Una semana después de la muerte del presidente Juan Domingo Perón, el 8 de julio de 1974, se promulgó la ley de creación del Altar de la Patria, votada por los senadores y diputados nacionales. Su principal impulsor fue el ya por entonces omnipotente José López Rega, ministro de Bienestar Social. El proyecto del Altar contemplaba la erección de una estructura de cincuenta metros de altura ubicada en el emplazamiento originalmente destinado al Monumento al Descamisado, en la avenida Figueroa Alcorta entre Tagle y Austria, una de las zonas más bellas y exclusivas de la ciudad de Buenos Aires. Iba a estar en el sitio preciso en el que en 1978 la dictadura militar construyó los estudios de Argentina Televisora Color. En noviembre de 1974 llegaron a poner la piedra fundamental del monumento, que nunca se concretó, entre otras cosas porque al excavar encontraron cañerías que no figuraban en los planos y los cimientos del malogrado Monumento al Descamisado.
No deja de impresionarme que el proyecto fuera presentado en el mismo momento en el que la Triple A empezaba su desaforada caza de opositores. Si bien es cierto que la violencia política no había desaparecido de la escena pública argentina, desde los bombardeos a la Plaza de Mayo para fijar un momento de quiebre, lo cierto es que el terrorismo paraestatal desatado en 1974 preparó el terreno e hizo buena parte del trabajo que luego remató la represión ilegal mediante la desaparición sistemática de personas en la dictadura militar. De allí que retrospectivamente, el llamado a la concordia que implicaba la erección del Altar de la Patria parece más bien una siniestra celebración anticipada de una victoria. La victoria no solamente del peronismo ortodoxo sobre el ala más radicalizada del movimiento sino, más ampliamente, la de los sectores dominantes que mediante el terrorismo estatal y paraestatal instalaron un modelo de disciplinamiento social cuyas consecuencias vivimos aún hoy.
Un cuadernillo de difusión elaborado por la Secretaría de Prensa y Difusión presentaba el proyecto de monumento y memorial. Su lectura nos permite asomarnos no solo al sueño faraónico del Brujo López Rega sino también a ciertas concepciones acerca del pasado que lo trascienden. El Altar de la Patria recordaría a los “héroes nacionales de la Historia, del Trabajo, de la Ciencia y del Arte”. En las notas de época se destacaba a San Martín, Rosas, Yrigoyen, Perón, Quiroga y fray Mamerto Esquiú. Pero la ley aprobada establecía que en el monumento debería ocupar un lugar destacado el cuerpo embalsamado de Evita, recientemente recuperado.
El Altar iba a estar emplazado en una plaza cívica de ciento ochenta metros de lado, con espacios destinados a ceremonias a cielo abierto. Ese cuadrado, con el mausoleo en el centro, sería atravesado por cuatro senderos peatonales orientados a los cuatro puntos cardinales, separados por espejos de agua. La elevada estructura iba a dominar el espacio y podría ser vista a la distancia.
Dentro del edificio, el espacio central estaría organizado con forma de una cruz griega, con una llama eterna y la tumba del Soldado Desconocido en el centro (actualmente, el soldado de las Guerras de la Independencia yace junto a José de San Martín en la catedral de Buenos Aires). El proyecto contemplaba que también en el centro hubiera un ara para oficiar servicios religiosos. De manera radial se ubicarían los sarcófagos, todos iguales, construidos en “granito monolítico”.
El texto de difusión anunciaba la erección de estatuas y la elaboración de vitrales y pinturas alusivos a la historia nacional realizados por “los más destacados artistas del país”, y también espacios destinados a museos y exhibiciones.
La ley establecía que se crearía “una comisión para decidir la admisión y custodia” de los muertos ilustres con derecho a descansar en el Mausoleo Nacional. El material de la Secretaría de Prensa y Difusión incluía un breve texto de presentación que no firmaba la presidenta María Estela Martínez, sino su ministro: “La Patria reposa en el pasado y es al mismo tiempo mandato para el porvenir. Sin la historia y sin los hombres que la forjaron la Patria sería inasible: tal vez, utopía”, señalaba López Rega, recuperando el vínculo tradicional entre el pasado y la comunidad. Para los autores del proyecto, el Altar de la Patria debía transformarse en la materialización de la unidad –que nadie podía vislumbrar en esos días de 1974, pero que cada facción traducía a un proyecto político o concepción de orden específicos–.
A ojos de López Rega, la división había sido alimentada por el uso tendencioso del pasado: “En nuestra tierra hemos gastado demasiados años ceñidos a moldes preconcebidos de nuestros acontecimientos históricos y enfrentando frecuentemente a los próceres entre sí”. No deja de resultar siniestro que en el mismo momento en el que se elaboraban listas negras y se realizaban los primeros ensayos para borrar hasta el pasado y la historia de los disidentes, se criticara algo elemental para el saber histórico, que “según la posición ideológica de quien se aproximaba a nuestra génesis nacional era la conclusión que se extraía de hombres y de hechos”. Sucede que el Altar superaría un estado de cosas: “Hemos tenido una versión del pasado de consistencia folletinesca, donde todo parecía limitarse a un esquemático combate entre réprobos y elegidos”.
Esta aseveración resuena en nuestro presente: hay quienes denuncian por sectaria una posición determinada desde una ecuanimidad u objetividad inexistentes (obviamente propias) para analizar el pasado. Se trata, en realidad, de una retórica política, que termina cristalizando un pensamiento binario.
Para quienes habían concebido el monumento, esa forma de relacionarse con el pasado debía ser dejada atrás, porque “la patria que tenemos –con sus grandezas y sus miserias– es producto decantado de un quehacer común”. Esto, que analíticamente es cierto, no deja de ser engañoso. Pues si bien es cierto que el presente es el emergente de los procesos del pasado, y a la vez será la base de procesos futuros, no lo es menos que en la historia hubo ganadores y perdedores, víctimas y victimarios, libros destruidos y propaganda partidista. No busco polemizar con un proyecto inacabado de 1974 sino combatir una idea aún presente en el sentido común sobre la Historia: que hay conceptos o banderas que están por encima de los conflictos (la patria, las fronteras, las banderas). Alguien con las manos manchadas de sangre de compatriotas llamaba a los argentinos a la unidad: “Urge, por lo tanto, terminar de una vez y para siempre con las banderías y subjetivismos, y hacer entrar por la puerta amplia del agradecimiento nacional a todos aquellos que por la Patria ofrendaron sus vidas (…) Esta es la idea rectora del Altar de la Patria. Constituye una apelación a la unidad de los argentinos. Es la representación simbólica de una trascendente síntesis de la nacionalidad personalizada en los nombres de sus hijos más ilustres”.
¿Es posible una síntesis? Más aún, ¿es deseable una síntesis? ¿Cómo sería un Altar de la Patria colocado por encima de todas sus contradicciones? Evidentemente, un mausoleo con esas características lo que generaría es una igualación a partir de la obviedad de que lo único que tienen en común los yacentes es que fueron figuras públicas y están muertos. ¿Lavalle con Dorrego? ¿Perón con Aramburu? ¿Dónde ubicar en un monumento así a los arrojados vivos al mar? ¿Varela con los fusilados en las huelgas de 1921? Una memorialización de este tipo lo que encubre es el deseo de unanimidad, un gesto totalitario. La pretensión de la mirada única sobre la historia que subsume las diferencias (económicas, sociales, de clase, regionales, etcétera) en un colectivo que tiene tanto de excluyente como de inclusivo. Esa vocación, claramente, despoja al ejercicio crítico de la memoria de su potencial movilizador y emancipatorio, pues establece un canon: los que pueden estar en el Altar, y los que no. Que son santos laicos, guardianes de algún pacto fundacional entre los argentinos: “Hermanados en la gloria, vigilamos los destinos de la patria. Que nadie utilice nuestro recuerdo para desunir a los argentinos”.
Marzo es el mes de la memoria. Por ello es bueno pensar cómo nos relacionamos con el pasado, y para qué. Porque una página se puede pasar, pero eso no significa que olvidemos lo que vivimos o leímos.