En ese momento, no se decía promesa, se le decía Jura de la Bandera. Hablo de cuando por primera vez oí hablar de ir al Monumento como chico, en cuarto grado. Como todos. No entendía bien qué se prometía. Pero entendía que era grande. Que era nuestro. Que era el lugar donde había nacido algo que nos unía a todos los argentinos. Algo tan sagrado que cuando cualquier persona de la política intenta profanarlo con promesas o amenazas vacías, nuestro destino se rebela y ofrece resultados contrarios. Del 'vamos por todo' a la prisión domiciliaria. Es tan grande que once años después de que el Estado nacional decidiera mirarlo caer, Santa Fe lo terminó sola. Esta es esa historia.
El 27 de febrero de 1812, el coronel Manuel Belgrano izó por primera vez la bandera celeste y blanca sobre la barranca del Paraná. Hay un fresco, muy emocionante, a la izquierda, detrás del Mástil de la cubierta que evoca su diseño, ultramoderno para su era. Es parte del cuerpo alegórico que se levanta desde 1957, obra del arquitecto Ángel Guido en conjunto con Alejandro Bustillo, quien luego se retiró de la obra. Son 10.000 metros cuadrados de mármol travertino traído de San Juan. Era una de las condiciones: todo material nacional. Bastante al contrario de lo que hoy sucede en la narrativa autocrática y extranjerizante que se defiende desde encumbradas esferas. Una torre de 70 metros, un Propileo donde descansan los caídos por la patria, el Patio Cívico donde los argentinos nos encontramos. Es el único monumento de alcance nacional dedicado a la bandera argentina. No hay otro. Y cada año, decenas de miles de chicos de cuarto grado viajan desde todos los rincones de la Argentina, de Jujuy a Tierra del Fuego, de Misiones a Mendoza, a hacer ahí su promesa de lealtad a nuestra bandera. Para ellos, Rosario no es una ciudad del interior. Es el lugar donde nació la bandera argentina. Como narra el fresco en relieve que tiene a un Belgrano protagónico alzando esa bandera celeste y blanca, ideada y mandada a hacer sin pedirle permiso a Buenos Aires, en 1812.
Durante once años, el Estado nacional dejó al Monumento caer a pedazos. Tal vez no hubo malicia ni corrupción (al menos no denunciada). Hubo algo quizás peor: la indiferencia sistemática, el olvido cómodo, la convicción de que lo que no está en Buenos Aires puede esperar. Eternamente. Y en esa espera, el mármol travertino de San Juan , en su época opuesto al de Carrara traído de Italia, se deterioraba. La promesa de los chicos seguía haciéndose igual. Pero el Monumento que la enmarcaba se iba marchitando, sin que nadie en el poder central lo sintiera como una urgencia propia.
La historia es un racconto de promesas rotas que duele contar. En junio de 2015, Cristina Fernández de Kirchner prometió la restauración integral. El anuncio llegó con foto y discurso. La obra, nunca. En 2016, Macri firmó un convenio, se licitó, se hicieron algunos trabajos. En 2018 todo se paró con apenas el 30% ejecutado. Alberto Fernández se comprometió en 2020 a financiar la obra. No llamaron siquiera a licitación. Con Milei, Pullaro y el jefe de Gabinete Francos acordaron en 2024 el reinicio con financiamiento nacional. Llegaron algunas remesas en 2025. En marzo de 2026 se volvió a parar. La deuda con la empresa llegó a 1.400 millones de pesos. Cuatro gobiernos. Once años. La misma historia con distinto protagonista.
Yo cubrí desde el lugar muchos de esos anuncios y fotos que terminaban en nada. Como todo se olvida, nadie se hizo cargo del costo de ese manojo de palabras al viento. Este año, Santa Fe dijo basta. No con bronca. Con dignidad. El 30 de marzo de 2026, el gobernador Pullaro firmó el acta de reinicio junto al intendente Javkin, quien, como sus antecesores, durante años denunció públicamente el abandono y las promesas falsas. La Provincia asumió la deuda del Estado con los empresarios privados que llevaban adelante la obra, de manera seria, para zanjar una poco seria intermitencia de trato y de pagos del Gobierno Nacional. Santa Fe asumió la ejecución del 30% que faltaba y se comprometió a terminarlo antes del 20 de junio. Con fondos propios. Sin esperar más. Porque hay cosas que no pueden seguir esperando a que alguien en Buenos Aires decida que también son suyas.
Vale la pena hacerse una pregunta. Si este Monumento estuviera en Buenos Aires, ¿hubiera esperado once años? Me hice esa pregunta durante casi once años. La respuesta la imaginamos todos. Y esa respuesta, más que cualquier cifra o estadística, dice todo sobre la relación entre el Estado nacional y el interior del país. ¿Cómo no imaginarla, si bajo el lobby porteño Bartolomé Mitre y Domingo F. Sarmiento vetaron que Rosario fuera la capital del país en tres oportunidades (entre 1867 y 1873), a pesar de las votaciones en Diputados y en el Senado del Congreso de la Nación?
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En esta semana de junio de 2026, bajo la torre que se levanta sobre las barrancas del Paraná, miles de chicos de todos los rincones del país van a prometer lealtad a la bandera. De ahora en más van a ver el mármol restaurado, la llama votiva encendida, las esculturas de bronce restituidas. Van a pararse en ese patio y sentir que están en el lugar donde nació todo. No van a saber que ese Monumento estuvo más de diez años esperando que la Nación cumpliera su palabra. No van a saber que fue Santa Fe la que lo terminó, la que pagó la deuda, la que no esperó más.
No van a saber que cada año el gobierno envía a la Legislatura su presupuesto anual de gastos e inversiones, en el que se define qué obras se van a priorizar y bajo qué mecanismo se licitan. Como senador, todos los años participo de esa discusión, no exenta de tensiones pero saludable y democrática, que establece que el bien común impone un criterio. Un presupuesto que hace esfuerzos en un contexto de caída del empleo, cierre de fábricas y caída en la recaudación, pero que apuesta a la obra pública funcional y simbólica.
Pero nosotros sí lo sabemos. Se hizo así porque debía ser hecho. Se hizo con cada uno cumpliendo un rol, porque Rosario, Santa Fe y la Argentina se lo merecían. Lo hicimos porque somos santafesinos y, sobre todo, rosarinos. Porque creemos que nadie puede defender lo que no conoce. Por eso, mientras muchos apuestan a la desinformación, a la banalización y al ridículo para llevarse un título, acá apostamos a contar y a rendir cuentas. Cosas que se pueden ver y tocar: no productos del marketing electoral. Cosas nuestras, de nuestro ser y nuestra identidad. Orgullo.
Eso también es lo que somos.