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"En verdad hay muchas lágrimas en esta Navidad", lamentó el Papa

En uno de sus mensajes más sentidos y dramáticos denunció la violencia extrema que hay sobre los niños en distintas regiones.

Viernes 26 de Diciembre de 2014

El Papa Francisco expresó ayer su mensaje y bendición Urbi et orbi (a la ciudad y al mundo) en el marco de uno de los sermones más sentidos y dramáticos de los que se les haya escuchado, en cuyo transcurso afirmó que "hay verdaderamente muchas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús".

A veces emocionado y otras indignado, Jorge Bergoglio denunció la demencial violencia contra los niños en distintas partes del mundo en medio de "tanta indiferencia", habló de la "persecución brutal" de cristianos en Irak y Siria por el grupo Estado Islámico (aunque no lo nombró), reiteró su condena al aborto al rezar por "los niños que no llegan a ver la luz" y rogó por el restablecimiento de la paz en distintas naciones en conflicto.

El Papa argentino, con 78 años recién cumplidos, pronunció su mensaje en italiano desde el balcón central de la basílica San Pedro ante una multitud de fieles, más de 100 mil personas, congregadas bajo un cielo gris.

Saliéndose de su texto, aludió a los "niños masacrados bajo los bombardeos, incluso donde nació el Hijo de Dios", en Tierra Santa, sin referirse ni a Israel ni a los palestinos por esta violencia.

El Santo Padre inició su mensaje anunciando la buena nueva: "Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Navidad! Jesús, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, nos ha nacido. Ha nacido en Belén de una virgen, cumpliendo las antiguas profecías. La virgen se llama María, y su esposo José. Son personas humildes, llenas de esperanza en la bondad de Dios, que acogen a Jesús y lo reconocen. Así, el Espíritu Santo iluminó a los pastores de Belén, que fueron corriendo a la cueva y adoraron al niño. Y luego el Espíritu guió a los ancianos Simeón y Ana en el templo de Jerusalén, y reconocieron en Jesús al Mesías. «Mis ojos han visto a tu Salvador —exclama Simeón—, a quien has presentado ante todos los pueblos»".

El Pontífice luego fue directo a la parte medular de su mensaje. "Sí, hermanos, Jesús es la salvación para todas las personas y todos los pueblos. A él, el Salvador del mundo, le pido hoy que guarde a nuestros hermanos y hermanas de Irak y de Siria, que padecen desde hace demasiado tiempo los efectos del conflicto que aún perdura y, junto con los pertenecientes a otros grupos étnicos y religiosos, sufren una persecución brutal. Que la Navidad les traiga esperanza, así como a tantos desplazados, prófugos y refugiados, niños, adultos y ancianos, de aquella región y de todo el mundo; que la indiferencia se transforme en cercanía y el rechazo en acogida, para que los que ahora están sumidos en la prueba reciban la ayuda humanitaria necesaria para sobrevivir a los rigores del invierno, puedan regresar a sus países y vivir con dignidad. Que el Señor abra los corazones a la confianza y otorgue la paz a todo el Medio Oriente, a partir de la tierra bendecida por su nacimiento, sosteniendo los esfuerzos de los que se comprometen activamente en el diálogo entre israelíes y palestinos".

"Que Jesús, Salvador del mundo, custodie a cuantos están sufriendo en Ucrania y conceda a esa amada tierra superar las tensiones, vencer el odio y la violencia y emprender un nuevo camino de fraternidad y reconciliación", pidió.

También tuvo muy presente a Africa, algunas de cuyas naciones son golpeadas por la violencia y la sinrazón homicida de fundamentalistas como Boko Haram. "Que Cristo Salvador conceda paz a Nigeria, donde se derrama más sangre y demasiadas personas son apartadas injustamente de sus seres queridos y retenidas como rehenes o masacradas. También invoco la paz para otras partes del continente africano. Pienso, en particular, en Libia, el Sudán del Sur, la República Centroafricana y varias regiones de la República Democrática del Congo; y pido a todos los que tienen responsabilidades políticas a que se comprometan, mediante el diálogo, a superar contrastes y construir una convivencia fraterna duradera".

Francisco se refirió con énfasis en su mensaje a los más indefensos, los chicos. "Que Jesús salve a tantos niños víctimas de la violencia, objeto de tráfico ilícito y trata de personas, o forzados a convertirse en soldados; niños, tantos niños que sufren abusos. Que consuele a las familias de los niños muertos en Pakistán la semana pasada. Que sea cercano a los que sufren por enfermedad, en particular a las víctimas de la epidemia de ébola, especialmente en Liberia, Sierra Leona y Guinea. Agradezco de corazón a los que se están esforzando con valentía para ayudar a los enfermos y sus familias, y renuevo un llamamiento ardiente a que se garantice la atención y el tratamiento necesario".

Y no olvidó mencionar el terror demencial que instauró Herodes. "El Niño Jesús. Pienso en todos los niños hoy maltratados y muertos, sea los que lo padecen antes de ver la luz, privados del amor generoso de sus padres y sepultados en el egoísmo de una cultura que no ama la vida, sean los niños desplazados a causa de las guerras y las persecuciones, sujetos a abusos y explotación ante nuestros ojos y con nuestro silencio cómplice; a los niños masacrados en los bombardeos, incluso allí donde ha nacido el Hijo de Dios. Todavía hoy, su silencio impotente grita bajo la espada de tantos Herodes. Sobre su sangre campea hoy la sombra de los actuales Herodes. Hay verdaderamente muchas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús".

"Queridos hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo ilumine hoy nuestros corazones, para que podamos reconocer en el Niño Jesús, nacido en Belén de la Virgen María, la salvación que Dios nos da a cada uno de nosotros, a todos los hombres y todos los pueblos de la tierra. Que el poder de Cristo, que es liberación y servicio, se haga oír en tantos corazones que sufren la guerra, la persecución, la esclavitud. Que este poder divino, con su mansedumbre, extirpe la dureza de corazón de muchos hombres y mujeres sumidos en lo mundano y la indiferencia, en la globalización de la indiferencia. Que su fuerza redentora transforme las armas en arados, la destrucción en creatividad, el odio en amor y ternura. Así podremos decir con júbilo: «Nuestros ojos han visto a tu Salvador»".

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