Todos nacemos con un destino. Nacer crecer, echar a volar, transitar la vida, conforme lo determinado por las leyes de la naturaleza. Desde que nacemos, comenzamos a mostrar nuestra conducta. Lloramos, reímos, jugamos y así todo el resto de la vida conforme a distintas etapas. Nuestra mente ordena, el corazón obedece. El comportamiento del ser humano no es común a todos, unos de una manera, otros de otra. A veces nos negamos a reconocer que nos aqueja cierto déficit mental. Todo lo que hagamos saliendo de los parámetros de normalidad, da muestra de esa pequeña desviación del cerebro. No nos hagamos ilusiones de que somos perfectos, buenos a los ojos de Dios; todos, sí todos, tenemos desde pequeños significativos defectos. Sólo que a veces los pequeños no gravitan demasiado en nuestro prójimo. Lo importante es hacer un pequeño balance diario de lo actuado en el día, partiendo de la base de lo natural y biológico. Todos sabemos discernir sobre lo que es bueno y es malo. A partir de haber tomado conocimiento de la creación, una figura imaginaria la tuvo a su cargo. Eso sin lugar a dudas forma parte de una conducta y por tratarse de quien se trata, no me animo a abrir juicios, pocos lo harían. El primer hombre y la primera mujer forman parte también de una conducta. Ellos mismos la tuvieron a su cargo. Sólo se sabe de la primera falta cometida, el resultado de la desobediencia. El despido del Paraíso. Y así sucesivamente. Se fueron agregando otros condimentos. Aparece además el libre albedrío, ¿para qué? El hombre tomó para sí lo que más le atraía o convenía, sin importarle en absoluto si con su actitud perjudicaba a su prójimo. Primó el qué me importa. Muchas instancias acaecidas desde la creación han dado la oportunidad al hombre de llevar a cabo, en las distintas etapas de la vida, una conducta acorde con el buen vivir. Pero no tenía que ser así. Lamentablemente el hombre paulatinamente se fue demonizando a tal punto que también quedó en evidencia la deformación de su cerebro en mayor grado que los límites normales admiten. Si pudiésemos tener un sensor que midiera los valores de déficit mentales que poseemos los humanos, comprobaríamos que realmente estamos excedidos en los parámetros normales de comportamiento. Lamentablemente, el diario vivir nos muestra sin resistencia al menor análisis la conducta de quienes tienen a su cargo la conducción del poder, los dirigentes de todas la especies. Estamos demostrando no sólo al mundo nuestra proverbial debilidad por tomar del libre albedrío el aspecto más negativo. Los resultados, a la vista. Una manía de adoptar posiciones unilaterales, muchas de ellas en beneficio propio. Amanecemos y nos preguntamos: ¿con qué novedad nos encontraremos hoy? ¿Novedad dije? Ninguna, todo sigue igual. El reino del revés a la orden del día. Si pudiésemos rebobinar tantos discursos prometedores de aspirantes al poder, veríamos con inusitada sorpresa que hemos retrocedido años luz en relación a otros países. Estamos ya hermanados a aquellos países emergentes, donde los habitantes, subyugados al máximo con una esclavitud encubierta, sobreviven como pueden. Argentina hizo mucho otrora, para ser un país que estuviese a la altura de los grandes. Lo que otorga vergüenza ajena es la diametralmente opuesta postura de los comprometidos con el poder en la epidemia que emerge de una despiadada corrupción, que lacera la dignidad humana. Grave, además la hipocresía y el cinismo con que pretenden hacernos creer, como el impresentable de los noventa: “Estamos mal, pero vamos bien”. O aquella desvergonzada burla que se hizo a escolares del Chaco, cuando el pretendido émulo de Facundo dijo muy suelto de cuerpo: “Dentro de poco llegaremos al Japón en un vuelo de dos horas”. Desvergonzado a ultranza. Ojalá algún día aparezca un grupo de psiquiatras, tal vez de Marte, que regule definitivamente nuestro sistema mental.

































