El miedo básico es un mecanismo defensivo que tenemos los animales ante los peligros reales y que nos ha permitido sobrevivir, pero el miedo generalizado o patológico es una distorsión negativa que puede enfermar, paralizar o arruinar cualquier proyecto o emprendimiento. Sabemos que el miedo deriva de algo repentino y peligroso, precedido por asombro o angustia y que puede derivar en terror o miedo extremo. Si el peligro es real la adrenalina y la tensión muscular ayudan a huir, por ejemplo, pero si es imaginario las consecuencias físicas pueden ser de tipo funcional, digestivo, circulatorio y a menudo de implicancias psíquicas como los ataques de pánico; es decir el miedo te puede salvar o enfermar. Es muy común tener miedo a las enfermedades, al ridículo, a la muerte, a no alcanzar lo deseado o a la inseguridad. Como respuesta a este síndrome algunos pensadores han tratado de oponer el razonamiento al miedo. En el ámbito militar es más o menos lógico inculcar que un soldado sin valor es un cobarde con miedo pero en las batallas cotidianas creo que no existen seres valientes sino tipos que disimulan el miedo. Según Antonio Marina, valiente es aquel a quien la dificultad o el esfuerzo no le impiden emprender algo justo o valioso ni le hacen abandonar el propósito a mitad del camino; es el que actúa guiado por la justicia, la gran motivadora de la valentía. Es frecuente en la actualidad tener miedo a una larga y penosa agonía por lo cual no es casual que hayan surgido legislaciones sobre muerte digna. Como el miedo es una emoción fácil de manipular, a veces es inducido por el poder político para lograr sus propios fines provocando miedo a los atentados, a las guerras o a ideologías "satánicas"; el terror es usado frecuentemente en este sentido. Si no nos dejamos vencer por las fantasías del miedo o por las informaciones apocalípticas y por el contrario, nos fortalecemos con las experiencias y la autoconfianza, podemos ponerle un límite a los miedos inconducentes y reorientarlos hacia peligros más concretos por ejemplo la comida chatarra, la obesidad, el sedentarismo o los accidentes de tránsito. Uno llega a ser miedoso por sucesos traumáticos del pasado, por sufrir daños penosos repetidos o por imitación de modelos familiares o sociales. Digamos finalmente que existen algunas formas de evitar el miedo negativo y paralizante; una forma pasiva pero algo irreal es evitando las situaciones que nos causan ansiedad; otra más activa y aconsejable es enfrentarnos a las situaciones ingratas sobreponiéndonos a ellas con reflexiones sobre los avatares de la vida y tratando de aumentar la confianza en nuestras capacidades personales. Tengamos presente además que, como ciudadanos, el país nos necesita más patriotas y sin tanto miedo al compromiso.




































