La noche del 22 de septiembre de 2020, Diego Miranda llegó de jugar a la pelota a su casa de Cabal al 1300 bis, en Empalme Graneros. Le pidió a su prima un papel para diseñar unas camisetas de fútbol del equipo y se sentó a tomar unas cervezas con sus amigos en la vereda, frente a un comedor comunitario donde colaboraba su familia. Enseguida, a ese lugar llegaron desde la calle Olavarría tres jóvenes que buscaban a un vecino de Miranda al que llamaron a los gritos. En un choque por cuestiones barriales el grupo abrió fuego y el joven de 23 años, que según sus familiares era ajeno a la disputa, murió alcanzado por un disparo en el pecho.
En esa pelea también resultó herido Wilson Yamil Medina, quien fue atendido en el Hospital Clemente Alvarez (Heca) por una herida en una pierna. Integraba el grupo de calle Olavarría y fue acusado como coautor del crimen. En una audiencia previa al juicio oral por el caso, la fiscal Gisela Paolicelli pidió la semana pasada que lo condenen a 18 años de cárcel por los delitos de homicidio agravado por el uso de arma y portación ilegítima de un arma calibre 45. Fue en una audiencia donde se presentó la acusación ante el juez Florentino Malaponte, que en una próxima cita revisará la prueba a discutir en el juicio.
El crimen fue el 22 de septiembre de 2020 a las 21.30. Diego Nicolás Miranda recién llegaba de jugar al fútbol y estaba reunido con amigos, un primo y un hermano en la vereda, frente al comedor comunitario “Mujeres en Lucha Pueblos Originarios”, en la vereda de Cabal al 1300 bis del barrio Empalme Graneros. En ese momento llegaron tres vecinos armados que a los gritos llamaron a un hombre de la cuadra por su sobrenombre: “Gringo”.
Los testigos contaron que hubo dos secuencias. Primero, dijeron, los de Olavarría gritaron “Gringo te vamos a matar, te la vamos a poner” y los de Cabal los invitaron a pelear. Luego regresaron armados y se produjo la balacera fatal, en la que Miranda recibió un disparo en el pecho. Murió tras ser trasladado por un vecino al Hospital Alberdi. Medina ingresó más tarde al Heca con una herida de bala en la pierna izquierda y dijo que le habían querido robar. Lo habían detenido minutos antes cuando su madre llamó al 911 para avisar que su hijo había sido herido en un incidente a tiros con un muerto y que los vecinos le querían prender fuego la casa.
>>Leer más: Un nuevo choque de bandas tiñó de sangre las calles de Empalme Graneros
Así, el joven de 28 años nacido en la provincia de Chaco fue detenido e imputado por el crimen. En la investigación, para la fiscalía, no quedó del todo claro si hubo un fuego cruzado o si Wilson fue herido por algún disparo de su propio bando. De todos modos se lo considera presunto autor porque fue mencionado por varios testigos que lo conocían y el dermotest resultó positivo en las dos manos. En el lugar se recogieron sólo dos vainas servidas que según el informe de Balística fueron disparadas por una única arma de fuego.
Uno de las evidencias fue el llamado que la madre del imputado realizó esa noche al 911, alarmada porque los vecinos intentaban incendiarle la casa en represalia. Contó que su hijo había entrado a la casa corriendo y ensangrentado y luego de cambiarse de ropa se había ido.
Otro fue el testimonio de una prima de la víctima que estaba en la casa de Diego cuando el joven volvió de jugar a la pelota. Contío que llegaron tres muchachos, Wilson ellos, y lo llamaron al grito de “salgan hijos de puta, hijos de mamá” y comenzaron a tirar tiros que el grupo de calle Cabal respondió con piedrazos. Los agresores se retiraron pero luego se produjeron los disparos que dejaron a Diego “tirado en el piso, bañado en sangre”.
Ocurrió frente al comedor en el que varios colaboradores estaban trabajando. Uno de ellos fue quien trasladó al hospital al joven herido, vestido con la camiseta de fútbol de color azul de su equipo, quien murió unos cuarenta minutos después por una hemorragia de tórax.
“Wilson sacó una pistola negra”, contó otro familiar de la víctima que presenció el ataque, quien contó que uno de los cómplices esgrimió una escopeta tumbera negra y un tercero también tiró “con un revólver”, aunque otro pariente de Diego dijo que este atacante llevaba un cuchillo. “Tenían problemas con un vecino nuestro que vive al lado, creemos que tiraron para esa casa y le pegaron sin querer a Diego, ninguno de nosotros tenía problemas con estos pibes”, dijeron.
"Yo escuché tres tiros y ya me puse mal porque sabía que mi hijo estaba ahí. Mi hijo no tenía problemas con nadie, me ayudaba a mí siempre y cartoneaba. Yo no sé por qué le dispararon”, expresó la madre del muchacho asesinado. Refirió haber sufrido intimidaciones tras la detención del acusado, quien dio su versión de los hechos en la audiencia imputativa celebrada días después del crimen.
>>Leer más: Un mapa de guerra: 29 crímenes en 6 meses en los barrios Larrea, Empalme Graneros y Ludueña
Entonces Medina contó que volvía de trabajar cuando un grupo de cinco muchachos que regresaban de jugar a la pelota comenzaron a seguirlo, “todos armados”. “Cuando me corrían venían cerquita mío para pegarme en la pata para que yo caiga. ¿Sabe cómo corrí por mi vida, señor juez?”, relató. Nombró a dos vecinos, padre e hijo, que según él “dispararon como loco y le pegaron a Diego”.
“Yo lo vi al muchacho que cayó porque me venía siguiendo. Fui hasta mi casa, me dieron un plomazo y me fui y me cambié de ropa porque ya no daba más. Nosotros vivimos entre pasillos y tenemos portones sellados para resguardarnos de esa gente que rastrea a la gente que trabaja. Entraron y rompieron todo. Querían quemar mi casa, por eso me cambié y salí corriendo del pasillo. Yo me entregué. No tenía ni armas, nada”, declaró en esa instancia el imputado, quien le rogó al juez: “Por favor no me haga comer un par de años por algo que yo no hice. Por suerte conseguí trabajo y me estoy portando bien”.
La fiscalía ahora solicitó ahora que el caso sea examinado en un juicio oral y pidió 18 años de condena teniendo en cuenta el medio elegido para resolver conflictos interpersonales, la cantidad de participantes y la presencia de niños y otras personas en el lugar de los disparos, lo que “da cuenta del peligro concreto ocasionado y el absoluto desprecio por la vida humana”, además del daño causado a la víctima y su familia.