La chica de la boutique en Roldán: "De cada negocio hice amigos que conservo"
Ana Gloria Hardie, que vive en Roldán, hizo de todo: fue y es empleada administrativa, tuvo una fiambrería, una verdulería y un bar, hizo empanadas e importó ropa italiana para boutiques
Ana Gloria Hardie en su casa de Roldán: "En cada uno de mis negocios hice amigos que conservo"
Ana Gloria Hardie, una trotamundos del trabajo y de la amistad, vive hace cinco años en el barrio Cotos de la Alameda, de Roldán, donde con su esposo construyeron su casa hace 25 años, luego de que comenzaron a invertir sus ahorros en terrenos y en viviendas de otras zonas de la ciudad.
La chica de la boutique
Grandes ojos claros, cabello rubio largo, tostada, flaca y alta, Ana habla con pasión casi una hora con La Capital en una oficina de la inmobiliaria rosarina donde trabaja hace 18 años. Vestido blanco y negro, saco blanco y sandalias cremita, esta rosarina por adopción que vive en Roldán desde la pandemia es una luchadora del mundo del trabajo, donde desarrolló los más diversos “oficios terrestres”, como decía Roberto Arlt: fue empleada de una concesionaria de autos en su Ayacucho natal -en el sudeste bonaerense-, y en Rosario hizo de todo: cocinó empanadas, tuvo una fiambrería en barrio Martin y otra en el centro, una verdulería en el centro y un bar en el pasaje Fabricio Simeoni, importó ropa italiana para las boutiques y fue empleada en una clínica odontológica hasta llegar a su actual empleo como vendedora inmobiliaria.
Nacida el 30 de noviembre de 1959 en Ayacucho, un pueblito del sur bonaerense donde la vida transcurría en cámara lenta, Ana Gloria Hardie es hija del ama de casa Gloria y del empleado municipal y pequeño productor rural Diego Hardie. “Soy descendiente de irlandeses. Mis padres fallecieron muy jóvenes, a los 60 y pico. Mi papá trabajaba en la municipalidad y tenía un pedacito de campo,que explotaba junto con mi mamá. Mi bisabuelo era irlandés, pero no sé exactamente cuando inmigró, lo que sé de la familia es que tenían campo y que todos trabajaban en el campo” se presenta en sociedad.
-¿Cómo era Ayacucho en la década del 60?
-Ayacucho está en el sur de la provincia de Buenos Aires, a 72 kilómetros de Tandil y a 150 de Mar del Plata. Era un pueblo muy tranquilo. Es una zona muy linda, una zona ganadera, especialmente de cría de vacas, donde hay muchas cabañas. Vivir en esos pueblos es como vivir en un country.
-¿Cómo fue tu infancia?
-Tuve una infancia muy linda porque somos muchos primos. Entonces la reunión familiar era en mi casa porque era la más grande. Los domingos venía la tía Antelia, que había quedado viuda muy joven, con cuatro hijas. Antes se acostumbraba ir al cementerio, entonces íbamos con ella todos caminando hasta la otra punta del pueblo. Para nosotros era un paseo. Además jugábamos con nada porque antes no había juguetes como ahora. Jugábamos a hacer una casita arriba de la higuera. Y después éramos todos muy unidos Es más, la relación con mis 10 primas es como de hermanas porque nos criamos juntas. Y seguimos la relación y nuestros hijos también la siguen, que es muy importante.
-¿Cómo eran aquellos domingos?
-Nos juntábamos los domingos en casa, en invierno mi mamá hacía pastas y en verano mi papá hacía asado, era especialista en hacer un cordero o un lechón.
-¿Cómo era la vida en Ayacucho?
-El pueblo tenía mucho movimiento en todo lo relacionado con el campo. Ayacucho es un pueblo antiguo, por ejemplo la Farmacia Orfila, que eran era una familia retradicional, ocupaba media manzana, sigue estando y tiene como 150 años. El Hotel Comercio, de la familia de la ex mujer de mi esposo, también tiene como 150 años. Está a 50 metros de la plaza, tenía caballerizas y sigue en pie. En mi época muchos jóvenes se iban a estudiar a La Plata. Después con los años empezaron a ir a Mar del Plata o a Tandil, que tenían veterinaria e historia. Y después algunos vuelven y otros no.
-¿Y cómo siguió tu vida?
-Hice la secundaria en la Escuela Nacional Normal, que era la única que había, pero en esa época el Nacional era una escuela muy buena, era como una universidad y los que habían hecho primaria en ese colegio, el secundario lo hacían de taquito. No es así ahora. Ahora el tema de la educación ha cambiado un montón, inclusive las escuelas nacionales que antes eran maravillosas, han dejado de serlo.
-¿Cómo es un típico pueblo de campo?
-En mi pueblo para sentarte en un lugar y decir que tenés campos, tenés que hablar de miles de hectáreas porque es distinto que acá, porque la producción es otra. Allá hay muchos campos con distancias muy grandes, por ejemplo, entre Buenos Aires y Tandil, los Pereyra Iraola tenían miles de hectáreas. Ayacucho es el pueblo de los Solanet, que son los criadores de Gato y Mancha, los caballos criollos que fueron desde Argentina a Estados Unidos por tierra, y hoy esos caballos están en Luján. El caballo criollo es más retacón, un caballo más de fuerza, muy argentino. Son de la Estancia El Cardal, que es maravillosa, que sigue estando en la misma familia. Son familias muy tradicionales que hacían mucho por el pueblo.
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, el hospital del pueblo, que es un sanatorio que tiene su parte pública y los que tienen obra social tienen su parte privada, pero es el mismo hospital, que se llama Doctor Pedro Solanet, que que era hermano de este Solanet que tenía la cría de los caballos criollos. Ellos donaron al hospital y hoy siguen nietos y bisnietos siguen comprometidos con la sociedad, ayudando y y participando. En mi pueblo se hace la Fiesta Nacional del Ternero, que también nació con los Solanet, y los Araoz, que eran también familiares. Es más, dos hijas de Emilio Solanet, que era el dueño de El Cardal, viven, tienen 95 años y siguen participando de un montón de actividades sociales.
-¿La gente del pueblo trabajaba en el campo?
-Yo tenía muchísimas compañeras que sus papás eran encargados en los campos, que trabajaron, que vivieron toda la vida en ese campo que no era de ellos, pero que tenían su casita en el pueblo, su auto. ¿Sabes lo que pasa? Tenían sueldo y además les pagaban lo que allá se llaman “los vicios”.
-¿El vino y los cigarrillos?
-No, no, los vicios es la comida. Hay estancias que tenían, por ejemplo la Estancia del Comercio, que era de los Ortiz, porque la mujer de los de la Farmacia Orfila era Ortiz y su hermano fue presidente de la nación, tenían una estancia con pulpería, banco, taller. Eran extensiones muy grandes, además de la estancia tenían puestos y toda esa gente vivía de eso, algo que se fue perdiendo. Hoy hay estancia donde un sobrino mío trabajó hasta el año pasado que tiene unas 5000 hectáreas. Tienen una impronta y además a los a los empleados del campo les permiten tener sus vaquitas, sus ovejitas, o sea, tienen siempre un extra, entonces viven mucho mejor que en el pueblo. Todo eso se fue perdiendo porque la gente se deslumbra con con el pueblo, con la ciudad y después es pobre.
-¿Y cómo siguió tu vida?
-Estuve en la secundaria y trabajé muchos años en la Agencia Peugeot Tiberio, que era una agencia oficial de Ayacucho. Tiberio era un tipo de Mar del Plata que tenía esa agencia en Ayacucho de toda la vida.
“Robé un marido y me vine”
-¿Cómo llegaste a Rosario?
-Y bueno, después, más adolescente, más grande, robé un marido y me vine lejos. Y empezamos de cero los dos. Empezamos otra vida de cero totalmente.
¿Cómo terminaste en Rosario?
-De casualidad, porque mi íntima amiga se había casado, me había dejado las llaves de su departamento en Buenos Aires y yo me fui con con el que ahora es mi marido y cuando llegamos el cuñado había ido a regar las plantas y había cerrado con otra llave. ¿Qué hacemos? Y bueno, vamos a Rosario, que no conozco. Mi marido es de Villa Constitución, en realidad es nacido en La Vanguardia, pero se crió en Villa Constitución. Vinimos y me encantó, me gustó Rosario de una manera que no te puedo decir.
-¿Por qué? ¿Qué fue lo que te deslumbró?
-Me gustó mucho. Mirá: lo primero que fui a ver fue un clásico de Central y Newell's a la cancha de Newell's, en febrero del 87, otras épocas. Y yo dije de entrada: el mío es el azul y amarillo. Mirá que ahora vivo acá, pero ese día lo viví así porque nunca vi a la ciudad de esa manera, como ver un edificio todo azul y amarillo. Me causó una sensación terrible y no sé por qué porque mi marido es de River y yo era de Boca.
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Sebastián Suárez Meccia / La Capital
-¿Cómo empezaron de cero?
-Pusimos un negocito de fiambres finos en la cortada Cajaraville porque yo alquilé un departamento en el Palomar, en barrio Martín, pero no tuvimos éxito, no nos iba bien.
-En teoría iba a andar bien. ¿Qué pasó?
-En teoría, pero ahí había un monopolio de dos granjitas, terrible. De ahí nos mudamos a Mendoza al 800 y ahí me iba muy bien. Con el mismo negocio y la tuve a Alfonsina ahí. Y embarazada de Alfonsina para una Semana Santa me entraron ladrones y me vaciaron el negocio. De ahí me mudé un poquito más allá, al 800 y pico, a un local viejo, porque el otro era nuevo y me salía mucho más. Yo tenía a Alfonsina bebé, iba a trabajar con Alfonsina. Mi marido trabajaba en otro lado y de ahí nos mudamos y puse el negocio al lado del Cristo Rey y de una playa de estacionamiento. Yo me había hecho muy amiga de la mujer del de la playa de estacionamiento, que era la madre de los Formica, de Newell's, a los chicos los conozco de toda la vida. Pusimos el negocio ahí, nos iba rebién porque teníamos el colegio al lado, le pusimos cosas de granja, yo hacía empanadas, tartas, vendíamos, vendíamos y nos agarró el despelote económico cuando subió Menen. Agarraron las cajas de las cajas de ahorro, bloquearon todo, justo muere mi mamá un 27 de diciembre. Teníamos el negocio lleno de mercadería, yo estaba con Alfonsina que tenía un año y medio, y cuando volví, mi socia, que tenía tres hijos y estaba embarazada, se había asustado y había cerrado el negocio. Yo no la cerraba nunca porque la gente buscaba desesperadamente dónde compra. Y trabajaba todo el día. Yo iba a las 7 de la mañana y me quedaba hasta las 12 de la noche.
-¿Cómo saliste de esa situación?
-Después de eso dejé porque no era vida y empecé a vender empanadas, les vendía a todos los negocios de mi barrio, de barrio Martín. Eran buenas las empanadas, las sigo haciendo. Y no es nada las que vendía sino las que me encargaban, por ejemplo, de la Sociedad Libanesa, donde mi marido trabajaba como intendente. Nosotros hicimos muchas relaciones cuando vinimos acá, que no conocíamos a nadie.
“Los peronistas se cagan a tiros y van juntos; los radicales no se hablan nunca más”
-¿Siempre fuiste radical?
-Siempre. Los dos somos radicales, militantes, afiliados, nos acercamos al comité de la Sección Primera, donde en ese momento el presidente era Roberto Baclini, hermano de Roberto, que fue el presidente del Banco Municipal, que fue senador, el dueño de la Sedería Camilo. Hicimos una reunión con él, con sus hijos, y hoy seguimos siendo amigos. Nos hicimos muy amigos del padre, en ese momento todos ellos eran jóvenes, algunos estaban en la facultad. Entonces, íbamos a la quinta muy linda de ellos en Funes, donde la única bebé que había era mi hija, que era una mimada total. Y después cuando Roberto fue presidente de la Sociedad Libanesa lo llevó a mi marido de intendente del club, donde trabajó un montón de años, porque decía que necesitaba gente de su confianza.
-¿Qué opinás sobre que el radicalismo apoye al gobierno?
-Ahora no hay partidos ni militancia. Personalmente creo que el partido radical en este momento no tiene nada, hay gente muy positiva que está en los pueblos, porque tanto Macri como este, que son tan gallitos, que no se crean que ellos ganaron con sus votos, ganaron con muchos votos radicales de gente que hace las cosas bien. En mi pueblo durante 25 años años gobernó el peronismo, no había gobernado nunca jamás un peronista en Ayacucho ni en la época de Perón. Y por las internas que no me gustan, con las que no estoy de acuerdo porque las internas de los radicales. En las internas de los peronistas se pueden cagar a tiro, pero después van todos juntos y se votan. En las internas de los radicales, se ofenden y no se saludan nunca más. Te lo digo con conocimiento de causa.
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Sebastián Suárez Meccia / La Capital
-¿Cómo siguió la historia de las empanadas?
-Vendiendo empanadas me hice muy amiga de esos del monopolio de las granjitas de mi barrio. Del barrio Marte. Yo les vendía empanadas y un día le digo a una: “Quiero poner un negocio”. En ese momento, en los 90, estaban de moda la los locutorios. «¿Por qué en locutorio? Vamos a poner una verdulería. Yo tengo un local acá a la vuelta». “¿Verdulería? Yo no distingo un calabacín de un brócoli. No tengo ni idea”. Pusimos verdulería y carnicería. Un mercadito con ellos, que hacía muchos años estaban en el barrio. Ellos tenían 100 libretas. Teníamos dos o tres cadetes, y otra cosa, había gente que no le conocíamos la cara, venía o llamaba la empleada. Con eso me fue muy pero muy bien y saqué un crédito hipotecario en el Banco Nación por un cliente para comprar el departamento. Me acuerdo que tenía a Leandro chiquito, tenía dos años, y un día me faltó la chica y lo tenía durmiendo en un cajoncito de zapallitos, y viene una señora que venía todos los días a comprar muy triste y a mí me daba lástima y ella me contaba que el marido por trabajo lo habían trasladado, ella era de 9 de Julio y sus hijos estudiaban en La Plata, pero que a ella le costaba mucho y no conocía a nadie. Vio a Leandro durmiendo y me preguntó. “Me faltó la chica, no me hable”, le digo. «¿Puedo llevarlo a casa?» “Tomeló, ¿quiere los papeles?” Ella y el marido se enamoraron de él, los hijos venían de La Plata y le decían: “Mamá, pedile el nene a Ana”. Yo no sabía ni dónde trabajaba el marido. El marido pasaba todos los días a la tardecita, todo de traje, sobretodo, bien peinado. Un día entra y me dice: «Ana, ¿puedo hacerle una pregunta?» “Sí, Jorge”. «¿Usted tiene casa?» “No, alquilo”. «¿Por qué no saca un crédito?» “¿Quién me va a dar un crédito?” Yo tenía un negocio, pero no tenía nada a mi nombre, Y me dijo que era síndico del Banco Nación.
-¿Así llegaste al departamento?
-Empecé a buscar y encontré un departamento en el Palomar, de barrio Martin, un edificio recaro para vivir, que tiene todos los palieres abiertos. Es un edificio muy especial, por ejemplo podés cocinar lo que quieras, jamás tenés olor. Tenés ventilación cruzada. Se inauguró en el 72, pero estuvo un montón de años parado porque lo empezó creo que el Banco Ferroviario, se fundieron y después lo agarró una cooperativa y compraron ahí todos los empleados de la Junta Nacional de Granos. Yo se lo compré a una viuda de esa gente. Y así saqué el crédito, mi marido se quería divorciar de mí porque saqué un crédito en dólares a pagar en 10 años ¡en este país! Era muy arriesgado, pero en vez de pagar alquiler estás pagando tu cuota. Yo pagaba 600 dólares, estábamos en el uno a uno y lo fui pagando.
-En el 99 dejé esa verdulería y me puse sola una verdulería en Mendoza, el 300, al lado de donde era Los Tilos. Teníamos la verdulería y me puse socia con Carlos Mascali, un tipo que era comisario de a bordo en Alitalia, entonces comprábamos ropa en Italia, la importábamos y les vendíamos a las boutiques. Así que a la mañana era verdulera y a la tarde era vendedora mayorista de boutiques. Siempre fui una laburante y una buscavidas.
-¿De hacer empanadas a vender ropa italiana?
-Realmente, estuve años haciendo empanadas, pero las seguía haciendo porque con las empanadas hacía la diaria. Cuando mis hijos eran chiquitos me era cómodo porque vivía a media cuadra del negocio. Trabajaba muchísimo. A la mañana en la verdulería y a la noche me iba a vender ropa.
-¿La ropa era un gran negocio?
-Nos iba muy bien porque yo estaba acá, él estaba allá. Teníamos que hacer todas las cosas de la importación, a cada prenda le tenés que poner la confección, teníamos una maquinita. Después cuando llega acá tenés las inspecciones, tenés que ponerle la estampilla, es un laburo terrible, así que todos los años yo iba en julio o agosto todo el mes a Italia a hacer todo eso. Y comprábamos mucho, te hablo de 100 prendas de una y 200 de otra. Invertíamos mucha guita. Lo que pasa que al por mayor y en liquidación hacíamos la diferencia. En el uno a uno te salían dos pesos y acá los boutiques las vendían a muchísimo más. Esas son las ganancias de la ropa, por eso yo digo que acá hay un montón de negocios que no funcionan por eso. Vas a Europa, yo ahora estuve un mes y medio porque fui a visitar mi hijo. La diferencia de precios que hay en la ropa es abismal.
-¿Tus sandalias cuánto valen allá y cuánto cuestan acá?
-Estas estas sandalias las compré allá, en una tienda que se llama Prima, que está en toda España. Me costaron 22 mil pesos. ¿Sabés cuánto valen acá? Las vi a 139 mil pesos. Ahora las bajaron y las pusieron a 99 mil. A mí no me pueden decir cuánto te sale importar porque yo importé. Vos a a esta lapicera que que te salió 1 peso puesta acá con todos los impuestos, más o menos 130% de impuestos, te sale el doble o el triple. Si las sandalias me costaron 20 mil, a él le costaron 10 mil. Cuando las trajo ponele que le costaron 30 mil. No podés venderlas a 139 mil. Por eso acá nuestro problema para mí es moral.
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Sebastián Suárez Meccia / La Capital
-¿Cómo llegaste a Roldán?
-Vendíamos la ropa a muy buen precio, a pesar de que ganábamos mucho, pero no al precio de este de los zapatos. En Italia mayorizábamos y comprábamos al contado. Veníamos acá y vendíamos a 30, 60 y 90 días con cheques, pero si lo depositaba te quedaba dentro.
-¿Cómo siguió la historia?
-A ese negocio lo tuve seis años y me quedó la casa de Roldán. Comprábamos un terrenito en Roldán, hacíamos una casita y la vendíamos para que la plata no nos quedara dentro del banco. Compramos el primer terreno al lado de donde vive Jorge Boasso, atrás del Vivero Banci, es muy lindo.
-¿Cómo llegaste al barrio Cotos de la Alameda?
-El terreno era de un tambero, que cuando murió los hijos fueron loteando. Y compramos tres terrenos de 10 por 30, que me salieron 15 mil pesos, o sea 5 mil cada uno.
-¿El barrio tiene una alameda? ¿Por eso el nombre?
-Sí, no sé por qué el nombre.
-¿O había una alameda?
-Debe haber habido una. Ahora no hay álamos, pero le quedó el nombre. Lo que hay son muchísimos robles. Por ejemplo, en mi casa yo tengo cuatro robles y siguen hasta la ruta. Esa calle de entrada es muy linda y el barrio es muy tranquilo.
"Donde vivo es la paz"
-¿Que te gustó de Roldán para irte a vivir?
-Donde vivo es la paz. Un lugar que es un paraíso. Sumado a eso, yo vivo, mi vecino de la derecha vive, mi vecino de atrás vive. Mi vecino atrás es un chico de Roldán de la familia de toda la vida. Mi vecino de enfrente vive. Estos de acá no viven pero yo les administro la casita. Ahora la alquilo temporalmente. Yo fui por 15 días en pandemia y me quedé a vivir.
-¿Te enamoraste de Roldán?
-Sí, nunca se me había cruzado por la cabeza. Aparte cuando yo cuando vino la pandemia yo la alquilaba en forma temporaria, la alquilaba mucho los fines de semana, a gente que venía a congresos. Es más, cuando me agarró la pandemia yo la tenía alquilada a una familia holandesa que venían a visitar a un hijo por dos o tres meses. Y tenía un montón de clientes, la alquilaba por Arbnb y la verdad que trabajaba como una burra porque trabajaba en la inmobiliaria por una parte. Entonces si tenía que entregar la casa salía de la inmobiliaria, agarraba el auto, me iba, limpiaba, ordenaba, perfumaba. Se iban los inquilinos y el lunes salía de trabajar, iba, la limpiaba, la lavaba, la secaba. Terminaba hecha percha.
-¿Sos una rosarina que vive en Roldán?
-No, yo me siento muy de Roldán. Lo que pasa es que yo vengo todos los días a trabajar a Rosario.
-Entre las cosas que me pasaron, tuve una diferencia con ese socio que nos iba tan bien -justamente por su carácter- y un día eh le digo a una chica que trabajaba conmigo: “Che, acá en la esquina se alquila un bar” Me encantaba eso. En la esquina de pasaje Poeta Simeoni y Mitre frente a la Plaza de la Cooperación. Era una esquina sin ochava que me encantaba, que no entiendo por qué permiten que la saquen. Dale, vamos a poner un bar.
-¿Qué se llamaba?
-Socorro mutuo.
-¿Por qué?
-Porque las dueñas eran hijas de don Aurelio, sastre español que ahí había tenido una sastrería, y de Socorro, que nos ayudaron un montón, entonces le pusimos Socorro por ella y mutuo porque Socorro mutuo antes era muy común. Y nos quedó muy lindo el bar.
-¿Cómo era Socorro mutuo?
-Era muy romántico y teníamos muy buen cocinero. A la tarde teníamos un chico que iba y tocaba la guitarra, entonces la gente iba a tomar el té. Iban muchos bohemios. La Chiqui González, que fue secretaria de Cultura, iba todos las noches a cenar. Charlábamos y siempre iba con un actor o con alguien interesante. A la tarde iba a tomar café un grupo de esos que vos decís son todos desahuciados. Había un día de la semana que los de Old Resian hacían la reunión ahí y cenaban. Teníamos tanto trabajo que a los dos meses mi socia me dijo: “Yo no voy a seguir con esto. A mí no me gusta trabajar como a vos”. Una chica uno o dos años más grande que yo, pero aparte estoy hablando hace 20 años, cuando estás en la flor de la vida para trabajar. Nos fundimos, por supuesto. Porque ella empezó así y porque yo no tenía plata para comprarle la parte. Así que me quedé sin trabajo porque me había separado de mi socio, no quería, no podía, emocionalmente ya no podía seguir con él porque me volvía loca.
-¿Dónde trabajaste entonces?
-Por una pareja amiga entré a trabajar para atender el teléfono en una clínica odontológica de Laprida casi Pellegrini, pero yo necesitaba más trabajo. Yo no sabía manejar la computadora, todo lo aprendí y empecé a ser a cubrir a compañeras. Un verano yo tenía una compañera muy inteligente, muy capaz y muy competitiva que me dijo: «Yo me quiero tomar vacaciones y no me las van a dar porque no hay gente». “Deciles que yo te cubro”.«Pero mirá que me quiero tomar todo el mes». “Yo te cubro”. Entonces, trabajé todo enero y febrero, iba a las 8:30 de la mañana y salía a las 9:30 de la noche para hacer horas extras.
-En 2207 en la clínica dental la conocí a María José Martínez, que era la esposa de Marcelo Gustaffson, quien me ofreció trabajo en su inmobiliaria cuando se enteró cómo trabajaba para cubrir a mis compañeras. «Yo necesito una mujer incondicional. Necesito lo que sos vos», me dijo María José. Empecé atendiendo el teléfono, atendiendo a la gente, y después ya pasé a mostrar propiedades, hice una relación de amistad con María José principalmente y con Marcelo por las ventas, pero igual me sorprendió cuando ellos decidieron separarse y separar los negocios. Ella le dijo: «Yo me quedo con las chicas». Y él le dijo: “Sí, pero Ana se viene conmigo”. Me re sorprendí porque yo tenía la relación de la venta, pero no es como la del alquiler. A mí me toca lo más cálido porque creo una empatía, hago una relación, pero en ese momento era tanto lo que se vendía que yo hacía todo eso y después le decía: “Bueno, ahora te los presento y vos cerrás”. Hacía los números y todo lo demás.
-¿Cuál es el trabajo que más te gusta?
-Siempre creo que lo que me pasa hoy es divino, así que no puedo elegir uno. Yo he disfrutado cada uno de mis trabajos. Cuando tuve la verdulería mi verdulería era una boutique, yo la había decorado, había mandado a una amiga a comprar una guarda en Buenos Aires en un lugar que me puteó en arameo para encontrarlo porque lo había visto en la revista Para ti. Yo quería esa guarda y bueno, siempre le dediqué mucho tiempo, siempre lo hago así, le pongo pasión a lo que tengo hoy.
"Vender ropa es lo más difícil: las mujeres son insoportables"
-¿Qué es más difícil, hacer empanadas, vender ropa italiana o vender un departamento?
-¡La ropa, las mujeres son insoportables!. Insoportables.«¿Me hace flaca?». Cerrá la boca, gorda, ¿qué te haces? «Me hace gorda». Se miran en el espejo y la culpa la tenés vos que vendés un vestido y te dicen: «Me hace gorda». Es lo más difícil. Bueno, no es tan difícil, las mujeres son difíciles.
-¿Y qué más difícil; encontrar un buen socio o una buena pareja?
-Con los socios las experiencias que tuve creo que tienen que ver cuando vos sos un socio que no tenés plata y ponés trabajo, la plata cotiza en bolsa y el trabajo no. Lamentablemente. Entonces te dicen: «Ah, lo que hacés lo hago de taquito». Me pasó con la verdulería y carnicería. Cuando les dije que me iba, me decían: «¿Y qué vas a hacer? Esto lo atendemos al taquito». ¿Sabés cuánto les duró la verdulería? Yo me fui en en noviembre, en diciembre ya no estaba la verdulería, igual que la carnicería. A la gente le cuesta mucho valorar el trabajo de los demás.
-¿Sos una trotamundos del trabajo y los amigos?
- No, yo el trabajo siempre lo tomo como como un disfrute, si me hubiera ido bien con el primer negocio me habría quedado toda la vida con eso. La vida por algo te va te va cambiando. Digo que de cada cosa disfruté. Y en cada uno de mis negocios hice amigos que los conservo hoy en el tiempo.
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