Mientras la invasión de Ucrania lanzada por Vladimir Putin el pasado 24 de febrero continúa adelante pese a su enorme costo en vidas humanas y destrucción, muchos se preguntan cómo toma la sociedad rusa esta nueva guerra lanzada por el "zar" del Kremlin. El analista Nikolai Petrov estudia el asunto en el sitio web de Chatham House, una institución británica especializada en las relaciones internacionales.
Aunque la posición de Vladimir Putin y de las élites políticas controladas por él sobre la invasión de Ucrania es clara, existen valoraciones diferentes sobre las opiniones que se tienen en la sociedad rusa en general. Algunos creen que la mayoría de los rusos apoya la acción militar del Kremlin contra Ucrania y, por tanto, son plenamente responsables del mal que se está cometiendo. Pero también es la primera vez en la Rusia de Putin que se producen tantas protestas individuales y colectivas.
La sociedad rusa no es una "utopía liberal", pero es una sociedad dividida, en gran medida atomizada y desorientada, que vive desde hace muchos años bajo la creciente presión de un régimen autoritario.
El apoyo público a la aventura militar del Kremlin, que está lejos de ser incondicional, declinará rápida y constantemente a medida que el alto precio a pagar se haga evidente. Las autoridades han falseado deliberadamente y formulado vagamente los objetivos y métodos de la invasión de Ucrania, diciendo únicamente que el objetivo era "apoyar al pueblo del Donbás" y que para ello era necesario "desmilitarizar" y "desnazificar" Ucrania para lograr la "liberación" de los ucranianos de los "nazis" que habrían tomado el poder. Este fue el argumento dado por Putin la mañana del 24 de febrero, cuando comenzaba la invasión del país vecino.
En los medios de comunicación oficiales rusos está prohibido incluso utilizar la palabra "guerra", hay que llamarla "operación militar especial", y la información sobre el conflicto está estrictamente controlada, mientras que la información se emite en pequeñas dosis y se habla poco de las pérdidas rusas. Al igual que en anteriores guerras de Putin, para evitar que el público vea los cuerpos de los soldados rusos muertos, no se envían a Rusia, sino que se utilizan crematorios móviles en camiones en el frente de guerra.
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Antes de que comenzara la invasión, la mitad de los rusos (51%) temía la posibilidad de una guerra con Ucrania, según una encuesta del Centro Levada. Pero también el 60% consideraba que Estados Unidos y la Otán eran los iniciadores de la escalada en el este de Ucrania, donde hay un conflicto militar larvado desde 2014, mientras que el 14% culpaba a Ucrania y sólo el 4% decía que los dirigentes rusos eran los responsables.
La sociedad rusa parece estar dividida en dos partes casi iguales según datos que son fragmentarios: con la guerra en curso, las encuestas ya no parecen relevantes, pero una minoría significativa se opone firmemente a la guerra de Putin y ha logrado una influencia desproporcionada en el discurso público a pesar de la "limpieza" de los medios de comunicación llevada a cabo por el Kremlin durante el último año.
Una petición llevada a cabo en Rusia contra la guerra recogió más de un millón de firmas en sus primeros cuatro días, y muchos escritores, periodistas, artistas y científicos también han exigido su fin. En las redes sociales hay decenas de llamamientos de particulares y de diversos grupos, empresas y organizaciones, firmados por decenas de miles de ciudadanos.
Y, aunque las protestas están prohibidas, hubo muchas desde el 24 de febrero y la policía detuvo a unas 6.000 personas durante los primeros cinco días. No es realista esperar que estas protestas supongan una amenaza para el gobierno, ya que el Kremlin ha destruido la infraestructura que habría apoyado posibles acciones de protesta antes de la guerra, como la organización de Alexei Navalny, la fundación Rusia Abierta e incluso los intentos de establecer una cooperación entre legisladores municipales.
El apoyo público a la aventura militar del Kremlin, que está lejos de ser incondicional ahora, disminuirá rápida y constantemente a medida que se haga evidente el alto precio, tanto en vidas humanas como en la completa alteración de la vida normal. Esto significa que Putin está trabajando con un plazo ajustado, contado en semanas, incluso cuando aplica toda la fuerza de su maquinaria represiva, porque no tiene ni el apoyo sociopolítico ni las capacidades militares para continuar la invasión durante mucho más tiempo.
No se puede evitar el impacto de las sanciones. Una vez finalizada la guerra, Rusia deberá enfrentarse a la cuestión de cómo hacer frente a las duras sanciones ya impuestas por Estados Unidos, la Unión Europea (UE) y la comunidad internacional en su conjunto, que afectarán a todos los rusos sin excepción.
Para la mitad de la sociedad que considera que Occidente es el principal agresor, las sanciones podrían movilizar apoyos en torno a Putin pero, para la otra mitad que no quería la guerra, las sanciones pueden desmoralizarla y desmovilizarla. Las sanciones son necesarias como castigo y, para limitar el margen de maniobra de Putin la presión debe ser lo más dura y rápida posible, lo que significa, por desgracia, golpear a los rusos de a pie, así como al Estado y sus enormes empresas.
Pero, si el propósito de las sanciones no es sólo castigar a Rusia, sino lograr un cambio para mejor, entonces continuar con las sanciones después de la guerra es contraproducente. Es esencial pensar a largo plazo para garantizar que las nuevas generaciones de rusos no sean automáticamente "antioccidentales".