El 31 de agosto por la mañana, Dillom escribió en su cuenta de X: "quiero hacer un kilombito esta semana". Apenas unos días después, el jueves 3 de septiembre, a las 8:30, subió una historia a Instagram que decía "me desperté con ganas de noche violenta". El video que ilustraba el texto, lo mostraba a él y a su equipo en un bondi de gira, pero todavía no se develaba la ciudad a la que estaban viajando.
La primera noche violenta de Dillom tuvo lugar después de la publicación “La Nueva Violencia”, su reciente disco. En la ciudad de Buenos Aires, el 15 de agosto, tres días después de la salida del material, hizo tres shows en una noche. Comenzó en El Teatrito, después pasó por Niceto y terminó en Deseo. El formato quedó inaugurado, con la promesa de replicarse en distintos lugares del país.
Se sabe que una noche violenta arranca de día. ¿Qué son las noches violentas de Dillom? Un concepto que encierra un factor vertiginoso y sorpresivo. Hacer algo que no estaba planeado. Algo que simplemente sucedió. Un acontecimiento que suscita preguntas: ¿cómo terminé acá si mañana tengo que trabajar o estudiar? ¿Por qué estoy haciendo esto si el Excel de la vida indica otra cosa? ¿Qué hago haciendo una cola para tener un ticket físico para ir a un show que no estaba anunciado, si mi algoritmo no me indicó eso? Justamente, parte de la nueva violencia es tener una vida excesivamente planificada y pautada. Algo que mínimamente rompe el esquema, descoloca y deja pensando: ¿esto realmente pasó o es fruto de mi imaginación?
Ese vértigo también se nota en el show. Una hora y media, el disco entero, en orden, al palo. Tres canciones más, de bonus, completan una lista de 16 temas. No da respiro, sucede. La Sala de las Artes parece una cápsula perdida en un universo donde todo se digita y planea. La gente está feliz, baila, canta, exacerba ideas políticas (se escuchó “el que no canta votó a Milei” y hasta la marcha peronista). ¡Oh!, qué sorpresa estar en un recital de música y no en “una experiencia”. Es grato sentir que en la atmósfera se respira que la gente está viviendo la plena y no está siguiendo oraciones de marketing de entretenimiento en modo indicativo, sobre cómo vivir o sentir un espectáculo musical.
Entonces, ¿estaba lleno de viejos nostálgicos? Para nada. El 90% del público no superaba los 30 años. La nueva violencia también es la imposición de formar parte de todo lo digitado, atravesarlo, “ser parte de” y de vez en cuando, dejar que algo te rompa el coco y te descoloque.
>> Leer más: Dillom antes de Vélez: "Juego bien bajo presión: me agranda, me estimula y me divierte"
En el campo está lleno de pibada ultra transpirada por hacer pogo. Franco Dolzani, uno de los guitarristas de la banda que comanda Dillom, antes de tocar "Cocodrilo", hace la intro de "Isabel", de Ratones Paranoicos. Son apenas tres segundos o menos. Un instante que unió a la generación que escuchó ese tema que la banda de Juanse publicó en 1993, con la que tiene el tatuaje que protagoniza el video de la canción de Dillom. El concepto del show -y las piezas gráficas de promoción- de “La nueva violencia” son abarcativas, coquetean entre lo vintage y lo actual. Por eso ocurre que, en la tribuna, los periodistas que nos mezclamos con los fans, comentamos cosas así: “suena a Viudas e Hijas”, “parece Babasónicos”, “me hizo acordar a B52s”, “es como si Los Twist se hubieran formado hoy”, “eso fue un guiño a Pulp”, “mordió la rosa como Leo Mattioli” o “con razón St Vincent forma parte del disco”.
Pero Dillom es único, no le copia a nadie y no se sabe bien qué género hace. Es un degenerado musical, esponja absoluta que todo lo absorbe. Saca lo que estaba, lo lustra, luce de otra forma, y todos sentimos que conserva un poco de cada sabor.
Por eso también se transforma en un fenómeno popular, que tal vez no alcance lo masivo, pero que sí está dejando una huella indeleble en los pibes, las pibas y los vejetes que capturan cómo viene la mano de su propuesta artística. Además, en épocas de la ultra industria, Dillom juega en las grandes ligas siendo todavía un artista independiente. Todo lo que ocurre y se genera comienza con el equipo de trabajo que forma Bohemian Groove, su sello y managment; otro desafío más, en el contexto de negocio actual.
>> Leer más: Dillom en Rosario: el exorcismo es colectivo
Quienes hayan visto en vivo sus anteriores conceptos de los discos “Post Mortem” y “Por Cesárea”, se van a encontrar, otra vez, con algo nuevo. Es el mismo artista haciendo otra cosa. La puesta en escena es cero personalista y no tiene ningún aditivo audiovisual pomposo que llame la atención. Todo sucede a través de la banda (además de Dolzani, son Bernardo Ferrón en bajo y sintetizadores, Gringo en guitarra, Santiago Ludueña en batería, Juana Rozas y Babeblade –excelentes- en coros) y las canciones. Un combo letal y demencial, que dice un montón.
El show terminó, pero todavía hay más cosas inesperadas. Sigue todo en un after show a una cuadra. Dillom va a pasar música hasta las 2 de la mañana. Me pregunto, como Santiago Motorizado en “El mundo extraño”, qué hago en este lugar, donde todo el mundo es más joven que yo. La noche fue violenta. Cuando te quisiste acordar, pestañeaste y se hizo viernes.