importantes que un Grammy, porque siento que fui y sigo siendo un poco embajador de lo que mamé en estas tres ciudades, que son las que me construyeron. A donde vaya, siento que llevo un pedazo de la cultura nuestra, del tango, del rock nacional, de nuestra poesía, de Borges, de Sábato, de Piazzolla, de Fito, de Charly.
Coti - Días en vivo Teatro Colon
—¿Cómo viviste la experiencia de tocar en el Colón?
—Eso fue un premio de la vida, fue un momento bisagra. Después de haber pasado situaciones donde no disfrutaba de los conciertos, haber llegado al Colón, con mucha presión y mucho trabajo psicológico, musical y artístico, eso fue como ganar el campeonato del mundo, es un título que tengo y voy a tener toda mi vida. Haber podido grabar ese disco ahí, que lo sigo escuchando y me parece un hermoso trabajo, fue una bisagra. Ahí laburaron trecientas personas para ese concierto y ese disco, fueron vivencias únicas.
—En un momento determinado tuviste la necesidad de defender firmemente la autoría de “Color esperanza”? ¿Te pasó muchas veces eso de que el intérprete no mencione a los creadores de las canciones?
—No, porque no se acostumbra mencionarlos. A mí no me molestó que no me mencionen porque no es como antes en el tango donde se decía “intérprete-compositores”. En la música, después del mainstream, los autores empiezan a desaparecer de la escena, lamentablemente. También por una cuestión marketinera y ególatra de algunos artistas que quieren quedar como que son los compositores, metiéndose en terrenos que no son de ellos. Hasta la década del 60 o 70, se respetó mucho eso. Mercedes Sosa, la intérprete más grande que tuvo nuestra música, siempre los nombraba, o el mismo Julio Iglesias, otro gran intérprete, siempre nombraba a sus compositores. Todos los grandes de la historia de la música nunca quisieron parecer algo que no son y creo que no hay que acomplejarse por eso.
—¿Cómo te llevás con los nuevos códigos de la industria de la música? Me refiero a no publicar discos, sino singles y videos o darle valor a la circulación por redes.
—¿Me falta una pata viste?. Por eso, yo estoy haciendo un disco, porque siento que lo necesito. Yo fui sacando singles pero dije “sí, está bien, pero no es todo”. Un artista que quiere mostrar su universo artístico, poético y musical tiene que hacer un disco, porque es una obra. Uno no es solamente lo que se muestra en las redes o en las radios, es la punta de un iceberg y tiene que poder compartir todo lo que está debajo de la superficie artística, de su emoción y de su creación. Sin desmerecer los singles, yo no voy a dejar de sacar discos como tampoco voy a dejar de hacer conciertos en vivo, largos, donde canto canciones conocidas y otras que no lo son, en los que dejo la vida en dos o tres horas arriba del escenario, donde cantamos y donde no hay nada grabado, donde no hay nada pre-fabricado como en un videoclip. En algún momento nos vamos a cansar de tanto pre-fabricado.
—¿Qué mensajes querés que transmitan las canciones que componés últimamente, por donde pasan tu preocupaciones o tus necesidades de expresión hoy?
—No creo que sea tan directo que lo que te pasa en la cabeza o en el corazón, o lo que te preocupe, vaya a una canción. Sí hay algo que atravesó la composición de muchas canciones del próximo disco que emocionalmente tuvo que ver con la pandemia, sin hacer “periodismo” sobre ese momento porque eso se queda viejo enseguida artísticamente. Pero sí, la movilización emocional y humana que a todos nos generó lo que pasamos, también la vuelta y las sensibilidades colectivas. Creo que todo eso está atravesando mis nuevas canciones. Yo no intento reflejar un momento ni una época, no lo siento, no es algo que me interese. Además, las canciones caducan si son fiel reflejo de un momento, de una moda o de un estilo o de una manera de escribir. Hay canciones que tienen vigencia cuando veo que las escribí hace veinte años y ahora la cantan chicos chiquitos en los conciertos, son medio universales, trascienden el tiempo.
—¿Cómo está pensado el próximo show en Rosario, qué contenido podés adelantar?
—Vamos a estrenar canciones. Armamos un show hermoso,que lo vamos a hacer primero en Rosario y después en Buenos Aires. Siempre volver a Rosario es para mí emocionante. Voy muy seguido últimamente, algo que para mí es como un premio porque la gente responde, viene a los conciertos, algo hermoso para mí. Llevamos un repertorio nuevo, renovado y también una imagen renovada, con temas nuevo.
Javier Robledo, el baterista de Cielo Razzo y Los Brillantes
Los Brillantes, la banda que sostiene eficazmente la puesta musical de Coti, tiene entre sus filas a Javier Robledo, músico de la ciudad que también tiene una historia atractiva. Siendo adolescente comenzó a dedicarse a la música y no paró de crecer. Miembro de Cielo Razzo, baterista, productor musical, sesionista y disertante, con su labor ha enriquecido diversos proyectos. De niño, ya pintaba para el instrumento cuando tocaba con un set de ollas, una regla y una birome. “Por lo que me cuentan mis padres y familiares, creo que ya vengo conectado con lo rítmico desde muy pequeño, con lo que tenía a mano hacía ruidos y ritmos. Después pude empezar con la batería de manera más académica y hoy me siento afortunado de poder hacerlo profesionalmente. No sé si es algo que elegí o que ya vino conmigo y me encanta que haya sido así”, comenta.
Si bien ingresó a Cielo Razzo luego de un trágico suceso (en 2003 fallece el batero del grupo), se acopló rápidamente al grupo a los 19 años. Con Coti arrancó siendo sesionista y hoy forma parte de Los Brillantes. A ambas bandas las considera como familias. “Formar parte de un proyecto artístico musical te provee de cierta información que te enseña no solamente a nivel musical sino también a nivel humano. Es fantástico formar parte de Cielo y Brillantes, para mí son como dos familias, me dan alegrías y enseñanzas, lo disfruto y lo agradezco”, expresa.
En el ambiente se le reconoce a Javier Robledo su impronta personal, demostrando su pasión por la música y aportando buena energía en los grupos humanos, esos son sus aportes en Cielo Razzo y Los Brillantes, además de su talento al servicio de la propuesta artística. “Lo conozco a Coti desde antes que él me conozca a mí, obviamente, por su trabajo como productor y como compositor y conociendo sus temas. Es lindo estar en su banda, que haya confiado en mi como músico. Compartir con él conciertos y giras y tenerlo de amigo, es un regalo de la vida. Como en todos los proyectos en que participo, siempre trato de generar buena vibra en el grupo y ser lo más profesional posible. Se disfruta mucho de ser parte integrante de Los Brillantes, contentísimo por eso y aguante la música”, sostiene con énfasis.