“El gato tuvo la culpa” es el nombre de un excelente libro de relatos publicado recientemente por Hebe Uhart en donde la mayoría de las protagonistas son mujeres comunes aunque no necesariamente gatos. A partir de su lectura me puse a pensar que esos animales son muy buenos para transferirles culpas de todo tipo, como por ejemplo el episodio del obrero “comegato”, donde fue el felino el que se la buscó porque andaba cerca de los hambrientos, o también la falta de cambios por la resistencia de los gatopardos, los pelos en la sopa o las ruidosas peleas nocturnas entre machos y hembras. Ni hablar de los cargos por crisis de pareja: “El gato me robó a mi marido, el gato le puso gualicho a mi novio, un gato le esquilmó la fortuna al viejo”, entre otras imputaciones. Por estos días se habla mucho de dos gatos famosos por su protagonismo en el circo farandulero, la gata Gatúbela y la gata Flora. Muchos dicen que ambas son brujas, mediáticas y con experiencia en competir por las alcancías de candidatos probos e inocentes. Tenemos también a Malandrín, el gato corrupto que quería comerse al pajarito honesto; o el gato cruel de Tom y Jerry, que no podía atrapar al escurridizo ratón. Uno más viejo era el gato Félix, un negrito sin trayectoria que pretendía ser escuchado en el barrio de los perros chetos por el tema de la discriminaciónDigamos finalmente que también en las esferas políticas se dice que los gatos (especialmente los de los vecinos) son, de una u otra manera, culpables. En un reciente congreso del Círculo Circense Bolsa de Gatos sobre el tema “Transferencias de culpas” oí decir “Yo soy una dirigente inmaculada, todos ustedes son gatos, imbéciles, narcos, corruptos y culpables de la quiebra republicana, por eso me voy, pero volveré”. Acto seguido y después de un tenso silencio escuché un prolongado maullido coral tipo león de la Metro. Fue entonces que me dije: tengamos cuidado, a veces algunos gatos reaccionan y arañan fiero.

































