Turismo

Nueva Inglaterra, al sur de la frontera, al oeste del sol, entre montañas y lagos mansos

Yendo hacia el norte desde Boston hay un paraíso donde rcorrer caminos, visitar pequeños poblados, es una experiencia que devuelve las esperanzas al viajero que huye de las desgracias cotidianas.         

Domingo 11 de Noviembre de 2012

Cada nueva vez, la carretera, que es una herida, una promesa, la menor distancia entre dos puntos, el que se deja atrás, para siempre, y el porvenir, que acaso ni se piensa, ni se intuye, una cruz en el mapa, un par de trazos gruesos y negros, una equis, que no es una cruz ni nada que se le parezca, que no es un destino, apenas la esperanza de que si se siguen las instrucciones al pie de la letra, si se avanza con paso firme, sin mirar atrás, ni siquiera por el espejo retrovisor, habrá valido la pena.

En el asiento del acompañante, un libro, que los días negros será “Al sur de la frontera, al oeste del sol” de Murakami, y los otros, que son raros y soleados, “En el camino”, de Jack Kerouac, ese que se enamora y enamora de “la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas”.

En el horizonte, la claridad de la mañana, que al norte de Boston, rodando por la I-93 N, tiene una luminosidad que no emana del sol sino de las cosas, de las paredes blancas de la iglesia que se alza en el campo, en el medio de la nada, y hace sonar sus campanas al alba; de la cerca de madera que se hunde en un bosque de pinos que a esa hora de la mañana resplandecen, como el capó de la camioneta que pasa ronroneando suavemente y que recién se deja ver cuando ya está lejos, inalcanzable. Pasan un par de horas antes en las que en la ventanilla no hay nada más que el paisaje bucólico de la campiña de New Hampshire antes de la primera parada. En la Meredith Station, la pequeña estación de servicio de techo a dos aguas que queda frente al lago Winnipesaukee, la gasolina tiene que cargarla uno mismo. No lleva más que unos minutos, el tiempo suficiente para examinar las frutas y verduras que ofrece como la gran cosa “productos orgánicos”, como si los vegetales pudieran ser otra cosa.

Del otro lado de la carretera está el muelle desde donde sale el Mount Washington, un crucero chato y largo que, si no fuera porque navega las aguas mansas de un lago, en el corazón de uno de los condados más tradicionales de Estados Unidos, daría mala espina, más si antes de abordar se conoce al mandamás del barco, Jim Morash, un hombretón con humor de perros que haría temblar al mismísimo capitán Ahab de “Moby Dick”, no a Gregory Peck, el de la película, sino al del libro de Melville.

Maldita sea, la parada dura más de la cuenta. En la pasarela que bordea el lago está Town Docks, un bar con una terraza con playa donde sirven langosta y cerveza helada que pertenece a la legendaria cadena The Common Man, una de las más antiguas y respetadas de la región. Hay unos pocos pasos hasta The Inn Mills Falls, el hotel que está frente a las aguas, una construcción victoriana que, en los meses de invierno, cobija a los esquiadores que llegan en busca de acción en las montañas nevadas.

Otra vez, la ruta, que serpentea entre bosques que en primavera, a la hora de la siesta, son verdes, ocres, amarillos, marrones, pardos, al rayo del sol, que cae a tierra impiadoso, tienen la vivacidad de los amarillos de Van Gogh y, a medida que pasan las horas y la tarde se repliega ante el avance de las sombras, se van oscureciendo poco a poco hasta volverse negros, sombras sigilosas que alargan sus brazos sobre el camino que dobla a un lado y al otro intentando escapar de su amenaza.

Hasta el Franconia Notch State Park, la próxima marca en el mapa, hay poco más de una hora de viaje. Para llegar a la angosta pasarela que se extiende en la base del monte Liberty, donde espera una de las cascadas más impetuosas y bellas de la cordillera de White Mountain, hay que atravesar uno de los pocos puentes techados que aún quedan en pie. Hay que cruzarlo caminando, como Meryl Streep y Clint Eastwod en “Los puentes de Madison”. Del otro lado esperan las altas paredes de granito y el agua que corre en lo profundo de la cañada.

En New Hampshire se respira política. Es el primer estado donde se celebran las primarias, por eso concentra la atención del país, porque sus resultados son un indicador, no el único, de la tendencia electoral. Ahí ganaron Bill Clinton y George W. Bush antes de llegar a la presidencia, lo que habla también de la independencia de criterio de los votantes, que solo son fieles a la naturaleza y a la vida al aire libre. En la carretera es común ver en la patentes de los autos el lema del estado “Vive libre o muere”.

Para llegar al Trapp Family Lodge, hay que atravesar las montañas, cruzar el río Woodsville y rodear el bosque Gordon, también hacer una parada obligada en The Woodstock Station, tomar un tentempié que, aunque se ofrece así, como una comida frugal para el camino, suele ser un almuerzo para reyes, y probar sus cervezas artesanales, el orgullo del lugar que, más allá de su nombre, no tiene nada que ver, nada, con las ondas de amor y paz del festival de rock de 1969.

Es fácil equivocar los lugares en Nueva Inglaterra, porque muchas ciudades, pueblos y parajes tienen el mismo nombre, lo que es imposible es confundir el hotel de la familia Trapp, sí, a la que dio vida Julie Andrews en “La novicia rebelde” y que se hizo famosa en el mundo entero por haber escapado al nazismo y haber cumplido el sueño americano cantando canciones tirolesas a lo largo y a lo ancho del país, en largas giras que la familia emprendía como si fuera una compañía de circo.

En el camino, otra vez. En la radio, el rock clásico de las FM locales que son capaces de mezclar, como en una licuadora infernal, el metal de AC/DC, Coldplay y los héroes de la nueva ola, Katy Perry y Bruno Mars. Nada mal, para una carretera que serpentea entre bosques sombríos y amplias extensiones de terrenos vacíos, praderas de pastos verdes y altos, ante las cuales no hace falta hacer un esfuerzo de imaginación para reconocerlas como el territorio infestado de zombies de “The Walking Dead”.

Pero no lo es, sin ser un conocedor de la región queda claro que es un lugar de veraneo. Locales de alquiler de bicicletas, restaurantes de todos los tamaños y para todos los bolsillos y atracciones insólitas, esas que solo se visitan si el clima, una lluvia inesperada, una tormenta de nieve, juegan una mala pasada y los niños se vuelven una pesadilla encerrados entre las cuatro paredes del cuarto del hotel. Ahí está el Clark’s Trading Post, un parque de osos amaestrados que los chicos festejan y los grandes sufren.

Vermont es un lugar de ensueño, un paraíso para los amantes de los deportes de invierno ya que, en las Green Mountains, una de las estribaciones más sureñas de los montes Apalaches, hay excelentes centros de esquí. Ahí está Stowe, un pueblo que solo puede existir en la mente de un escritor que conozca, como John Irvine, el corazón profundo de Nueva Inglaterra y, sin embargo, es real. Una calle, la iglesia y un gran almacén donde se puede comprar una escopeta, un cuaderno y vestidos para muñecas.

Hay que bajar a estirar las piernas, fue un largo viaje y el pueblo, que recién empieza a desperezarse, vale la pena. Son pocos los que caminan por la calle principal, los hombres, camisas a cuadros, jeans gastados, pelo corto, media americana, y las mujeres, faldas amplias, de colores apagados, zapatos sin taco y el pelo atado. No van uniformados, pero visten igual, sin matices, es la moda, la vieja usanza, como sentarse en la mecedora, en el porche a ver pasar los autos, con un té frío como única compañía.

“Yo quiero venirme a vivir acá”, es el primer pensamiento que atraviesa la cabeza, como la flecha de un mohicano, el pueblo originario de la región. Un gran error, el mismo que se comete cada vez que se ve la postal de un lugar, que ilusiona, pero después, con el correr de las horas, de los días, revela la verdad, que suele ser muy distinta a esa impresión inicial, a ese amor a primera vista. Pasa en Stowe, como en cualquier otro lugar que se imagina un paraíso y es un infierno. Pueblo chico, eso es lo que es Stowe, como la villa de Guillemo Saccomano en “Cámara Gessel”, que cuando se van las turistas, cuando el invierno arrecia, los días se hacen largos y fríos y la sudestada sopla con fuerza, la ganan los demonios. Basta que se haga de noche, que las velas eléctricas iluminen las ventanas para que el encanto desaparezca y la princesa sea lo que es, una chica que sueña con escapar tan lejos como le den los pies y las calabazas, una broma macabra de Halloween.

Antes de abandonar Vermont, Nueva Inglaterra, la campiña, hay que sacarse la duda. Se habló tanto, se escribió tanto, se los puso tantas veces como ejemplo, se dijo que son riquísimos, que no se puede dejar de probarlos, que es inevitable un desvío hasta Waterbury, la cuna de los helados Ben&Jerry, los más famosos de Estados Unidos, porque son geniales y porque sus creadores, Ben Cohen y Jerry .Greenfield, fueron capaces de transformar el sueño hippie en un gran negocio.

Ni una palabra de más, ni una, son todo lo que han dicho de ellos y más, los sabores son disparatados, “Terapia de chocolate”, “Mono forzudo”, “Cherry García”, en honor a Jerry García, el líder de Grateful
Dead, y también deliciosos. Recorrer la fábrica, ecológica cien por ciento, evoca aquel lejano 1978 cuando los creadores de la marca, hoy millonarios, pusieron en marcha el negocio en una estación de servicio abandonada y 5 dólares en el bolsillo.

Más adelante espera Killington, en la base de las montañas, la última parada antes de partir rumbo a Nueva York. Ahí está The Wobbly Barn, un típico granero de paredes altas de madera, sin ventanas, al que la agitación de la temporada de nieve convirtió en una de las discos más agitadas de la costa este. Al norte de Boston, sus noches de rock, tragos y chicas son leyenda, nadie que haya estado en el pueblo habla de otra cosa, pero está cerrado. Mala suerte, otra vez será.

“¿Qué hacer, salvo ver películas?”, la tarde languidece, en medio de la nada la canción de Charly es un antídoto liviano. Suena en el iPod, como una premonición, pero no hay un cine ni a mil kilómetros a la redonda y alquilar un DVD suena estúpido. Hay luz en el Lookouk Bar & Grill, un típico bar de carretera donde se apiña un grupo de granjeros, o al menos eso es lo que parecen, con sombreros de cowboy y chalecos de cuero, que miran fútbol americano en televisión y toman Budweiser. Come on! Un par de horas, un par de Samuel Adams más tarde, de nuevo en la ruta, la 91, que baja casi recta hasta la Gran Manzana y pasa por Springfield, que no será el de “Los Simpson” pero podría serlo, porque en sus casas, que tienen jardín al frente y muñeco de nieve en invierno, viven familias igualitas a las de Homero pero no tan amarillas.

Al final esperan los puentes sobre el río Hudson, los rascacielos, Wall St y el Central Park, pero esa es otra historia, la de la ciudad de las luces que enceguecen.

El desembarco de los pioneros del Mayflower

Nueva Inglaterra está en el extremo noroeste de Estados Unidos, en la frontera con Canadá. En sus costas sobre el Atlántico se afincaron los primeros colonos ingleses, que llegaron a bordo del Mayflower en 1920. Es una región con grandes contrastes, por un lado, está el campo, con sus tradiciones y costumbres de raigambre puritana, y por el otro, las ciudades, modernas y liberales. Boston, en el sur, concentra la actividad urbana y es un gran polo cultural.

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