La muerte está acostumbrada a transitar por los pasillos de “La U”, en el denominado Cordón Ayacucho del barrio Tablada. Así fue, es, y de acuerdo al relato de los vecinos parece que continuará. “Acá hace rato que no se puede vivir más. Las balaceras son a cualquier hora del día o de la noche. No les tiembla la pera a la hora de disparar. El principal problema es que en esta zona, por todos lados, hay búnkeres de drogas. En cada pasillo hay uno que vende”, explicó una vecina de Ameghino al 200, la cuadra que fue escena de un nuevo crimen en el barrio.
Ocurrió este jueves alrededor de la 1 de la mañana cuando tres hombres armados ingresaron al pasillo de Ameghino 220, caminaron unos 40 metros hasta la puerta de un supuesto aguantadero en cuya puerta hay una inscripción que reza “La muerte” con el improvisado dibujo de una bala, y al grito de ¡policía! irrumpieron a sangre y fuego con una pistola calibre 9 milímetros. A Hugo Ortiz, de 48 años, lo acribillaron en la cama en la que descansaba; otro hombre de 33 años recibió un balazo que le motivó la fractura expuesta del peroné izquierdo; y un muchacho de 21 años logró escapar por los techos. En la escena los peritos de la Agencia de Investigación Criminal recogieron 14 vainas servidas y tres plomos calibre 9 milímetros.
En lugares como Ayacucho al 4300 o Ameghino al 200 el extraño debe decodificar lo más rápido que le permita su pensamiento en qué escenario se está moviendo. El local ya lo sabe, pero el foráneo no y es muy fácil “quedar regalado”. En un paredón ubicado frente al pasillo donde ocurrió el homicidio una pintada lo advierte: “Bienvenidos al barrio de Alan Funes. Entrá si querés, salí si podés”. Hace referencia al miembro de una familia que mantiene hoy el más alto perfil en las calles de la zona sur. Preso en la cárcel federal de Marcos Paz, Alan cumple condenas por un homicidio, narcotráfico y sobre él pesa una serie de acusaciones por otros delitos graves. En ese sector de la ciudad se lo reconoce como un peso pesado cuya mención mete miedo.
Hasta poco tiempo antes de ser detenido, en enero de 2018, Alan Funes vivió sobre Ayacucho al 4300, a pocos metros de Uriburu. Frente a la casa en la que vivía con su padre Jorge, su madre Mariela Miranda, y sus hermanos, el viernes 11 de marzo de 2016 ocurrió un hecho de sangre que hizo volar por los aires la vida de la familia. Mariela fue asesinada salvajemente por balazos disparados por dos hombres desde una moto.
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Ese hecho dio inicio a una feroz guerra entre los Funes y la banda comandada por Alexis Caminos, heredero de quien fuera jefe de la barra brava de Newell's Roberto “Pimpi” Caminos. La pelea se prolongó por más de dos años y tuvo un saldo de una treintena de asesinados, entre ellos dos hermanos de Alan: Ulises y Jonatan Funes. Sólo sobrevivió Lautaro “Lamparita” Funes, quien también está preso.
Por el crimen de Miranda fueron condenados Alexis Caminos y su primo Juan Manuel “Juanchi” Almada. “Nadie esconde las cartas en el barrio. Pintan las paredes porque quieren que todos sepan quien es el que manda”, explicó un vecino de la zona de las pintadas
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"La muerte" y el dibujo de una bala en la puerta de la tapera.
Si bien Ortiz fue señalado como el principal morador de la vivienda del pasillo de Ameghino 220, que a simple vista tiene toda la impronta de ser un aguantadero, ninguna de las tres víctimas del ataque tenía residencia declarada oficialmente en el lugar. Ortiz tenía domicilio en Ayacucho al 4300 y tras ser asistido en el lugar falleció en el Hospital de Emergencias a poco de ingresar con varios impactos en el tórax y los brazos. Sergio Javier Sebastián V., de 33 años y herido en la pierna izquierda, tiene domicilio declarado a unos 200 metros del lugar donde fue atacado y fue derivado al Hospital Provincial. Y el único que salió ileso del ataque, un muchacho de 21 años, vive a unas 15 cuadras del lugar de la irrupción letal. Los dos primeros tienen prontuario abierto con anotaciones judiciales de poca monta. Y sobre el domicilio de Ortiz hay constancia de un ataque a balazos del pasado 17 de julio.
Todo el recorrido que hicieron los sicarios quedó grabado por balazos en las paredes de canto de ladrillos huecos. La puerta de ingreso a la tapera tenía del lado del exterior el dibujo de una bala y la inscripción “La Muerte” y del lado interno la frase “San La Muerte”. El patio de la precaria propiedad estaba cubierto de basura y tenía pocos muebles y una sola cama sobre la cual fue ejecutado Ortiz.
Pero este crimen no puede leerse sólo en su ejecución, sino que hay que observarlo en el contexto de un territorio ganado por la narcocriminalidad en las últimas tres décadas al menos, el consecuente aumento de la violencia que trajo aparejada la pelea por el control de las calles y la baja de edad en los protagonistas, tanto de tiradores y como de víctimas. Un año atrás, con la misma dinámica, en una semana dos mujeres fueron ejecutadas.
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El 7 de julio de 2022 Elvira Ramona “Colo” Toledo, una joven de 27 años que había llegado desde Rafaela a vivir en barrio Tablada, fue asesinada a balazos en un pasillo de Garibaldi al 200. La mujer venía arrastrando desde Santa Fe, donde también había residido, una historia vinculada a la venta de drogas por la cual estuvo al borde de la muerte en julio de 2021 al recibir un balazo en la cabeza. Al mudarse a Rosario, según fuentes de la investigación, comenzó a vender en uno de los búnkeres administrados por Alan Funes.
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Ameghino 220. En una tapera en el pasillo fueron atacados a balazos tres hombres, uno de ellos Hugo Ortiz.
Foto: Celina Mutti Lovera.
Tres días después del homicidio de Toledo fue asesinada otra mujer. A Vanesa Arredondo, de 39 años, la ejecutaron a balazos en Ameghino al 200 a las 3.20 de la mañana, a la vuelta de donde había ocurrido el crimen anterior. Sus familiares contaron que ante el asesinato de Toledo, la mujer avisó a sus allegados que no era a ella a quien habían matado ya que se había generado confusión. “Se ve que tenía miedo”, dijo un familiar a este diario. Si bien sobre este caso por el momento no trascendieron posibles trasfondos, se trata de una zona en la que el narcomenudeo está bajo el control de René Ungaro y que ya fue escenario de varios crímenes.
Tras los asesinatos de las dos mujeres, el escueto territorio de referencia dejó de aportar víctimas fatales, lo que no implicó que se hubiera tranquilizado. El lunes pasado a la noche cuando Gabriel O., de 29 años, estaba en la puerta de su vivienda de Ameghino y Ayacucho, fue sorprendido por dos hombres que, sin mediar advertencia, lo atacaron a balazos. La víctima fue asistida por un vecino que lo subió a un auto particular y lo trasladó hasta el Hospital Roque Sáenz Peña desde donde lo derivaron al Hospital de Emergencias Clemente Alvarez. En el lugar del ataque fueron recolectadas dos vainas servidas y una ojiva deformada. El capítulo siguiente a la saga de violencia puesta bajo la lupa fue la ejecución de Ortiz, que es investigada por el fiscal Adrián Spelta.