No es mi deseo desmentir la merecida fama que siempre gozó el Bar Cachito, por sus sabrosos sandwiches tostados y otras apetiteces, a los que supe, como otros miles de rosarinos, hacer buen mérito. Pero la historia debe ser respetada y, con mis ya cumplidos noventa y pico años, puedo afirmar que el Carlito ya estaba hace más de 70 años. Regreso a los años 40, yo volvía a casa. Estudiaba y trabajaba, vivía en Córdoba y Mitre. Al filo de la noche, con la madrugada, acostumbraba a manducar con el feroz apetito de los 20 años un riquísimo emparedado, llamado “Carlito”, que en vez de tostarse se fritaba con esmero y poco aceite, teniendo como tapas el pan de sandwich, abrigando en su seno jamón cocido, queso, lechuga y kepchut. El bar, abierto a la noche, afincado en esa calle sandwichera de Mitre al 800, por su ayer y su hoy, se lo conocía como “la voz del hambre”. Lamento no recordar el nombre de su dueño, pero recuerdo sus canas, su blanco saco y cordial atención. Bar que quizás Gaby también supo conocer. Pienso que sería muy grato para la historia de Rosario, moderando un poco su mala fama de violenta y sus urgencias de futura metrópoli, que alguien con talento rescate y memore antes de que se pierdan en el olvido a sus viejos bares y refugios, como Ehret, El Pampa, El Ancla, El Gran Vermouth, Londres, El Aguila, El Sol de Mayo y tantos otros lo merecen. Dice el tango, “Eran otros tiempos aquellos. No se conocía coca ni morfina...”, no tanta al menos, digo yo.

































