“Dejá de tirar beef amigo”, “es bait, no caigas”, “tenés alto rizz”, “estás en tu prime”, “ese pibe es una red flag andante”, “te falta lore”, “está farmeando aura”. Si estas frases suenan como otro idioma, no es casualidad. Forman parte del nuevo código lingüístico que comparten adolescentes y jóvenes, un diccionario en expansión que funciona como marca de identidad generacional y, al mismo tiempo, como frontera frente al mundo adulto.
El fenómeno no es nuevo, pero sí adquiere una velocidad inédita en tiempos de redes sociales y cultura digital. Según explica Santiago Kalinowski, director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia Argentina de Letras, a Clarín, el cambio lingüístico es una constante histórica. “La lengua cambia, es una constatación. Y el léxico es el área más susceptible a incorporar palabras nuevas”, señala.
Pero no se trata solo de innovación lingüística. Hay también una dimensión identitaria. “A cierta edad existe la necesidad de diferenciarse de los adultos o de figuras de autoridad. Se crea un grupo de pertenencia que se une y se ata a la lengua”, agrega el especialista. Así, el vocabulario se convierte en contraseña: quien entiende, pertenece; quien no, queda afuera.
De los videojuegos a TikTok
El origen de muchas de estas palabras es diverso y, en gran parte, digital. El mundo gamer aporta términos como carrear (llevar adelante una partida), farmear (acumular recursos) o lore (la historia de fondo de un personaje o universo). Este último término, que en inglés antiguo significaba “conocimiento”, se popularizó en videojuegos como Minecraft y hoy saltó a otros ámbitos: ya no se habla solo del lore de un personaje ficticio, sino también del “lore” detrás de una celebridad o de un conflicto mediático.
Otras expresiones provienen de comunidades específicas, como la LGBTQ+, que popularizó términos como servir, devorar o slay para elogiar una actitud o un look. Y muchas llegan directamente desde TikTok, donde frases como “Ok mañana” o el enigmático “six seven” se viralizan sin necesidad de un significado claro.
“Six seven”, por ejemplo, fue elegida como palabra del año 2025 por Dictionary.com. No designa nada concreto: es un código que funciona, en parte, como gesto irónico o como forma de descolocar a los adultos. Ante cualquier pregunta trivial, la respuesta puede ser simplemente “six seven”. El desconcierto es parte del juego.
Aura, rizz y red flags
Si hace algunos años alguien tenía “flow”, hoy tiene “aura”. El concepto se asocia a una especie de capital simbólico invisible: prestigio, magnetismo, energía. Cuando alguien realiza una acción destacada, puede ganar “+1000 de aura”. Si repite conductas que elevan su estatus social, está “farmeando aura”.
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En la misma línea aparecen palabras como rizz (abreviatura de carisma), prime (el mejor momento personal) o glow up (transformación positiva, generalmente física o emocional). También se popularizó red flag para describir señales de alerta en una relación.
El léxico no solo describe experiencias: las performa. Decir que alguien “carreó la fiesta” o que “sirvió face card” es una forma de construir reputación dentro del grupo.
¿Modas pasajeras o cambios duraderos?
Kalinowski advierte que la mayoría de estas palabras pertenecen al “cronolecto”, es decir, al modo de hablar propio de una edad. “Lo que suele pasar es que esas palabras se dejan de usar. No es que se incorporan al léxico general”, explica.
Son pocos los términos juveniles que logran trascender. Uno de los casos más emblemáticos en Argentina es el prefijo “re”, que pasó de ser una intensificación adolescente a convertirse en un adverbio de uso extendido en todas las edades.
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La tecnología acelera la circulación de estas expresiones. Los reels, los shorts y los streams permiten que una palabra creada en un nicho específico se masifique en cuestión de días. Y el predominio global del inglés potencia el préstamo lingüístico constante.
Sin embargo, más allá de la velocidad y del volumen, el fenómeno responde a una lógica histórica: cada generación inventa su propio idioma. Lo que cambia es el escenario. Si antes las palabras viajaban de boca en boca en el patio del colegio, hoy lo hacen en segundos a través de una pantalla.