Lady Gaga es una de las mayores estrellas pop de su generación. Y lejos de dormirse en los laureles de la gloria conseguida, de su ya imborrable estatus de estrella, la artista sigue haciendo mérito y construyendo su mitología de ícono pop. El sábado pasado, estrenó a nivel mundial a través de la plataforma Max su película recital “Chromatica Ball”, que registra una explosiva presentación de la gira del mismo nombre con la que recorrió Europa, Estados Unidos y Japón en 2022.
Pero “Chromatica Ball” no es sólo un show grabado (en el concierto en el Dodger Stadium de Los Ángeles) porque el propio recital tiene una estructura narrativa. Dirigido, producido y editado por la propia Gaga, la propuesta se vuelve una experiencia cinematográfica. En lugar de las “Eras” del famoso concierto con el que Taylor Swift sigue girando por el mundo (y con el que pasó por Argentina en 2023), los shows del “Chromatica Ball” estuvieron estructurados en cuatro “Actos”, proponiendo diferentes estéticas y recorridos sonoros en cada uno.
A través de este recorrido conceptual, y acompañada por un despliegue monumental (que incluye bailarines, chorros de fuego, escenografía interactiva y varios cambios de producidos vestuarios al mejor estilo Gaga), la artista da lugar a un documental inmersivo en el que subraya que conserva intactas una de sus mayores cualidades: el de la performance en vivo. En “Chromatica Ball”, Lady es por momentos popstar, por momentos rockstar, en otros una referente de moda futurista, y en otros una activista.
Para los fanáticos de distintos rincones del planeta, este documental significa la posibilidad de vivenciar lo que fue el regreso triunfal de la artista a los grandes escenarios y a los shows de estadios. Vale recordar que “Chromatica Ball” fue la sexta gira musical de Gaga en su carrera solista, y la primera desde el anuncio de su diagnóstico de fibromialgia en 2017 (a través del documental “Five Foot Two”, disponible en Netflix y recomendable para hacer doble programa con este nuevo material), que la llevó a cancelar parte del “Joanne World Tour” (la gira anterior, con la que promocionaba su icónico disco “Joanne”).
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En aquel momento, muchos temieron que Gaga no pudiera volver a realizar tours mundiales nunca más. Sin embargo, las buenas noticias llegaron a comienzos de 2020, cuando la artista anunció el lanzamiento del álbum “Chromatica”, con el que prometía un regreso al registro EDM (electronic dance music) de su celebrada época de “ARTPOP” (2013). Sin embargo, la pandemia de Covid-19 hizo que los planes de la gira presentación (inicialmente pensada con presentaciones en festivales y varias sorpresas) tuvieran que postergarse varias veces y pudieran concretarse recién dos años después.
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La “Chromatica Ball” comenzó finalmente en julio de 2022 en Düsseldorf, Alemania y terminó en septiembre de ese mismo año en Miami (una semana después del show grabado en Los Ángeles para el documental). Y se concretó con las dimensiones y la potencia de lo que lleva tiempo gestándose, alimentándose, posponiéndose.
En la película lanzada el sábado, la brutal energía del vivo atraviesa la pantalla y dan ganas de bailar y emocionarse como si se estuviera en medio de esas más de cincuenta mil personas presentes. La propuesta es tan expansiva, y la modalidad de registro tan íntima, que hace que de a momentos la inmensidad del estadio parezca una sala pequeña. Se puede ver cada gota de sudor que Gaga derrama en su performance que, como siempre, parece de otro planeta. Se transmite el calor, la entrega, la exaltación de estar ni más ni menos que en un concierto de una de las figuras más populares y relevantes de la escena musical global.
Antes de que Gaga haga su aparición triunfal en el escenario, las pantallas (un elemento clave para completar y unir cada parte del show) muestran una figura un tanto monstruosa, una criatura preparándose para acechar, y después a la artista besando una máscara de tachas, antes de mirar fijo a la cámara con ojos guerreros. El anuncio es claro: nada de lo que vendrá será a medias tintas.
Gaga aparece finalmente adentro de una suerte de caparazón futurista, casi inmovilizada. Un capullo del que va saliendo de a poco mientras suena su hit “Bad Romance”: renace una estrella. La tríada inicial de canciones, una “introducción” en la narrativa del show, se completa con otros dos exitazos clave como “Just Dance” y “Poker Face”, en los que la artista se suma a los movimientos coreográficos de los más de quince bailarines que están en escena.
El montaje del documental va de Gaga, a los músicos, al público, a tomas aéreas una y otra vez, transmitiendo así la vertiginosidad y la intensidad del show en vivo: esa sensación de que ocurre tanto al mismo tiempo que no se sabe dónde fijar la vista y no queda otra más que entregarse a la experiencia. Un logro tanto del diseño de producción del show como de la versión cinematográfica del mismo.
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Con esa elocuencia se suceden los cuatro actos (seis partes contando la intro y el final), donde Gaga muestra su versatilidad como artista. En “Alice” (que abre el primer acto), canta atada a una camilla de cemento. Nuevamente la noción de estar de cierta forma encerrada en su propio cuerpo, o restringida a una camilla, y liberarse de esa inmovilidad con la fuerza de un estallido. El segundo acto abre con unas visuales en el mismo sentido: un cuerpo que se despierta, una resurrección. Durante “911” y “Telephone”, entre otras que componen esta sección, Gaga baila casi sin parar.
“¿Alguna vez tuviste que batallar por tu vida? ¿Bailar a través de todo tu dolor?”, dice en un vestuario completamente dorado para introducir el tercer acto y el tema que lo abre: “Babylon” (quizás uno de los que más reminiscencias a Madonna tiene en toda la discografía de Gaga). Después de mostrarse como la reina de un imperio, Gaga se despoja un poco y se sienta sobre un piano (decorado con una suerte de raíces o tentáculos que le dan impronta de cosas viva) para cantar “Born this way”, la canción convertida en himno de la comunidad LGBTIQ+ (con quien la artista tiene una relación extensa de amor mutuo).
El último acto la tiene a Gaga todavía sobre el piano, ahora con una máscara con antenas, cantando algunos de sus éxitos más lentos, como “Shallow” (nominada al Oscar como parte de la banda sonora de la película “Nace una estrella”, protagonizada por la artista y Bradley Cooper en 2018), “Always Remember Us This Way” (también compuesta para el filme) y una versión acústica de “The Edge of Glory”.
El final del show, por supuesto, es con otro batacazo: Gaga otra vez dándolo todo con las coreografías, rodeada de todos sus bailarines y afianzada sobre el poder de sus canciones y sus melodías. El bis es sorpresivamente “Hold My Hand” (hecha para la película “Top Gun: Maverick”) y la artista pone el broche de oro a la noche, acompañada por sus músicos y una línea de fuego sobre el escenario, con una performance vocal que recuerda que no necesita de ningún despliegue complementario para ser una estrella.