La Región

Díaz, el pueblo que apuntala la lucha para borrar la impunidad de sus calles

Los vecinos claman justicia por el crimen de Lelio Chiliutti. No hay detenidos y la Fiscalía anunciará novedades tras la feria judicial

Domingo 26 de Enero de 2020

El compás de los tambores retumbaba como el latir de un corazón. La calurosa mañana de enero le abrió las puertas de Díaz, una vez más, a la familia Chiliutti. Después de décadas Roberto regresó y esta vez estaba solo. Su único hermano fue asesinado ferozmente en junio pasado. Hasta el momento por parte de la Justicia sólo hay medidas en curso, no hubo ningún detenido ni prueba contundente que le devuelva algo de esperanza. Peor aún, en el mismo pueblo rural estarían los asesinos. Esas pulsaciones, esos nostálgicos y abrumadores abrazos, le entregaron la fuerza para volver a cruzar el umbral de la humilde morada. Los vecinos, su lucha y entrega, se volvieron el sostén.

Díaz, ubicado a unos 70 kilómetros de Rosario, es verde y tranquilo. Tiene la vía del tren que lo atraviesa de par en par, justo en el centro. Su ingreso desde la ruta provincial 65 dibuja una curva con una tupida arboleda con luces de enormes burbujas. La pujante estación desapareció y de a poco mutó hasta convertirse después en una zona tambera. Con envión llegarán a tres mil habitantes. Un pueblo chico de esos en los que se conocen todos. De esos donde nada pasa inadvertido.

Así, casi sin parecer, lo viste una enorme tristeza. Acoge entre sus cortas manzanas un misterio que resolver, una lucha diaria por resistir, que reside en unos cuantos "locos" que apuestan a no claudicar.

El 14 de junio del año pasado un abuelo fue emboscado en su vivienda de San Luis y Lehmann. Una mujer le habría golpeado la puerta y al abrirle, otras personas habrían ingresado. Allí comenzó la odisea. Fue golpeado con un objeto contundente en varias partes del cuerpo, con presuntas intenciones de amenazas para lograr un jugoso botín, que no existía.

Lelio Chiliutti era jubilado con una pensión mínima, había ganado la quiniela hacía pocos días. Aun así entre todos los haberes, sumando inclusive el aguinaldo, no habría más que 25 mil pesos en el humilde hogar de suelo de tierra. Pero a los malvivientes no les importó y actuaron con saña, arrebatándole la serena vida a un anciano bonachón, curandero por herencia y de costumbres rurales.

Después de más de doscientos días, Roberto Chiliutti, su hermano de 78 años, decidió regresar a Díaz. De tres hijos sólo queda él y pese a que trató de asimilar con tiempo y mucho trabajo emocional que debía volver, no podía visitar la casa. Los rastros de la feroz tortura estaban inertes allí adentro. No podía solo, entonces aparecieron, tan atentos como heroicos, de acciones concretas y evidentes. Una veintena de vecinos, esos que lograron el mote de "Los locos de las marchas".

El hombre arribó desde Capital Federal junto a su mujer y se bajó en la esquina de cunetas anchas. Eran las diez de la mañana y el sol rajaba la tierra. La emoción fue tan fuerte que no se sentía el calor. En semicírculo, entre abrazos fraternales, surgió una especial conexión. "Es muy parecido físicamente, tiene la misma contextura física y la misma voz", blanqueó una mujer con la nariz colorada de tanto llorar.

Una postal del dolor

Los Chiliutti eran una familia de la zona rural, hasta que hace unos cuarenta años, los tres hermanos decidieron sus rumbos. Sólo Lelio, Lele para todos, quedó en la traza urbana del pueblo del departamento San Jerónimo. Hoy Roberto es el único con vida.

El replicar de los tambores, las palmas al compás, el silencio respetuoso, plasmaban una postal abrumadora. Casi como un ritual todo se ensambló. Primero rotundos compases y luego al unísono invocaron sin dudar "justicia, justicia, justicia". Se llenaron de aplausos y después un minuto de silencio. No paraban de brotar lágrimas, había familias enteras, edades de las más diversas unidas por el mismo objetivo. Deseando por sobre todo no renunciar a la paz.

"A mi hermano no me lo devuelven más, pero quiero que los culpables paguen por sus actos. Quiero justicia", definió el hombre emocionado. Y recordó sus andanzas cuando eran niños, e incluso un agradecimiento particular: "El se quedó hasta último momento a cuidar a mi madre, él dijo que iba a dejar la vida por Díaz. Y mira lo que pasó, sin palabras", ahondó.

Ante la sensación de falta de acciones concretas por parte de la Justicia, que a siete meses tiene sólo una imputada por complicidad, Roberto afirmó: "Yo no me quedé. Fui a la Fiscalía de Coronda, luego fui a Santa Fe a ver al fiscal, nos prometió que después de la feria iba a volver a recibirnos con novedades".

Mientras el Ministerio Público de la Acusación aguarda los resultados de los análisis de ADN en la escena del crimen, imputó a una mujer que habría sido el señuelo para que Lele abriera la puerta e ingresaran más personas aquella noche. Pese a que en su declaración N. L. negó haber participado y que el televisor que tenía en su casa propiedad del abuelo haya sido robado, el tribunal le impidió que regrese a la localidad. Actualmente cumple prisión preventiva porque le habría robado a otro anciano en Bernardo de Irigoyen. En las últimas semanas se rumoreó que había pedido prisión domiciliaria y que regresaría a Díaz, pero finalmente fue desestimado por su familia.

Mientras tanto, todo apunta a que los asesinos permanecen en el pueblo y la intranquilidad se apodera de cada esquina. En consecuencia, y contra cualquier pronóstico, un grupo de vecinos decidió comenzar su lucha constante, perseverante, a veces tan silenciosa que aturde y otras con tantas verdades que asusta.

"Los locos de las marchas", un puñado de habitantes, enarbolan sus valores interpelando desde hace más de doscientos veinticinco días. Con lluvia, niebla o calor agobiante cada tarde se encuentran en algún punto del trazado urbano, en lugares estratégicos, en la ruta o instituciones. Y se hacen sentir.

No hay insultos ni corridas. Hay folletos contando su historia, palmas, agudas cacerolas, silencios y sólo alzan la voz exigiendo justicia. Todos apostaban a que se iban a cansar, que el sistema los iba a consumir en su lento martirio. Pero entre indignación y bronca se transformó en el mayor combustible para no parar.

Fue ese mismo pueblo que esta semana acompañó con su resiliencia a Roberto. Lo cobijaron con la sensación de que no está solo y los acompañaron en abrazos y dolor. Con un rotundo baño de empatía, en el sigiloso camino del esfuerzo por construir una sociedad mejor, lo hicieron otra vez. Otra vez están al frente desde la acción, señalando la apatía y la desidia para hacerse cargo e interpelar. Díaz es sin dudas un pueblo vivo porque lucha, porque siente, porque no deja pasar.

Y así, con la pluma y la palabra, reivindican: "Lele no murió, a Lele lo mataron". El pueblo quiere saber quiénes fueron, o mejor dicho, que los responsables tengan su castigo y cumplan su pena. Para que no haya dudas y valga la pena estar del lado de los buenos. Destacando el camino que eligieron, largo e inquisidor, de sembrar valores con el ejemplo.

emociones. Roberto, el hermano de Lele, recibió el acompañamiento de los vecinos para recorrer el lugar.

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