Esta es una de esas frases dialécticas del Papa Francisco, que se leyó la semana pasada en el frente de la Parroquia del Perpetuo Socorro y que fue motivo de discusión y un poco de dudas de parte de muchos viandantes. Pecadores, sí. En la carta primera de San Juan (1,8), leemos: “Si decimos que no tenemos pecado, nos estamos engañando a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados, Dios nos perdonará”. En Proverbios 20, 9: “¿Quién puede decir, mi corazón es puro, estoy limpio de todo pecado?”. Y en 1 Reyes, 8,46: “Cuando hayan pecado contra ti, porque nadie está sin pecado…”. Por eso Jesús ya al comienzo de su prédica llamaba a la conversión: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Renuncien al mal camino y crean en la Buena Noticia” (Mc.1,15). Corruptos, no. La corrupción es el pacto con el pecado, con el reino del mal; o sea con los malos organizados para el mal. Es la mayor aproximación al gran pecado, del que habla la Biblia: pretender ser dueños del bien y del mal como si fuéramos dioses.




































