Los policías de la Brigada de Investigaciones de San Justo buscaban con linternas en un cantero
de la terminal de ómnibus de San Francisco (Córdoba). El ímpetu aplicado en la tarea llamó la
atención de los transeúntes. Después del amanecer uno de los efectivos levantó la mano en señal de
triunfo. Entre los dedos sostenía la mitad de un chip telefónico, una prueba clave para la fuerza
policial santafesina que logró esclarecer en tiempo récord un caso de enorme repercusión nacional.
Todo comenzó con la denuncia de Belkis Bolatti de Cugno, la mamá de
Alejandra, asentada en la comisaría de San Jorge, sólo un par de horas después de notar la
anomalía: su hija debía llegar su domicilio a las 18.30, una hora después de salir de la Escuela Nº
268 de Cañada Rosquín.
La noticia tuvo un fuerte impacto dentro de la fuerza policial. El jefe
de la Unidad Regional XVIII, Martín Montegrosso y su subalterno inmediato, Luis Martínez, viajaron
desde Sastre. Dialogaron con la mujer y comenzaron a edificar la estructura de un caso que los
mantendría ocupados durante toda la semana.






























