En su familia, el judo ya tenía historia. Su padre lo practicaba y su hermano mayor, Nahuel, también. Lourdes comenzó a acompañarlo a los entrenamientos y a los torneos. Miraba las luchas, observaba los movimientos, escuchaba el sonido de los pies sobre el tatami. Algo de aquel universo empezó a llamarla. Hasta que un día dejó de mirar desde afuera.
“Ella siempre decía que su sueño era competir, y por suerte se le dio”, recordaría Nahuel.
Fue una elección propia. Nadie tuvo que convencerla. A los nueve años comenzó a entrenar en el Club Banco Nación, en el dojo de Rubén Basualdo y Gabriela Valenti. Allí encontró algo más que un deporte: encontró un lugar donde pertenecer, crecer y demostrar que el talento no reconoce fronteras.
Al principio, el judown era casi un territorio desconocido. Había pocas competencias, escasa información y prácticamente ningún espacio donde los deportistas con síndrome de Down pudieran encontrarse con otros de su misma disciplina. No existían demasiados antecedentes ni una estructura consolidada. La familia y los entrenadores fueron aprendiendo mientras avanzaban.
Tampoco había rivales suficientes para que Lourdes pudiera entrenar y competir regularmente en su categoría, pero las historias que merecen ser contadas suelen encontrar personajes inesperados.
En este caso apareció Marita Sánchez, árbitra que trabajaba en Banco Nación y que, por su experiencia personal, conocía el mundo del deporte para personas con síndrome de Down. Ella comenzó a orientar a Rubén y a Nahuel, les acercó información, contactos y conocimientos sobre el judo inclusivo. Les mostró un camino que hasta entonces parecía dibujado a medias.
Así empezó a tomar forma una posibilidad. Lourdes fue incorporándose a encuentros, torneos e intercambios con otros clubes. Cuando no encontraba rivales de su categoría, competía con judocas convencionales. El límite que imponía la falta de oportunidades comenzó a transformarse en una razón más para seguir entrenando.
En Banco Nación nunca fue una invitada ni una excepción. Se convirtió en una más del plantel. Entrena con los mayores, comparte el espacio, aprende, se exige y crece junto a sus compañeros. En ese dojo conviven deportistas con distintas condiciones y trayectorias. Allí los cinturones se ganan con trabajo, los colores cambian con el aprendizaje y el respeto no necesita explicaciones. Lourdes llegó al cinturón negro.
Su recorrido abrió también una puerta histórica: se convirtió en la primera mujer profesora de judo de la provincia de Santa Fe en alcanzar el primer Dan y en la segunda del país, siendo actualmente la única en actividad.
Hay cinturones que se atan a la cintura y otros que parecen atar una historia entera. El suyo lleva años de constancia, de caídas, de aprendizajes y de mañanas y tardes en las que volver al dojo fue la única respuesta posible.
La vida de María de Lourdes tiene el orden de las cosas que se construyen con paciencia. De lunes a sábado, sus jornadas se reparten entre el deporte, la escuela, los espacios terapéuticos y las actividades recreativas. Asiste a la Escuela Especial N.º 1383 Nuestra Señora de la Esperanza, de Granadero Baigorria. Participa de un grupo terapéutico donde trabaja con profesionales de la psicología, la fonoaudiología y la psicopedagogía. También forma parte de Fueguitos, un espacio recreativo en Ybarlucea.
El entrenamiento ocupa un lugar central. Los lunes, martes y jueves comparte la práctica con el plantel de mayores. Además, realiza preparación física y rehabilitación de fuerza, fundamentales para desarrollar las capacidades que exige la competencia. La alimentación también forma parte de su preparación. En el judo, donde las categorías se organizan por peso, cada detalle cuenta.
Quienes la conocen destacan su responsabilidad, su organización y su compromiso. Lourdes es aplicada en lo que hace. Tiene una manera muy consciente de asumir cada actividad, como si supiera que los grandes sueños no se alcanzan de golpe, sino juntando pequeñas victorias cotidianas.
Y, sin embargo, hay algo que nunca perdió en medio de tanta disciplina: las ganas de competir.
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2025, el año en que el horizonte se hizo más grande
El 2025 trajo una señal que cambiaría su destino deportivo. En el Open Sudamericano de Judo Inclusivo, disputado en agosto de ese año en La Matanza, Buenos Aires, Lourdes obtuvo dos medallas de oro: una en su categoría de hasta 48 kilos y otra en la de hasta 70 kilos. Su desempeño llamó la atención de los técnicos de la Federación Argentina de Deportes para Atletas con Síndrome de Down (FADASD), que la convocaron a la selección nacional.
Era el comienzo de otra etapa. Hasta entonces, sus competencias habían sido principalmente locales, provinciales y nacionales. El Sudamericano representó un salto hacia una dimensión diferente, donde el deporte inclusivo comenzaba a adquirir una organización más sólida y donde los atletas podían competir en categorías mejor niveladas según sus características y necesidades de asistencia. Brasil había mostrado un importante desarrollo organizativo en esta disciplina. La experiencia permitió advertir cuánto quedaba todavía por construir en Argentina, pero también cuánto talento esperaba una oportunidad.
Los resultados comenzaron a multiplicarse con sendas medallas de oro en el Campeonato Apertura Provincial Santafesino; en el Campeonato Nacional Clausura 2025 y Apertura 2026 (ambos disputados en San Juan) y en el Campeonato Provincial de Entre Ríos, compitiendo en la categoría de hasta 78 kilos.
A estos resultados se sumaron dos campus de entrenamiento con la selección nacional, realizados en marzo, en el Club Banco Nación, y en junio, en el Dojo Fragata Sarmiento, ambos en Buenos Aires. Cada convocatoria era una puerta que se abría. Cada medalla, una confirmación de que el camino iniciado en aquel pequeño dojo rosarino podía llevarla mucho más lejos.
Para una deportista que necesita roce competitivo, cada campus vale oro. No alcanza con entrenar bien: también hay que encontrarse con rivales, medir fuerzas, aprender de otros cuerpos y otras técnicas. Lourdes estaba lista para ese desafío.
Pero los grandes sueños suelen tener una parte que no aparece en las fotografías: las cuentas, los presupuestos, las rifas, las horas de organización y la incertidumbre.
La clasificación al Mundial estaba conseguida. El pasaje deportivo ya estaba escrito. Faltaba resolver algo mucho más terrenal: cómo llegar.
El viaje a Suecia representó un esfuerzo económico enorme. Se organizaron rifas, se vendieron pizzas, pastas y distintas comidas. Hubo colaboraciones de personas e instituciones que entendieron que aquella posibilidad no pertenecía solamente a Lourdes, sino también a una comunidad que quería verla cumplir su sueño.
Nahuel recuerda que llegaron a vender alrededor de 300 combos de pastas. Trescientas veces alguien amasó, preparó, compró o colaboró. Trescientas pequeñas maneras de acercar a una deportista rosarina a un tatami del otro lado del océano. El viaje, finalmente, se hizo posible.
Suecia: el día en que la historia se vistió de celeste y blanco
Suecia. Un tatami. Cuatro competidoras. Una categoría de hasta 48 kilos. Lourdes había llegado al Mundial de Judo para personas con síndrome de Down. Era su primera experiencia internacional de semejante magnitud y, además, viajaba por primera vez a una competencia sin sus padres.
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El escenario era inmenso. Pero ella parecía haber llevado consigo una parte de Rosario, escondida en algún rincón del bolso, entre el judogi y los recuerdos del dojo.
La competencia se disputaba bajo el sistema de todas contra todas. Primero se enfrentó a la representante de Georgia. La lucha fue breve: un lance preciso, apenas cinco segundos, y victoria.
Después llegó la judoca sueca. La dificultad fue mayor. Su rival tenía más altura y el combate se presentó mucho más exigente. Lourdes comenzó en desventaja, pero encontró el momento exacto para ejecutar la acción que le permitió ganar por ippon. Quedaba una última lucha. La final. Del otro lado esperaba la polaca Martyna Cieslik.
Mientras tanto, en las tribunas, los nervios de Nahuel parecían librar su propio combate. Cada segundo pesaba. Cada movimiento parecía interminable. Lourdes, en cambio, permanecía tranquila sobre el tatami.
En una acción propia de la lucha, la cara de Lourdes pegó contra el tatami. El golpe fue fuerte y el llanto apareció de inmediato. Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Pero su entrenadora intervino rápidamente. La ayudó a salir de aquel momento y Lourdes volvió a ponerse de pie. Algo había cambiado. Se levantó con una determinación que parecía venir de mucho más lejos que aquel torneo. A los pocos segundos, Lourdes ejecutó un contraataque preciso, un movimiento inmediato y exacto que terminó en ippon. La final era suya.
Su entrenador, Rubén Basualdo, destacó después la extraordinaria capacidad de reacción que tuvo en aquella acción decisiva.
La muchacha de Rosario acababa de conquistar el mundo. Estaba el himno. La bandera argentina. El podio. Y Lourdes, en el centro de una escena que su familia jamás había imaginado.
Nahuel recordaría aquel instante como algo imposible de describir. Verla allí, con la bandera celeste y blanca detrás, era una imagen que ni siquiera en el sueño más hermoso había podido anticipar. Hay momentos en los que la historia no necesita palabras. Le alcanza con un gesto, un movimiento y un instante de silencio antes de que todo se convierta en celebración.
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El próximo horizonte: México 2028
Las historias extraordinarias tienen una particularidad: cuando alcanzan una cima, inmediatamente descubren que todavía hay otros horizontes.
Para Lourdes, Suecia no fue un punto final. Fue una puerta. El próximo compromiso será el Campeonato Nacional Clausura, previsto entre el 19 y el 22 de noviembre de 2026, en San Juan. Una nueva oportunidad para volver a ponerse el judogi, encontrarse con sus compañeros y continuar escribiendo su recorrido deportivo.
Pero hay un sueño que ya empieza a tomar forma en el calendario: México 2028. Después de su desempeño en el Mundial, Lourdes consiguió la clasificación para participar en los Juegos TRI 21, una competencia internacional multidisciplinaria destinada a deportistas con síndrome de Down.
El nombre encierra una identidad: TRI 21, en referencia a la trisomía 21. Se trata de un espacio donde el deporte de alto rendimiento, la competencia y la inclusión se encuentran para ofrecerles a estos atletas un escenario internacional.
Para Lourdes, México representa mucho más que otro viaje. Es un objetivo concreto, una nueva meta que ya tiene un lugar reservado en sus sueños.
Y mientras ella piensa en volver a competir, Nahuel sabe que cada nueva oportunidad también traerá consigo otra aventura familiar: los entrenamientos, los preparativos, las gestiones y esa mezcla de nervios y felicidad que parece acompañarlos desde siempre.