Morir no requiere de gran tecnología médica, si de buena intuición, porque las necesidades que tiene el muriente en esos momentos deben ser captadas y de algún modo sentidas por quienes lo acompañan. En nuestra cultura occidental el tema de la muerte se mantiene como tabú y resulta difícil hablar de ella. Como consecuencia, el momento más encumbrado de una existencia humana transcurre como algo irrelevante. No tenemos la preparación necesaria para morir bien, no hemos recibido ninguna educación al respecto. La familia, intérprete fiel del sentir prejuicioso de una sociedad enemiga de la muerte y creyente de la juventud eterna, no permite siquiera pronunciar la palabra muerte. Morir es difícil. Es sobre todo doloroso abandonar y ser abandonado, es dejar lo querido y no poder recuperar lo perdido. Pero se puede mirar la muerte también bajo otra luz, como parte natural del ser humano. Al horror de una ruptura imprevista se enfrenta la oportunidad de madurez profunda, entonces ya no será el terrible enemigo que expulsa a los hombres del paraíso imaginado de la perennidad, sino más bien algo que de manera suave, insistente y omnipresente, nos advierte y nos invita a vivir cada día con plenitud. Al final de la existencia tenemos que saber "el alma salta del cuerpo como un niño lo hace desde un banco de escuela al escuchar el timbre de recreo".



































