OPINIÓN

El odio, la violencia y lo falso en la comunicación

Un fenómeno peligroso que complica a medios digitales y redes sociales

Sábado 17 de Julio de 2021

Uno de los debates que no están saldados todavía en los medios de comunicación es en relación a los comentarios de los lectores en los portales de noticias o en las redes sociales sobre las distintas notas que se publican. Hay diferentes modalidades para que ese diálogo con el lector no se convierta en una relación a veces algo tóxica.

En un principio la rápida respuesta de una persona sobre un tema determinado adquirió mucho valor pero con el tiempo ese vínculo se fue distorsionando con la masiva participación de perfiles anónimos o falsos que contaminaron esa extraordinaria realimentación comunicacional, sólo posible por el desarrollo de Internet y los medios digitales.

Muchas personas acuden a la falsificación de la identidad o a nombres de fantasía para expresar opiniones que no se animarían a pronunciar en público y que por su carácter extremadamente agresivo seguramente las reprimen en su vida cotidiana. Es algo así como lo que se veía en las canchas de fútbol en tiempos de normalidad. Todo el recato y respeto de una persona en su vida profesional y familiar puede trasponer el umbral de la represión y sacar a ventilar la violencia contenida por propias frustraciones personales. Se libera, insulta al juez del partido y a los rivales y hasta discute con simpatizantes de su mismo equipo. También la liberación de la violencia puede llegar al delito y la agresión explícita.

Además, apareció hace tiempo un nuevo fenómeno: influir en los medios digitales de la mano de los llamados “trolls”, que no son otra cosa que grupos de personas organizadas y pagadas que con perfiles falsos intervienen en los portales digitales y las redes sociales con intencionalidad política. Es sabido que son utilizados por los partidos políticos de todo el mundo con el propósito de impulsar a sus candidatos, denostar a los opositores e instalar noticias falsas sobre distintos temas. Los millones de personas conectadas a través de las redes sociales hacen de esa estrategia política un valor fundamental en las campañas electorales.

En las redes sociales como Facebook, Twitter o Instagram la responsabilidad final de lo que se publica es de la empresa que ofrece el servicio. Por eso, al ex presidente de los Estados Unidos Donald Trump le suspendieron sus perfiles porque consideraron que sus mensajes incitaban a la violencia.

En la Argentina los medios digitales adoptan distintas modalidades para tratar de que el tráfico no se contamine con basura tóxica y que la retroalimentación comunicacional tenga valor y enriquezca el debate. Algunos medios, solo digitales, tienen cerrados por completo la posibilidad de comentar sus notas. Otros que tienen plataformas en papel y en la web también siguen esa conducta. Y algunos permiten los comentarios sólo al grupo de suscriptores, con lo que el autor del comentario está identificado y deja de ser anónimo.

En Estados Unidos, el diario The New York Times emplea el sistema de moderadores, es decir que responsables del área de los mensajes de los lectores editan los contenidos. Otra modalidad es la del diario The Washington Post, que permite leer libremente los comentarios de otros lectores, pero para escribir un mensaje exige la registración del autor. El diario británico The Independent sólo permite comentar las notas a sus suscriptores, lo mismo que la publicación alemana Der Spiegel.

En España, el diario El País ha variado varias veces su política sobre los comentarios de los lectores. En la actualidad modera los mensajes para erradicar la violencia verbal y aportar al debate de las ideas. Pero antes pide la identificación con nombre y apellido del emisor del mensaje. Y establece estas normas: “Son bienvenidos todos los comentarios de los lectores que contribuyan a enriquecer el contenido y la calidad de la página web. La discrepancia y el contraste de pareceres son elementos básicos del debate. Los insultos, ataques personales, descalificaciones o cualquier expresión o contenido que se aleje de los cauces correctos de discusión no tienen cabida”, advierte el diario madrileño a quienes quieren hacer conocer sus opiniones sobre determinados temas.

En realidad, no hay una fórmula general para responder a la creciente participación del público que garantice autenticidad y fomente el debate respetuoso porque ese vínculo genuino entre el medio de comunicación y sus lectores está eclipsado por su uso con fines políticos o económicos que atenta contra esa herramienta comunicacional maravillosa.

El semiólogo y escritor italiano Umberto Eco (1932-2016), un gran analista de las redes sociales y el impacto en la opinión pública, había sido muy duro a la hora de calificarlas: “Las redes sociales les dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”, le había dicho al diario italiano La Stampa.

Sin embargo, en un discurso en la Universidad de Turín reconoció que hay algo positivo: “Pensemos en China o en Erdogan. Hay quien llega a sostener que Auschwitz no habría sido posible con Internet, porque la noticia se habría difundido viralmente”, consideró.

Eco era tan riguroso con la información que en la edición española de uno de sus últimos libros, “El Cementerio de Praga”, hizo corregir un error de la versión original en italiano: el nombre de una calle de París estaba equivocado porque para la época que la mencionó ya tenía otra denominación de acuerdo a los planos antiguos de la ciudad que había consultado.

¿Cómo encontrar un balance armónico entre el medio de comunicación y la respuestas de sus lectores?

No sólo los comentarios de los lectores atraviesan por profundos interrogantes sobre su utilidad pública cuando se trata de influir en los contenidos o intervenir maliciosamente. La misma información que no parte de los medios tradicionales y se distribuye en las redes como verdades reveladas es peligrosa porque influye en el receptor, que no siempre tiene posibilidad de discernir o interrogarse sobre la veracidad de lo que se le ofrece. Precisamente, Eco advertía sobre este fenómeno en una serie de entrevistas con los diarios españoles El País y ABC: “Internet puede haber tomado el puesto del periodismo malo. Si sabes que estás leyendo un periódico como El País, La Repubblica, Il Corriere della Sera –explicó– puedes pensar que existe un cierto control de la noticia y te fías. En cambio, si lees un periódico como aquellos ingleses de la tarde, sensacionalistas, no te fías. Con Internet ocurre al contrario: te fías de todo porque no sabes diferenciar la fuente acreditada de la disparatada”.

Eco fue aún más allá en su diálogo con el periodista: “Piense tan solo en el éxito que tiene en Internet cualquier página web que hable de complots o que se inventen historias absurdas: tienen un increíble seguimiento, de navegadores y de personas importantes que se las toman en serio. Hace un tiempo se podía saber la fuente de las noticias: agencia Reuters, Tass, igual que en los periódicos se puede saber su opción política. Con Internet no sabes quién está hablando. Usted es periodista, yo soy profesor de universidad, y si accedemos a una determinada página web podemos saber que está escrita por un loco, pero un chico no sabe si dice la verdad o si es mentira. Es un problema muy grave, que aún no está solucionado”, explicó.

En ese marco se inscribe este caso: durante la campaña electoral entre Hillary Clinton y Donald Trump un hombre armado entró a los tiros en una pizzería en Washington DC para aniquilar una presunta red de prostitución infantil que supuestamente se escondía en la trastienda del local y era regenteada por Hillary. En realidad, lo que había ocurrido fue que el atacante estuvo motivado a actuar por cuenta propia por una noticia falsa que circuló bajo el “hashtag” de “pizzagate”. La “fake news” aseguraba que en el lugar, además de pizzas, había túneles subterráneos donde se practicaba pedofilia. La información inventada fue compartida en todas las redes, incluso por los partidarios de Trump que no la verificaron. También se difundió un video en YouTube con esa misma falsedad que fue visto por unos cien mil usuarios.

Este mundo mediático plagado de falsedades y anonimatos es un fenómeno complejo de los nuevos tiempos que merece seguir siendo analizado con mucha atención.

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