Mientras en Argentina se ejecuta el desfinanciamiento a instituciones públicas culturales (como el Incaa, virtualmente paralizando en sus funciones desde marzo) por decisión del gobierno nacional, a apenas unos miles de kilómetros, en el país vecino, se llevó a cabo un hito en términos de construcción de cultura pública. Un suceso que permite trazar algunas líneas entre fronteras y esbozar un análisis sobre los shows gratuitos y masivos como un espacio donde anular la aparente dicotomía, que domina los debates actuales sobre el tema, de la cultura como derecho humano y como negocio.
Algunos podrían afirmar, sin duda alguna, que un hecho artístico no necesita generar un rédito comercial para existir (incluso hay quienes podrían decir que no debe). Sin embargo, esto no es así para la lógica neoliberal que dicta que todo lo que no genera ganancias es un gasto (y por ende, algo a eliminar), y que hoy por hoy rige las políticas de Estado, extendiéndose al entendimiento (y la gestión) de la educación, la salud, y la vivienda, entre otros ámbitos. El sentido de lo público, como en otros momentos de la historia argentina, vuelve a estar en ferviente disputa.
La escritora Gabriela Borrelli, en diferentes intervenciones públicas recientes en las que se ejecuta esta contienda de sentidos, sostuvo sistemáticamente que hay que defender a la cultura por sí misma, y no en los términos financieros que proponen desde el gobierno. Y aunque volveremos sobre esto, los exorbitantes números del show de Madonna en Río permiten dar la batalla también en ese sentido, discutir con “las herramientas del amo” (en palabras de la poeta Audre Lorde).
Una batalla que, por cierto, están dando en el territorio nacional quienes desde el comienzo de este debate (cuando apareció el primer borrador de la primera Ley Bases, que contemplaba el cierre del Incaa, el Inamu, el Fondo Nacional de las Artes y la Conabip, entre otros organismos clave para el fomento cultural federal), argumentaron una y otra vez que estos entes se autofinancian y además generan trabajo, industria, dinero.
Madonna en Rio
El show gratuito de Madonna generó, según cifras oficiales, unos 57 millones de dólares para la ciudad de Río de Janeiro
Foto: AP / Silvia Izquierdo
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Según la agencia de turismo oficial brasileña, Embratur, el show de cierre de la gira “The Celebration Tour” (con el que Madonna celebró 40 años de carrera) en Río (el único en Sudamérica) dejó 57 millones de dólares en la ciudad, unos 293 millones de reales. Acorde a lo publicado, el mayor impacto se registró en los servicios turísticos: hoteles, restaurantes, comercios, atracciones y traslados. El recital gratuito atrajo un 27% más de visitantes en comparación con el mismo período del año pasado.
Los fondos públicos, invertidos en infraestructura y seguridad para recibir y contener al millar y medio de personas en estado de euforia que convocó el show, salieron tanto del Ayuntamiento (municipio) como del Gobierno del estado de Río de Janeiro, quienes invirtieron aproximadamente 1.8 millones de dólares. El Banco Itaú, que fue el principal sponsor, pagó la tarifa de Madonna (que si bien no se confirmó públicamente, se estima en unos tres millones de dólares). El presidente Lula da Silva estuvo presente en el evento, pero el gobierno nacional brasileño afirmó a través de un comunicado que no puso dinero para su realización, ante las críticas de sectores opositores le objetaban gastar fortunas en una frivolidad mientras el estado de Rio Grande do Sul sufre complejas inundaciones.
La cultura como "reconocimiento de subjetividades"
Este repaso da cuenta de que un show gratuito (incluso de estas dimensiones impensadas) no sólo no es un gasto, sino que es una inversión que, bien organizada, puede generar ganancias y trabajo para una ciudad, para un barrio, para una comunidad. Esto se comprueba incluso con los recitales pagos (como los de Taylor Swift en noviembre de 2023 en Argentina, por citar un ejemplo), que generan a su alrededor un fenómeno y que habilitan actividades como traslados, venta de merchandising, alojamiento y gastronomía. Pero volvamos a los argumentos iniciales, los de defender a la cultura como derecho humano y también como instancia de celebración colectiva en momentos difíciles.
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“Lo que se está poniendo en juego acá no es nada más ni nada menos que la construcción de ciudadanía. Es un efecto de reconocimiento de subjetividades que nos damos como comunidad”, aseguró Feda Baeza, artista plástica y ex directora del Palace de Glace, la semana pasada durante las audiencias de la Comisión Cultura, de cara al tratamiento de la Ley Bases en el Senado de la Nación.
Si bien Feda en su intervención estaba posicionándose sobre la necesidad de la continuidad de instituciones de fomento que permitan la emergencia de “voces improbables” dentro del campo cultural, el “efecto de reconocimiento de subjetividades” puede trasponerse al show de Madonna, y a los alcances de estas imágenes por fuera de las playas de Copacabana.
La artista estadounidense, de 65 años, es históricamente un ícono y defensora de la comunidad LGBTTI+ a nivel mundial. Uno de los momentos del concierto más replicados en redes, fue una de las secuencias finales, donde sonó “Music” con la incorporación de un batuque brasileño y la intervención de Pabllo Vittar, una persona no normativa, de género fluido, cantante y artista con vinculación al universo drag queen, también ícono local de la comunidad. Posiblemente, una “voz improbable”, ante un público de un millón y medio de personas, a dueto con Madonna, en un evento que se transmitió en todo el planeta.
A lo largo del show, Madonna rindió homenaje a las víctimas del VIH (como Freddy Mercury, pero también a los músicos locales Renato Russo y Cazuza) y también a artistas y personalidades de Brasil. De nuevo, el “reconocimiento de subjetividades”. Esas mismas que durante los cuatro años de gobierno de derecha de Jair Bolsonaro fueron vapuleadas y perseguidas por políticas y discursos oficiales, de una manera similar a lo que ocurre en el presente argentino (sobran los ejemplos en los que el presidente Javier Milei posicionó a la comunidad LGBTTI+ y los feminismos como enemigos de su gobierno). La imagen de Marielle Franco en pantalla gigante, la legisladora “lesbiana, feminista y negra” asesinada en 2018, generó euforia en el público en vivo y emoción ante cada reproducción del video. Esa posibilidad de reivindicación, de reconocimiento del otro, que permite la cultura y que no puede medirse en números y estadísticas.
“El concierto de Madonna ayer fue una catarsis en Brasil. Señaló todo lo que podíamos (y podemos) ser. Fue una hora de alivio y esperanza. La libertad sexual. La diversidad de los cuerpos. La utopía de un mundo mejor”, aseguró Lana de Holanda, activista travesti brasileña en Agencia Presentes. “Es un poco triste ver cómo Madonna sigue exactamente igual, mientras el mundo parece haber retrocedido. Seguimos siendo careta y conservadores, tal vez incluso más que en los años noventa. Pero hay esperanza justamente en el hecho de que Madonna mantenga su coherencia, mantenga su audacia. Su determinación y su poesía necesitan inspirar al mundo. A mí me inspiran mucho”, concluyó.
Esto último habla de cómo las expresiones culturales, incluso la de una consagrada estrella del pop a nivel internacional, funcionan como una bola de espejos (donde el reflejo propio se mixtura y funde con el de los demás, y se disemina en lo colectivo) pero también como posibilidad: de lo que todavía no somos, de lo que podemos ser.