Esta semana se conoció el femicidio de Melani Juarez, una chica de 21, que recibió 14 puñaladas en la habitación de la pensión donde vivía en Barrio Martin de Rosario. Aunque el crimen se produjo la madrugada del domingo, la noticia se supo casi dos días después cuando la familia se acercó al lugar por no ver actividad en las redes sociales de la joven ni tener respuesta a los mensajes que le habían enviado.
Desde hace varios años observamos con más o menos estupor el asesinato de varones adolescentes en los distintos barrios de la ciudad de Rosario. Ese paisaje cotidiano se traza en el cuerpo de pibes –de entre 15 a 25 años– que en su mayoría integran alguna banda narco acostumbrados a dirimir sus conflictos a los tiros.
¿Pero qué pasa con las chicas que viven en esos barrios? ¿Cómo habitan sus territorios? ¿Cómo sobreviven a las violencias comunitarias? ¿Qué hay de los abusos intrafamiliares que muchas veces las expulsan de sus propios hogares? ¿Qué buscan cuando migran al centro? ¿Con qué sueñan? ¿En qué espejo se miran y cual quieren romper a pedazos para construirse una imagen propia?.
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Foto: Leo Vincenti / La Capital
De las trayectorias de las pibas de los barrios poco sabemos. Desconocemos las subjetividades que las moldean. Casi no existe un dato duro que las identifique. Cuando le ponemos cara y nombre propio es porque desaparecen de su casa y una selfie sacada frente al espejo antes de salir a bailar se comparte en todas las redes sociales. Recién ahí nos preguntamos por su derrotero.
¿Querrán despegarse de los modelos de feminidad de sus madres y abuelas? ¿Querrán ellas ser madres alguna vez? ¿Qué les pasará con los mandatos laborales asignados? ¿Irían a limpiar las casas de los otros? ¿Y qué hay de las tareas de cuidado que desde chicas conocen bien porque saben lo que es quedar al cuidado de sus hermanos menores? ¿Cómo viven su sexualidad? ¿Saben más del abuso que del disfrute con consentimiento?
Melani era bailarina y tenía varios perfiles en Instagram donde mostraba sus dotes de danza. Todavía se pueden ver ahí parte del backstage del videoclip de un rapero rosarino, una rutina de perreo o su entrenamiento casi diario de pole dance.
"El televisor estaba encendido en su volumen máximo. Así había permanecido durante el ataque a puñaladas y las 36 horas siguientes. Que nadie lo haya notado confirma que la violencia machista no sólo acontece sino que necesita de una comunidad capaz de alojarla" "El televisor estaba encendido en su volumen máximo. Así había permanecido durante el ataque a puñaladas y las 36 horas siguientes. Que nadie lo haya notado confirma que la violencia machista no sólo acontece sino que necesita de una comunidad capaz de alojarla"
En las primeras notas a los medios tras el femicidio sus hermanas contaron que lo único que quería era ser bailarina en el programa de Marcelo Tinelli y para cumplir ese sueño se ejercitaba. Su madre la recordó como una chica estudiosa y una alumna excelente que le dio clases de apoyo a casi todos los niños del barrio. La mujer lamentó las discusiones que los últimos años tuvo con su hija por los videos que la chica subía a las redes con muy poca ropa. Y hasta se lamentó: “Quizás si yo la hubiese apañado no terminaba así”. Aunque remarcó que fueron las malas compañías las responsables de cómo terminó su vida.
Chicas en banda. Derivas de las adolescentes en las nuevas periferias urbanas (UNR Editora) se llama la investigación de Juan Pablo Hudson publicada en 2020. En el año 2019 escuché al autor en una conversación donde ya anticipaba el tema.
Fue en el marco de las jornadas sobre Justicia Restaurativa organizadas por la Defensoría de Niñas, Niños y Adolescentes de la provincia de Santa Fe. En aquella oportunidad Hudson contaba parte de la experiencia –que luego se convirtió en libro– realizada en el Bajo Flores (zona sur del barrio Flores de la ciudad de Buenos Aires) con chicas adolescentes de entre 13 y 17 años que intempestivamente huían de sus hogares, a veces captadas a través de las redes sociales.
Más controladas por los adultos y con menos libertades que los varones que sí tenían el permiso de andar los pasillos de la villa o de sentarse tarde y noche en la esquina, las pibas de las que nos hablaba Hudson, “yéndose de su casa transgredían el asfixiante encierro de lo doméstico (al que estaban sometidas por ser mujeres) para moverse con cierta autonomía”. Aunque muchas veces esas fugas implicarán quedar a merced de otra puja también territorial (distinta pero tan riesgosa como la de los pibes): la del consumo de sus propios cuerpos.
En aquella conversación (que se puede leer en la publicación digital de esas jornadas) Hudson sostenía que el mundo adulto encarna dos visiones acerca de los y las jóvenes, las cuales con sus diferencias implican un riesgo casi idéntico para entender la complejidad de sus movimientos y vivencias. “Si la visión vitalista –en su versión cínica– se desconecta de las chicas en la medida en que siempre considera que actúan por su libre voluntad, la visión disciplinaria choca y se aleja de ellas porque solo quiere limitarlas y encerrarlas”, explica el autor. Y plantea que es preciso salir de esas dos posturas binarias y apostar a construir otro tipo de adultez a través del vínculo con ellas.
Vale decir que hablamos de una población joven, la de las mujeres, no sólo poco estudiada sino casi nunca contemplada por el Estado en el diseño de las políticas públicas en su mayoría carentes de perspectiva de género.
Como Melani, aún siendo víctimas, las pibas terminan moralizadas y disciplinadas desde el discurso social que los medios de comunicación refuerzan por su sexualidad y el uso de su imagen en redes sociales. Rápidamente son ellas las juzgadas en su vitalidad y sus transgresiones.
Según las crónicas policiales, cuando entraron a la habitación de Melani su cuerpo estaba desnudo y ensangrentado. Pero además se mencionaron dos detalles que al menos a mí me interpelaron.
El televisor estaba encendido en su volumen máximo. Así había permanecido durante el ataque a puñaladas y las 36 horas siguientes. Que nadie lo haya notado confirma que la violencia machista no sólo acontece sino que necesita de una comunidad capaz de alojarla.
En un rincón del cuarto había una bicicleta con una mochila de Rappi (tal vez la plataforma emblema hoy del capitalismo más brutal) que era el precario empleo que la joven mantenía luego de quedar desocupada durante la pandemia. Muestra de que la vulneración económica golpea fuerte a las mujeres jóvenes y sobre todo pobres y que funciona casi siempre como caldo de cultivo para que sucedan el resto de las violencias.
Si los femicidios son la expresión más salvaje de la violencia de género no podemos perder de vista todo el iceberg y su contexto. Y esto significa que el Estado no sólo se haga presente en la prevención de las violencias sino que tenga un abordaje integral para garantizar desde antes las trayectorias de estas chicas. Acompañando un proyecto de vida, genuino y respetuoso de sus intereses y deseos, si esto es bailar para escapar al mandato femenino del hogar.