Poco más de dos meses atrás trascendió que el sitio web de viajes Lonely Planet ubicó a La Florida como una de las mejores playas de la Argentina. Pero eso no fue todo, ya que a la hora de describir la ciudad donde se emplaza el balneario, la publicación internacional calificó a su área central como “una curiosa mezcolanza de impresionantes edificios de principios del siglo XX eclipsados por feos edificios de departamentos”. Con esta mirada extranjera como disparador, La Capital convocó a dos especialistas en urbanismo para problematizar la falta de armonía de la trama del centro rosarino, allí donde la construcción en altura no se detiene y tampoco las demoliciones de antiguas propiedades.
“En el ADN de nuestro modo de producir ciudad hay una falta de práctica en la capacidad de articular morfológicamente: pensamos que lo que pasa en cada parcela es independiente del contexto. Y la dimensión estética de una ciudad es una dimensión de la que conviene preocuparse”, comienza Héctor Floriani, ex rector de la UNR y ex decano de la Facultad de Arquitectura, quien agrega sin medias tintas: “Hay caos: un desorden estructural en términos de tipos morfológicos nos constituye como ciudad y como sociedad, ya que la ciudad es caja contenedora de la sociedad”.
Floriani considera que “la gente naturaliza lo que conoce y lo que ve siempre, por eso no es casualidad que sea una revista internacional la que venga a decirnos esto”. En sociedades más desarrolladas y equilibradas, con otras fortalezas institucionales y otras tradiciones de planificación urbanística, “las ciudades son más armónicas”. Aunque en Rosario, el problema no sería la edad de los edificios en cuanto a lo que puede valorarse como bello o como feo sino que el quid de la cuestión es “la coherencia, la sintaxis”.
Son ejemplos de esta ausencia de articulación los edificios de ocho pisos con muros ciegos (sin ventanas) entre paredes medianeras, junto a un único chalet también entre medianeras, o techos de estaciones de servicio pegados a construcciones de estilo que datan de principios del siglo pasado. “Eso no lo ves en Copenhague ni en Londres, tampoco en sociedades con menos desarrollo que el nuestro”, afirma el especialista.
“Nosotros no hacemos torres al igual que en Nueva York sino edificios entre medianeras donde antes había una casita: la torre en cambio tiene separación entre un lote y otro, lo que permite circulación de aire y de luz”, advierte por su parte la arquitecta Marcela Nicastro, con un master en Patrimonio Urbano, Restauración y Ciudad por la UNR y la Universidad de Valladolid (España). “No desarrollamos un sector de la ciudad y una vez que se desarrolla seguimos con otro como pasa en grandes ciudades, por caso París o Londres. Allí no es que no se construyen cosas nuevas sino que se sectoriza, mientras que en Rosario podemos construir en cualquier lado”, explica, y pide que el debate no quede entre especialistas ya que afecta a la calidad de vida de cada uno de los habitantes. “Cuando te van encajonando y tu casa queda entre dos edificios, te terminás yendo”, reflexiona.
Normativas
El desafío, apunta, consiste en “hacer una ciudad donde vivamos todos, donde los vecinos realmente participen tomando decisiones sobre su barrio, por ejemplo a través de audiencias públicas”. Para Nicastro, “es importante poner atención en las normativas”.
En ese sentido, Floriani postula que “el ordenamiento no se resuelve en el corto plazo, aunque en Rosario hay un camino distinto ya empezado” en referencia a las normativas urbanísticas que se renovaron unos 15 años atrás: “Fueron un quiebre en esta tradición tan desatenta. Pero no basta con eso, hay que hacer más. Debe haber diálogo (de los desarrolladores) con las oficinas técnicas correspondientes del municipio para producir intervenciones más armoniosas. Es bueno que haya acuerdos con las oficinas técnicas porque eso permite anticiparse a los problemas de articulación”.
Cita como un ejemplo virtuoso el caso del edificio torre de la Bolsa de Comercio ubicado en Paraguay entre Córdoba y Santa Fe, de 79 metros de altura. “Obra de un extraordinario arquitecto, Mario Roberto Álvarez, se articula de una manera muy inteligente con la torre que está al lado, que es más baja”, dice sobre el imponente inmueble bursátil inaugurado a fines de la década del 90, contiguo al Centro Unión Dependientes de Paraguay 751. Este último, a su vez, fue proyectado por los arquitectos Tito y José Micheletti y construido en 1937 por Candia e Isella.
Armonizar
Si una clave para mejorar el paisaje urbano y el hábitat es armonizar la continuidad entre viejos y nuevos emplazamientos, también lo es evitar que caigan mansiones y amplias casonas erigidas en el transcurso del último siglo, así como otros patrimonios arquitectónicos que hacen a la identidad y la historia de la ciudad, observa Nicastro. Menciona en ese sentido el local donde funcionaba el bar Jekyll & Hyde, en Mitre y pasaje Fabricio Simeoni, ya que con su demolición se perdió la última esquina sin ochava del centro en una cortada emblemática para la movida cultural rosarina desde la década del 80 (y que hasta el momento del derribo permanecía intacta como conjunto).
“Hay tramos urbanos que van desapareciendo. Desde 2004 con el boom sojero y otros factores que ahora se visibilizan más, como el lavado de dinero, la vivienda dejó de ser un bien de uso para transformarse en un bien de cambio, mercantilizado”, añade la profesional, y señala que a eso obedece la tendencia a proyectar edificios de un solo dormitorio y ahora de monambientes. “En general lo que se construye, como es para inversión, no presenta buena calidad constructiva ni desde el punto de vista del diseño”, acota Nicastro, quien también se desempeñó en la Municipalidad en las áreas de Planeamiento, Servicio Público de la Vivienda y Obras Públicas.
“Los dueños de las casas que se terminan tirando abajo alegan mayormente que se deshacen de ellas porque no las pueden mantener. En principio quedan abandonadas y los vecinos se quejan por las ratas, las alimañas. Luego se venden directamente como terreno. Parece que la propiedad privada sólo genera derechos y no obligaciones, pero la principal responsabilidad de un propietario es mantener la vivienda en estado de habitabilidad, en condiciones”, subraya la profesional, reclama que el municipio controle este tipo de situaciones y se pregunta cuál es la necesidad de construir a gran escala en una ciudad que hace décadas no tiene un crecimiento poblacional que lo justifique.