El Mundo

El otro terrorismo: a dos décadasdel terrible atentado de Oklahoma

El 19 de abril de 1995 un extremista de ultraderecha voló un edificio federal y mató a 168 inocentes, incluidos 19 niños

Lunes 20 de Abril de 2015

Cuando el 19 de abril de 1995 vibraron los vidrios de su oficina a causa de una explosión seca, Greg Koelsch pensó primero que se había producido un estallido de gas en las cercanías. "Con un colega subí al coche para ir a ayudar", dice. Los dos tuvieron que viajar cada vez más lejos, hasta 20 kilómetros. "Finalmente, nos encontramos ante un edificio en ruinas y solo después de un buen rato me di cuenta de que ahí dentro estaba mi hermana". Valerie Jo Koelsch murió, junto con otras 167 personas, en el atentado con bomba de Oklahoma City. Veinte años después, no solo su familia sigue preguntándose si el peligro ha sido desaterrado para siempre.

Oklahoma City está en el corazón de Estados Unidos, pero está muy alejada del acontecer mundial. La ciudad tiene más de medio millón de habitantes, no es una metrópolis. Por esto, también los socorristas pensaron en primera instancia en una fuga de gas o algo parecido cuando se derrumbó el edificio Alfred P. Murrah Federal Building. Pero rápidamente se puso en evidencia que se trataba de una catástrofe provocada por un hombre llamado Timothy McVeigh, de 26 años, quien formaba parte de una milicia para la que había un solo enemigo: el "gobierno de Washington", que, en la óptica de la milicia, pretende privar a los ciudadanos de todas las libertades (Nota: en EEUU "gobierno" se usa por Estado).

"Muchos de estos grupos no son peligrosos", asegura el profesor Darren Mulloy. "Sin embargo, algunos cuentan con las armas más modernas y ven en cada medida del gobierno federal una conspiración para acabar con los derechos cívicos". Las autoridades federales, explica Mulloy, son vistas por esos grupos como cómplices de esa conspiración y, por esta razón, les han declarado la guerra. McVeigh había escogido cuidadosamente su objetivo y había viajado miles de millas para encontrarlo. El edificio federal en Oklahoma City parecía el blanco ideal. El gran estacionamiento le parecía a McVeigh un lugar perfecto para las cámaras de la prensa. Como quería evitar "víctimas civiles" (es decir, que no fueran empleados federales), descartó otro edificio, porque en la planta baja había una florería. El autor del atentado no sabía que en el edificio Murrah había una guardería para los hijos de los empleados. Diecinueve niños murieron sepultados bajo los escombros. "Estaba oscuro", contó el policía John Avera. "No podíamos ver a los bebés, pero sí los oímos llorando". En el monumento erigido en memoria de las víctimas hay imágenes de niños de corta edad riéndose o escondiéndose tímidamente. La foto de Baylee Almon dio la vuelta al mundo: el bombero Chris Fields salió de entre los escombros cargando a la niña, con sus bracitos caídos. Un día antes había cumplido un año. Baylee murió en los brazos de Fields.

El 19 de abril de 1995 también fue un día en que la protección civil y la solidaridad mostraron su eficacia. Ya antes de recibir la primera llamada de auxilio, la policía estaba en el lugar del atentado. Los vecinos ayudaron a sacar a los heridos de entre los escombros. La ayuda humanitaria donada por la población fue tan grande que llegó a convertirse en un problema, y la Federación de Restaurantes de Oklahoma se ocupó de que miles de socorristas recibieran comida. Mientras todavía estaban humeantes los escombros, 900 investigadores del FBI, de la policía y de otras entidades pusieron manos a la obra. Hasta 28.000 veces fueron interrogados los testigos y se reunieron toneladas de pruebas. Fue la mayor causa criminal en la historia de Estados Unidos. El hombre que estaba siendo buscado fue detenido casualmente menos de dos horas después de la explosión porque viajaba en un coche sin patentes: Timothy McVeigh.

Junto con el cómplice Terry Nichols, McVeigh había construido la bomba usando fertilizante. El extremista de derecha se veía a sí mismo como un soldado en una lucha justa. Durante su interrogatorio por el FBI relató fríamente cuáles habían sido los costos de la operación: "Estamos hablando de más de 3.500 dólares, o de 5.000 todo incluido. No es mucho dinero ¿o qué?". McVeigh nunca se mostró arrepentido ni horrorizado por la muerte de los bebés. Poco antes de ser ejecutado por 168 asesinatos en junio de 2001, dijo a un periodista que se sentía como vencedor, ya que aun cuando fuese a morir ahora, el resultado era 168 a uno.

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