Especializado en ciberpsicología, el terapeuta Federico Lande es cada vez más requerido por padres y docentes a raíz del acceso temprano de los niños a la pornografía, que muchas veces se da accidentalmente entre los seis y los once años mientras navegan en internet. Si bien las infancias no van a terapia por este tema, sí lo hacen jóvenes de 18 a 20 que ya llevan una década consumiendo porno y tienen dificultades a la hora de un encuentro real. Algo parecido observa la sexóloga Silvana Savoini tanto en la clínica como en instancias más formales de educación sexual, con el telón de fondo de una ley de educación sexual integral (ESI) que no termina de implementarse del todo. Qué hacer como adultos frente a este fenómeno que avanzó en los últimos 20 años con el auge de la red de redes y va atado al uso generalizado por parte de niños y niñas de dispositivos digitales que manejan con autonomía.
“La mayoría de los adolescentes se educan más a través de la nueva pornografía que de la ESI o de lo que los padres les podamos transmitir”, dice Lande y aclara las características del concepto, todas empezadas con “a”. Anónima, “porque la podés consumir sin que nadie se entere, cuando antes tenías que dar la cara en algún momento para conseguir una revista o un video”; asequible, “porque es gratis y desde 2007, con los celulares inteligentes, totalmente accesible”; agresiva, “con gran parte de los videos centrados en el hombre y en especial en el hombre heterosexual, a pesar de los cambios que introdujeron los feminismos”.
El experto investiga desde el Centro de Altos Estudios en Ciencias Sociales de la Universidad Abierta Interamericana (UAI) el impacto de internet en la salud mental haciendo foco en la adicción a la pornografía y no cree que ésta haya crecido de la mano de internet sino al revés. En la actualidad el 25 por ciento de las búsquedas en Google se vinculan al porno, revela. Y los chicos, que muchas veces están pesquisando otra cosa, se topan involuntariamente con links que los llevan a estos contenidos. “La edad de acceso bajó, muchas veces el primer acceso es a los seis años; no por intención de los chicos, pero sí de la industria de la pornografía que presta atención a los dibujitos y a los videojuegos para generar asociaciones que hacen aparecer ventanas en función de la lógica del algoritmo”, explica Lande, director de la diplomatura en psicología de las nuevas tecnologías.
Sobre lo que pasa aquí y ahora en su consultorio de Rosario cuenta: “Vemos jóvenes de 16 a 20 años tomando Viagra porque llevan 10 años de pornografía y no pueden tener erecciones, están preocupados por cómo tienen sexo. En el caso de los varones hay algo en relación al rendimiento. La causa no es orgánica, está determinada por este acceso temprano a la pornografía, un consumo que no es inocuo ni neutro”. Y que se disparó en pandemia.
Casos previos
Según la sexóloga Savoini, docente en las facultades de Psicología y Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), “se considera que la media de acceso a la pornografía es a los 12 años, pero hay casos previos”. Esto no debería extrañar pues un 92 por ciento de niños y adolescentes de entre los 10 y los 15 años ya usa internet con autonomía en el marco del auge de las Tric (Tecnologías de la Relación, la Información y la Comunicación). Por eso Savoini pugna por “un discurso adulto que ordene”, por cuidar e implicarse en lugar de desentenderse, ya que “si bien el primer contacto con el porno puede ser casual, se despierta un interés por este tipo de contenidos que no hubiera estado allí y para el cual los niños no están preparados”. Frente a aquello que irrumpe y no alcanzan a procesar adecuadamente a raíz de su edad y desarrollo, el efecto puede ser “potencialmente traumatogénico”.
“El trauma aparece cuando algo te toma por sorpresa y no tenés los recursos psíquicos para elaborarlo, debemos tratar de no anticipar”, explica la ex presidenta de la Asociación Rosarina de Educación Sexual y Sexología, una organización fundada en la ciudad en 1976 que se reconoce como de las primeras en su tipo en Latinoamérica. Desde allí se actuó no sólo en materia educativa sino en términos de discusión y reflexión sobre problemáticas que van apareciendo, como por ejemplo el sexting entre adolescentes cuyos videos eróticos se viralizaban (con la consecuencia a posteriori de casos de bullyng o ciberacoso).
Más allá de los posibles efectos traumáticos o dañosos del porno en infantes, su consumo “transmite asimetrías entre los géneros, prejuicios en relación a los estereotipos de los cuerpos, todo lo cual queda plasmado. Muchas de las formas de vinculación que se perciben en la escena son de sumisión, de violencia. Se aprende una forma de vincularse sexo-afectivamente que en realidad de afectiva no tiene nada”, dice Savoini.
“Antes que por la ESI, que por suerte existe pero está atrasada pues no contempla nada que tenga que ver con internet, el sexo se descubre a través de las pantallas. En los chicos eso genera una actitud agresiva que luego quieren replicar en la vida real”, sigue Lande. “Existe la sensación de que en esta época el sexo está liberado, pero la verdad es que los encuentros sexuales se reducen: en la clínica se ve dificultad para conectar con el otro, para vincularse. Hoy se mira mucho más de lo que se hace y cuesta pasar de espectador a protagonista”, revela, poniendo también el acento en la responsabilidad de los padres para que internet no se convierta en un “territorio liberado” para los niños.
“Es necesario hablar de la pornografía, incluirla en la educación sexual de la casa, de la familia, ya que negar nunca fue una forma eficaz de abordar una problemática”, recomienda Savoini. “Si uno habla previene el consumo irresponsable, el daño que puede generar la exposición. Hay que poder decir que se trata de una ficción y que no sea un tabú ni una prohibición porque además lo prohibido atrae”, agrega la especialista.
A los padres les aconseja “acompañar sin sermonear, abriendo el diálogo”. Y recuerda que “bajar línea es lo peor que puede pasar con un adolescente”. “Si no quieren llamar a la pornografía por su nombre por temor a dar ideas, pueden decir que en internet hay todo tipo de materiales relacionados con la sexualidad con los que se van a cruzar: son productos de una industria y no deben tomarse como modelo porque no son reales”. La sexóloga apunta a generar “una mirada crítica, advertencias y aperturas de canales de diálogo para seguir hablando sobre las inquietudes que surjan”.
Para finalizar, Savoini insiste con la idea de que el discurso adulto esté presente para que la discusión “no sólo quede entre los pares. Hay que evitar que un chico diga: «No le voy a contar esto a mi mamá porque me mata»; en todo caso habilitar a otro adulto como por ejemplo un ginecólogo o terapeuta, ofrecer y habilitar espacios. No quedarnos en la queja ni cerrar las puertas. La prohibición obtura el acceso a una información válida, científica, actualizada, lo cual es un derecho sexual”.