La región

Cómo vivieron los isleños el drama de los incendios forestales

Durante semanas vieron el fuego avanzar hasta muy cerca de sus casas, convivieron con el humo y el temor de estar a muy poco de perderlo todo.

Lunes 22 de Junio de 2020

“El humo es insoportable, pero peor es lo que queda después. El fuego arrasa con todo, no queda nada”, se queja Fabián Ros. Desde el fondo de su casa en isla Deseada veía dos focos de fuego que, calculó, no estaban a más de cuatro mil metros. Una distancia que lo llenó de zozobra. Los incendios forestales del delta que por semanas hicieron irrespirable el aire rosarino tuvieron otras consecuencias para quienes desde hace años viven, trabajan o estudian en esos territorios de límites cambiantes de acuerdo a la altura del Paraná. Territorios protegidos, pero muy poco cuidados, expuestos a los daños permanentes que causan las quemas generadas con el objetivo de extender espacios para el engorde de ganado. Así vivieron los isleños los incendios forestales.

   La isla Deseada se encuentra frente a Granadero Baigorria. Hasta allí llegó Fabián Ros hace cuatro años, cuando sus dos hijos ya pudieron mantenerse por sí solos y a su pareja le ofrecieron un reemplazo en una de las escuelas isleñas. Dice que es su lugar en el mundo, una especie de paraíso que por estos días sintió que se lo arrebatan.

   “El humo es mucho más intenso que en la ciudad, a veces no nos deja ver mucho más allá de la cosas que tenemos más cercanas. Mi casa está a unos 80 metros del río y hay días, según la dirección del viento, en que no llegamos a divisar la costa”, contó. En plena pandemia, algunos vecinos tuvieron que pedir refugio en la ciudad, cansados de padecer ojos irritados, dolor de garganta o dificultades para respirar.

   El fuego, señala Ros, también corre de su hábitat a muchos animales. “Las yararás deberían estar hibernando y empezaron a aparecer nuevamente cerca de las casas. Pasa lo mismo con los zorros o las comadrejas, las quemas los arrinconan. Es increíble el daño que se hace”, dice. El hombre sabe lo que es tener a las yararás cerca de la casa: hace algunos años le mataron dos perros, por eso ahora se preocupa por rociar los límites del terreno con un preparado de ajo y creolina que ayuda a espantarlas. “Uno tiene que aprender muchas cosas cuando sabe que va a convivir en el espacio de otros animales”, advierte.

   Según estimaron los brigadistas del Plan Nacional de Manejo de Fuego, las llamas afectaron entre 8 y 10 mil hectáreas de los humedales. “Los incendios de grandes proporciones arrasan con todo, hacen ácida el agua, además de perjudicar a la salud de todo lo vivo”, advierte la organización Amigos de la Isla.

   A Ros lo sorprendió la escala de las quemas. “El isleño no quema esta cantidad de terreno, no tiene más de 70 u 80 vacas y le alcanza una hectárea para mantenerlas. Además, para que tenga un efecto en la mejora de las pasturas la quema se realiza a fin de agosto, porque en septiembre crece el pasto nuevo. No hay duda que quien quema no es el tipo que vive acá, que la rebusca criando ganado”, aseguró.

Isleños, no incendiarios

Daniel Simó nació y creció en el río. Es la cuarta generación de una de las familias históricas del Charigüé. Sus tres hijos serán la quinta, dice con orgullo. La isla es una de las zonas más pobladas del delta, allí están la comisaría, el centro de salud, la escuela secundaria y un centro cultural. Como muchos en su familia, Daniel se dedica a la cría y cuidado de hacienda. La mayoría de los animales son ajenos. “Quien conoce la isla no quema en esta época. Los isleños no prendemos fuego. Sería insólito hacerlo en esta época, porque las lagunas están secas y el fuego se va cambiando de isla a isla”, asegura.

   El humo, afirma, complica la vida de los habitantes del Charigüé tanto como la de los rosarinos. Las llamas pasan lejos, a unos 15 o 20 kilómetros, pero el espectáculo que ofrecen de noche es impactante. “Parece que las tenés ahí nomás de tu casa”, señala.

   Simó cabalgó muchas veces esos campos que, de a poco, se van convirtiendo en cenizas. “Conozco esas islas y no tienen ganado. El Senasa y la provincia de Entre Ríos hacen el control de los animales, no hay una superpoblación de ganado en las islas. Y en ese lugar hace unos diez años que no hay animales, no se si estarán por llevar ahora”, especula.

   E insiste con que es “imposible” que los isleños quemen en esta época para renovar pasturas “porque sabemos que donde arranque la quemazón, no se puede parar con nada. No hay agua, los yuyales y pajonales tienen dos metros de alto y son muy inflamables. Si prendés fuego no lo podés parar”, explica.

Acciones criminales

Los incendios que lograron finalmente controlarse la semana pasada tuvieron un prólogo durante el verano en las inmediaciones del Puente Rosario Victoria. La zona de El Embudo fue una de las afectadas. Una casa de madera se quemó entera y se perdieron 300 colmenas, entre otros daños. La ex jueza penal María Laura Sabatier tiene una casa cerca de la laguna y es secretaria de la vecinal El Embudo, que intervino varias veces para sofocar el fuego. Es más, uno de los clubes de la costa les donó una motobomba para hacer más eficiente esa tarea.

   Para Sabatier, sin vueltas, “quemar pastizales en la isla en épocas de sequía es una acción criminal. Es imposible controlar el fuego, uno cree que lo ha apagado y por ahí la punta de un árbol sigue encendida, y de ahí pasa de rama en rama. Es tremendo”, señala y no le caben dudas de que es necesario erradicar las quemas. “Son muy peligrosas, destrozan el humedal, ponen en riesgo la vida de la gente. Porque cerca de donde se quema, vive gente, hay niños y hay escuelas”, subraya.

   Se trata, apunta, de buscar formas de producción más sustentables. “La actividades ganaderas en la isla dan muchas ganancias, son animales criados a campo abierto, no en feed lot, y la calidad de la carne es mejor. Pero no puede ser que la única forma de obtener pastos tiernos sea incendiar los campos. Las quemas generan daños permanentes, no se trata de una pelea entre rosarinos y entrerrianos, es un ecosistema que tenemos que proteger entre todos. No es sólo porque nos molesta el humo o el feo olor, es mucho más grave. Pero lamentablemente, no lo están viendo”, concluye.

Los efectos del boom sojero

El delta del Paraná ocupa una superficie de 17.500 kilómetros, la mayoría bajo jurisdicción de Entre Ríos, aunque también de las provincias de Buenos Aires y Santa Fe. La presencia de ganado en las islas no es nueva, hay censos de la década del 60 que ya registran la actividad, pero se intensificó notablemente después del boom de la soja, que corrió a las vacas de los campos y de la habilitación del puente Rosario-Victoria, que facilitó el traslado de los animales.

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