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El rol de organizador de Cañete —a quien hace dos semanas le imputaron un concurso de delitos que prevén más de 30 años de prisión— no le quita protagonismo a Claudio “Morocho” Mansilla, señalado desde el principio como financista de la fuga y aún prófugo con un pedido de captura internacional. Además de gerenciar desde su celda una banda en barrio Santa Lucía, también era el delegado y jefe del pabellón 14 donde convivían los evadidos.
“Tengo la banca del uno. Está todo más que bien”, dijo Cañete en un mensaje del viernes 25, dos días antes del escape, en lo que se interpreta como una clara alusión a Morocho. Quien por esos días afrontaba un juicio oral en el que terminó condenado a 25 años de prisión por un doble crimen de septiembre de 2018. Los fiscales creen que, sobre la base de un plan común organizado por el “Mono” Cañete, cada uno diseñó su propia ruta de salida. La de Cañete se abortó esa medianoche. La de Mansilla aún se desconoce.
Para la acusación, quienes se encargaron de la logística fueron cinco personas del riñón de Cañete, de las cuales dos no fueron detenidas aún. Entre ellas ubican a Elisabet Eliana A., quien conducía el Honda, y Rodrigo Leonel G., quien iba como acompañante. Habían sido imputados hace dos semanas, están en prisión preventiva desde entonces y ayer volvieron a ser citados a audiencia. Se precisaron roles y delitos. Con el “recién llegado” Franco C. fueron acusados de haber favorecido la evasión en el marco de un plan común junto a otro participante del que sólo se conoce su sobrenombre de “Guachín”.
Según precisó la investigación, pasadas las 17 de la tarde del domingo 27 de junio Guachín llegó al volante del Peugeot 3008 negro a las inmediaciones del penal en compañía de Franco C. y Rodrigo Leonel G. vistiendo “pasamontañas, capuchas y una máscara de utilería”. Con ellos estaba Walter Ezequiel Soraire, provisto de una amoladora portátil, quien murió con un balazo en el rostro durante el tiroteo con los gariteros.
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El conductor se quedó en el auto con las puertas y el baúl abiertos. Los demás bajaron con cinco armas de fuego. “Había más armas que personas”, sopesó el juez Nicolás Foppiani sobre esa imagen del ingreso. Un celador observó que dos de los intrusos corrían con dos armas de puño cada uno y además uno tenía colgada una ametralladora. Llevaban un revólver calibre 38, una pistola ametralladora FMK3 calibre 9 milímetros, una pistola .380 y otra calibre 11.25. Desde que Soraire rompió el cerco perimetral de la cárcel con la amoladora empezaron los tiros contra los centinelas en las garitas.
Luego corrieron más de 100 metros en paralelo al cerco a medida que superaron a los tiros cuatro garitas y realizaron otras dos perforaciones en alambrados interiores, mientras los presos arrojaban piedras y escapaban del patio del pabellón 14 para recorrer el camino inverso. Con once personas en su interior, el auto avanzó hasta el kilómetro 3.6 de la ruta 14, donde algunos presos hicieron trasbordo al Honda Civil azul. Se cree que el resto partió en uno o dos autos más. Además de Mansilla hay otros dos prófugos.
Por los mensajes recuperados se sabe que el Honda siguió camino hasta Pérez, donde dejaron a Cañete y a Rojas “cerca de un campito”. “Ya los dejé a los pibes en Pérez”, dijo “Eli” A. en un mensaje de las 17.49. Luego el auto se dirigió a Casilda. El aún prófugo Martín Cartelli, un preso de 48 años con fugas previas, condenado a 13 años por robos y considerado un “maestro del engaño” a la hora de dar nombres falsos, es oriundo de esa ciudad.
Cerca de las diez de la noche el Honda volvió a Pérez, levantó a Cañete y a Rojas y se encaminó a Soldini, donde fue interceptado a la medianoche. Tras una persecución, a las 0.50 del lunes el auto detuvo la marcha en Cabín 9. El organizador salió de su escondite en en el baúl y resignó su breve sueño de libertad junto a un revólver 38 y dos pistolas 9 milímetros.
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Para los fiscales, el del engaño es también un rasgo de “Mono” Cañete, de 35 años y condenado por robos de bancos “con mucha escenificación, personas que se hacían pasar por paralíticas, muñecos, pelucas, lo que tiene mucho que ver con esta fuga que fue casi cinematográfica”, comparó el fiscal Edery. Uno de los facilitadores que entró a tiros a Piñero llevaba una máscara de goma que quedó el pasto. Era una grotesca careta de mono. Como el apodo del organizador.
Cañete cargaba con una condena a 19 años de cárcel y su especialidad fueron los robos de bancos, tres de ellos cometidos en 2015. El 27 de agosto de ese año cayó tras un ingenioso golpe al Credicoop de Pérez. “Era el principal interesado en que se realice la fuga y fue organizando el hecho con personas que estaban afuera”, dijeron los fiscales.
“Ahí te doy la plata para la nafta”, “¿necesitás plata?”, “estamos sobre la hora”, “amigo, vamos a activar”, “tiene que estar organizado y ser mejor que nunca”, “se usan al menos tres vehículos”, “ya estamos bajando todo”, son algunos de los mensajes intercambiados entre los que Cañete promete: “Amigo, no se va a suspender, vamos a estar todos, no se va a bajar nadie, yo te doy mi palabra”.
Según se planteó en la audiencia, el plan de fuga requirió de una sincronización muy ajustada. El camino de patrulla que bordea la cárcel es recorrido por dos guardias que tardan 45 minutos en dar la vuelta. Los presos debieron conocer ese dato e informar a sus rescatistas, quienes a su vez fueron dando cuenta de su localización a medida que se acercaban. Es que mientras los facilitadores rompían el primer hueco en el cerco, los presos del pabellón 14 debían hacer lo propio con el alambrado del patio. El último audio que envía “Caponi” a Cañete es elocuente: “Entrando, amigo, entrando”, grita, y se escuchan los tiros de fondo.
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Esa logística contrastó, para los fiscales, con cierta torpeza en la mano de obra. Los asistentes externos son personas que _a excepción de Soraire_ se conocían entre sí, marcadas por el consumo de drogas y “muy jugadas”. Conocedor de esos rasgos, Cañete incluso les pidió que al trabajo lo hicieran “de cara”: “Cómanse un asado y tomen una gaseosa”, aconsejó en la previa. Y llegó a quejarse por la falta de profesionalismo de los muchachos: “Carguen el teléfono, no pueden hacer esto así”.
A último momento el grupo sumó a Soraire, a quien aluden como “el pibito”. Un joven adicto de 29 años que estaba fuera del radar delictivo, contratado al parecer porque había trabajado en la construcción y sabía usar una amoladora. Al encargado de cortar el alambrado, que dejó su vida la cárcel, le ofrecieron el trabajo por 25 mil pesos aunque le dieron algo más _27 mil_ que cobró por anticipado con la preocupación de acercarle el dinero a su familia.
Los tres acusados como colaboradores quedaron en prisión preventiva por delitos como favorecimiento de evasión, portación de armas, resistencia a la autoridad y encubrimiento. En el caso de Candia, el quinto recapturado luego de que una vecina alertara a policías de un patrullero, fue acusado de evasión agravada. “Ya está, jefe. Ya perdí, llevenmé”, dijo el condenado por robo antes de volver a prisión.
Por “aguantar” a Candia en un pasillo de Villa Moreno, otra mujer llamada Elisabeth A. quedará por noventa días en prisión domiciliaria por encubrimiento. Angel Ezequiel Ojeda, quien estaba en la causa y aclaró que no vivía allí, quedó en prisión preventiva por encubrimiento pero además estaba evadido de Piñero, donde cumplía una condena a 7 años y 8 meses de prisión de la que no había regresado tras una salida transitoria del 4 de julio. Era, como Candia y el resto de los evadidos, un interno del pabellón 14.